En noches insomnes se ha preguntado dónde estaría. Lo que se ignora despierta interrogantes, pero no crea angustia. Hay que sentirse muy cerca de alguien para llevar una fotografía suya en la cartera; imaginarlo le hace daño. Es como si se hubiera metido en el fondo de un bolsillo que ha significado un descenso al infierno. Él no lleva ninguna fotografía de su mujer o de sus hijos; le resultaría incómodo.
El aeropuerto ha ido vaciándose de pasajeros. Embarcan los últimos, mientras está sentado en una silla con un papel entre las manos. El primer vuelo hacia Roma sale a las seis treinta de la mañana. No quiere buscar refugio en un hotel, aun cuando sería la solución más lógica. Ha tardado una década en perder la cordura, pero lo inesperado llega siempre. No quiere marcharse de un espacio que no pertenece a nadie para recluirse en una habitación impersonal donde los antiguos fantasmas desfilarán ante sus ojos. En el aeropuerto, las propias incertidumbres se mezclan con las de los demás. Aquellas que son reales (rostros de hombres y mujeres que han perdido un vuelo, que han padecido retrasos imprevistos, que han recibido una noticia que no esperaban) con aquellas que son igualmente ciertas pero que resultan ambiguas (miradas temerosas, gestos que delatan la inseguridad, sentimientos intangibles de pérdida).
Le ha hecho reaccionar el sonido del móvil en la cartera. Con un gesto decidido, como si quisiera hacer acopio de fuerza, descuelga el aparato. La voz de Marta es impaciente, pero Ignacio la percibe lejana:
– ¿Estás en Palma?
– No.
– ¡Oh, ya me lo imaginaba! ¿Hay retraso en la salida del avión?
– No.
– ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? Hace casi una hora que deberías haber llegado. De hecho, mi hermana ya me ha llamado.
– ¿Tu hermana?
– Pero… ¿qué te pasa? Es su cumpleaños. ¿Lo has olvidado?
– Marta… -pronuncia las palabras marcando las sílabas-, no iré esta noche a casa.
– ¿No vendrás? ¿Hay algún problema? Te noto extraño.
– Me ha surgido un imprevisto. No puedo hablar, cuestiones de trabajo. He tenido que cancelar el vuelo. Me quedaré unos días más en Barcelona. Lo siento.
– No entiendo nada. ¿De qué no puedes hablar? Dame una explicación. Me parece que es lo mínimo que te puedo pedir.
– Te lo contaré mañana. Ahora no puedo decirte nada. Adiós.
– Ignacio…
Corta la llamada sin valorar la opción de improvisar una excusa razonable. No está para inventos. Su capacidad para pensar se ha concentrado en un rostro que recupera. Desconecta el móvil, antes de que vuelva a sonar. No quiere hablar con Marta. Se imagina que esa actitud le costará cara, pero ya ha pagado precios muy altos. No escuchará persuasivas voces que le recuerden deberes, obligaciones que cumplió hace diez años, cuando dejó que Dana se marchara muy lejos, hasta el bolsillo de un hombre que tiene el cabello rizado y nombre de arcángel.
Por la noche, el aeropuerto es un curioso desierto. La agitación de la jornada es sustituida por una quietud con intermitencias. Le recuerda un faro: el juego de silencios y de pasos que interrumpen ese mismo silencio. Es como la luz que dibuja círculos sobre el mar, pero que se apaga en un instante de absoluta oscuridad. Mira a su alrededor, mientras observa un nuevo paisaje. En ese lugar, sólo queda esperar a que pasen las horas. El movimiento se aquieta y todo experimenta una metamorfosis. No hay demasiada gente cerca. Son figuras inciertas que ve pasar por su lado, o que intuye hundidas en un asiento. Alguien se ha echado en un banco, estiradas las piernas y oculto el rostro. Es una situación de impasse que calma el remolino de sus pensamientos. No consigue adormecerlos por completo, porque el desasosiego le vence. Sabe que tiene que dejarse llevar por la espera, refugiarse en la sensación de que todavía no puede hacer nada, hasta que la noche sea como la luz de un faro que regresa, y se haga de día.
Han pasado las horas. Entre la lucidez y la somnolencia, permite que el espacio se llene de imágenes recuperadas. Aparecen con la precisión que tienen los viejos recuerdos cuando se los deja en libertad. Dana con su risa que era para él, cuando la vida les sonreía. Cada uno de los gestos perdidos vuelve a través de la memoria, rescata las formas del cuerpo, las palabras, el rostro. Las imágenes de la ausencia esa noche le rodean. No tiene que hacer nada para ahuyentarlas, puede dejar que le invadan por completo, abandonarse a una sensación que tiene algo de reencuentro. No hay testigos de esa reconciliación con los recuerdos. Puede permitirse la impudicia más real, olvidar las actitudes que le han permitido sobrevivir. Nunca se ha considerado un hombre que se deje llevar por la nostalgia. Tenía recursos suficientes para superar un momento de debilidad. Tras mucho tiempo, se rompen las barreras de contención; le colma el pasado.
En el baño, se lava la cara. Rectifica el nudo de la corbata, se ajusta la chaqueta y se mira al espejo. Los altavoces anuncian la salida del vuelo que le llevará a Roma. No piensa entretenerse. Ha calculado cada uno de los pasos que tiene que dar: desde el aeropuerto, un taxi que le conduzca a la dirección que ha encontrado en la cartera. Se imagina que es el domicilio del hombre que busca; tal vez también ella vive allí. El objetivo es encontrarla. Lo que suceda después forma parte de una historia que no se ha escrito todavía. No quiere entretenerse en imaginar los posibles argumentos. Predomina la necesidad de moverse, el deseo de una acción rápida que le lleve hacia Dana. Ha tenido bastante tiempo para reflexionar, años enteros para dar vueltas a un único tema: el sentimiento de haberla perdido. Se imponen las ganas de saltar escollos, de escalar montañas, de hacer proezas. Se siente un hombre distinto. «Es curioso -piensa- el poder que llega a tener un pedazo de papel encontrado por azar.»
Antes de subir al avión, ha acumulado los últimos restos de sensatez que le quedaban. Con la mente fría -inusualmente despejado tras la noche insomne-, llama a Marta. El único objetivo es ahorrarse problemas, aplazar el momento de decir la verdad. Como es un experto en el arte de la simulación, mantiene la voz firme:
– ¿Marta?
– ¿Sí? Ignacio, ¿eres tú? Creo que merezco una explicación.
– Antes que nada, tranquilízate. No tienes ningún motivo para preocuparte. Simplemente, tengo un trabajo complicado entre manos.
– ¿Un trabajo complicado? No te entiendo. Dime dónde estás. Iré hoy mismo.
– No. Te telefonearé todos los días, pero no puedo darte demasiadas explicaciones. Todo está todavía algo confuso. Ha surgido un buen proyecto y he de evitar que alguien se lo lleve.
– ¿Un proyecto? ¿Realmente es un problema de trabajo?
– ¿Qué pensabas? Sabes que a menudo tengo que cambiar los planes.
– Sí, pero todo me parece muy raro. ¿Por qué desconectaste el móvil?
– Necesitaba dormir. Se trata de un proyecto complicado. Tendré que dedicarle toda mi energía. De verdad, me molesta esta actitud tuya. Eres incomprensible, Marta, y me lo pones muy difícil -añadió un punto de dureza al tono de voz.
– Quizá tengas razón. No sé qué decirte.
– No tienes que decir nada más. Ya hablaremos. Un beso.
– Un beso.
La reacción de Marta le resulta molesta. Hace diez años que viven un pacto de recuperada felicidad. Una felicidad entre comillas, con todos los interrogantes del mundo. Nunca hablan de lo que sucedió. No lo mencionan, ni buscan reconstruir la historia pasada. Es como si hubieran abierto una brecha en la vida. Hay un período de existencia que han borrado del mapa: algún diablillo se ha entretenido en recortar el rostro de una persona en todos los álbumes familiares. Pero, en este caso, no hay ningún álbum, sólo la sensación de una presencia que aparece para interrumpirles la cotidianeidad. Viene de vez en cuando; es volátil y huidiza. En el avión, intenta descansar un poco. Apoya la cabeza en la ventanilla, que sólo es un paisaje de niebla blanca, mientras cierra los ojos. Los párpados le pesan y, por un instante, le vence la sensación de agotamiento. La fatiga física gana a la sorpresa que todavía persiste. La búsqueda de reposo no dura demasiado. Se mueve en la butaca, cambia de posición, trata de respirar pausadamente, pero es imposible.