Al despertarse, Marcos abría un ojo. Al mismo tiempo, apretaba el otro y se le formaba una arruga en la frente. Le deslumbraba la luz que entraba a chorro por la ventana, porque preferían dormir sin cortinas. Mónica le sonreía desde un palmo de distancia, al otro extremo de la misma almohada, mientras le acariciaba el pliegue de la piel hasta que lo hacía desaparecer. Establecieron un pacto que no escribieron, que nunca dijeron. Era un vínculo hecho de lazos minúsculos: la forma de dormirse, el cuerpo de uno encogido en el cuerpo del otro, la tibieza de la piel, los silencios que acompañan. Eran jóvenes, y el mundo se asemejaba a una fruta jugosa que se fundía entre sus labios, que mordían con deleite. Compartían un espacio de cuarenta metros cuadrados: en la sala, una mesa, un viejo sofá, la estantería de libros. Había motitas de luz en los muebles y en la vida; flotaban en el aire. Vivían en un edificio de tres pisos, con una escalera que tenía la barandilla de hierro, vertical. Ocupaban el último. Subían los peldaños corriendo, sin pereza, convencidos de que los llevarían al infinito. Había una azotea que les ofrecía un paisaje de antenas y de patios, con una iglesia. Cuando hacía buen tiempo, extendían una manta. Hacían el amor.
Al acabar la carrera, Marcos encontró trabajo en un periódico local. Llevaba la sección de espectáculos, y siempre tenían entradas para ir al teatro o al cine. Mónica devoraba historias. Era una enamorada de los mundos ficticios, que solían parecerle mucho más atractivos que los reales. Tenía una capacidad absoluta para ponerse en la piel de vidas ajenas.
– Es como si las vidas de los personajes alimentaran mi propia vida -le contaba.
Entre las páginas de una novela o en las secuencias de una película, descubría emociones inesperadas: de la ira a la desconfianza, de la ilusión a la tristeza. Temblaba, porque pasaba frío o calor. Vivía odios y amores.
– Los amores de los demás hacen más inmenso el nuestro -le aseguraba.
Continuaba dando clases particulares, porque no era sencillo encontrar trabajo. Horas de clases a jovencitos despistados o incrédulos. No le resultaba difícil sentirse cercana a los alumnos, adolescentes que a menudo se dejaban seducir por su entusiasmo. Mónica sabía transmitir una energía inusual en todo lo que hacía. Observaba el mundo con una mirada que se encendía en cada descubrimiento. Cuando acababan la clase, les leía un poema. Lo pronunciaba despacio, y siempre tenían la sensación de que les hacía un regalo. Reía a menudo, entre los versos, con una risa de flauta ágil.
Marcos pisaba el mundo con paso firme. Desde que dejó atrás la niñez, nunca había perdido el equilibrio al andar. Ni siquiera cuando tenía que superar el obstáculo de cuerpos que interceptaban el camino hacia la parada del autobús, cuando llegaba con los minutos justos, casi a punto de ver cómo desaparecía ante sus ojos la primera clase de la mañana, perdida tras las ruedas del vehículo que se alejaba. Cogía velocidad y empezaba a correr, hasta que conseguía asirse a la puerta trasera con un brazo, medio colgado entre el aire y el asfalto, mientras algún compañero bienintencionado se esforzaba en catapultarlo entre una marea de cuerpos. Era experto en el arte de esquivar objetos inoportunos que se interponían en sus rutas. Adelantaba describiendo círculos, corriendo hasta la puerta del cine donde había quedado con Mónica. Volaba en medio de las protestas de conductores airados para situarse frente al restaurante donde tenían que cenar. Nadaba sin agua, con la agilidad de los peces que desafían los embates del mar. Ir a contracorriente siempre fue su especialidad. Cuando empezó a trabajar en el periódico, se acostumbró a ir a pie. Recorría la ciudad con la seguridad de quien conoce cada esquina, los atajos oportunos. Hacía el recorrido con decisión, sin dudar. Mónica admiraba aquella destreza en la coordinación de los movimientos, los pasos firmes.
Cada uno andaba como vivía. Podría haber parecido una afirmación absurda, pero Mónica lo pensaba a menudo. Él era una roca; ella una pluma. Las montañas nunca se desplazan; esperan a que los otros vayan hacia sus parajes de verde y de abismos. Pese a los pasos que daba, Marcos se asemejaba a una cordillera que desafía los vientos. Estaba hecho de una solidez que no admitía grietas, que vencía las embestidas de las cabras, mientras se dejaba acariciar por la hierba. Mónica era de una fragilidad casi transparente. Cualquier brisa podía llevársela. Se preguntaba hasta dónde intervenía la voluntad, cuáles eran los límites. Ella no podía resistirse al aire o a una gota de lluvia.
Pasaron los años con esa suavidad que adquiere el tiempo cuando la vida es plácida. Los días se sucedían, veloces. Las semanas se perseguían como caballos de feria. Se habían construido una existencia de rutinas amables, de sorpresas gratas. Se alegraban al ver el rostro del otro todas las mañanas. Se dormían abrazándose. Marcos le regaló unos zapatos de cristal. Los buscó, con el afán que nos guía a perseguir lo imposible. A veces, lo imposible se encuentra. Ella no había visto otros que fueran más bellos. Se quedó extasiada, contemplando el brillo de los cristales de colores, la combinación de tonalidades, los tacones a través de los cuales se reflejaba multiplicada la luz de la mañana. No se atrevió a probárselos y los guardó en el fondo del armario como quien oculta un tesoro. Todas las noches, los miraba con el placer que le producían las cosas delicadas, los objetos que nos llenan. Él insistía para que los estrenara:
– ¿De qué sirven, si no te los pones nunca? -le preguntaba.
– Son demasiado bellos, temo que se rompan con el primer paso.
– Siempre te ha gustado llevar zapatos especiales. No encontraremos otros que lo sean más.
– Tienes razón. Es un regalo magnífico y querría protegerlo.
– ¿De qué?
– Del aire, de la luz, de las miradas de los demás.
– Son para el aire, para la luz, para las miradas de todos.
– De mí misma.
– ¿Qué quieres decir?
– No lo sé muy bien.
Los zapatos de cristal se convirtieron en un motivo de discusión. Hablaban de ello todas las noches, antes de dejarse vencer por el sueño. Él creía que todo eran excusas, que no le gustaban. Ella le aseguraba que no era cierto. Nunca se atrevió a decirle que estaba convencida de que eran zapatos voladores. Si se los ponía, no podría controlar sus pasos y su cuerpo se elevaría por la claraboya de la escalera. Le daban miedo, porque el exceso de belleza, sobre todo si la percibimos a flor de piel, nos puede hacer padecer, cuando nada nos pasa de largo.
– Quiero que los estrenes -insistía Marcos.
– Mañana -respondía ella, pero el día siguiente pasaba de prisa.
Era un atardecer de otoño. Durante horas, había caído una lluvia humilde, que no se hacía notar demasiado, pero que dejaba huella. Cuando Marcos volvía a casa, empezaban a encenderse las farolas. Sus pasos salpicaban de lluvia los charcos. Tenía ganas de llegar, la impaciencia por reunirse con Mónica, la mujer que amaba, la de las piernas largas y el vientre oscuro. Ella siempre era capaz de sorprenderle. Le descubría todos los matices de la emoción. ¿Cuántas veces había sentido aquel cuerpo que vibraba a su lado, el pensamiento ágil? Quería decirle que, en el periódico, había un clima tenso, que todos querían imponer sus criterios, que vivía en un mundo de locos. Esperaba oír su risa cuando le contara las últimas anécdotas. Se imaginaba el rostro interrogante, la sonrisa cómplice. Habría querido decirle que los días tenían sentido porque podía volver, regresar a su lado, refugiarse en su cuerpo. ¿Quién había dicho que él era el fuerte? Nunca lo creyó. Acaso habría contado de dónde le nacía la fuerza: de los ojos de Mónica, cuando le miraban.