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Subió la escalera de prisa. No se entretuvo en encender la luz, porque el tramo que había que recorrer era breve. Tres pisos se suben en un suspiro, si nos gana la impaciencia. Abrió la puerta y entró en casa.

Estaba oscuro. Un rayo de luz rojizo se filtraba por la ventana de la cocina. Esquivo, impertinente. Pertenecía a un anuncio de Coca-Cola que se encendía y se apagaba en una fachada próxima. Entró en el salón, el baño, el dormitorio. Registró cada rincón donde podía buscarla. No estaba allí, aunque en el aire flotaba su olor; lo percibía sin esforzarse. El aroma de alguien es una sombra de su presencia. También estaba la ropa en los armarios, el libro en la mesilla de noche, las hileras de zapatos. Encontró una taza con posos de café en la mesa. Encendió las luces. Pronunció su nombre como si quisiera reclamarla. Llamó a las amigas, a los alumnos conocidos. Se repetía que no tenía que preocuparse: en cualquier momento la vería aparecer. Juntos se reirían de aquel miedo absurdo. Le dominaba un presentimiento de pérdida, cuando la ausencia todavía era una posibilidad remota, un pensamiento que va y que viene. Respiró hondo. Se asomó a la escalera, dispuesto a recorrer las calles hasta encontrarla. En el rellano, vio el zapato de cristal que le había regalado. Un solo zapato, a punto de caer rodando peldaño a peldaño.

X

El château de Lavardens es de piedra blanca. Se eleva con su volumen de monolito vertical, donde las aberturas son casi innecesarias, imperceptibles huellas en la consistencia de una roca. Las ventanas no interfieren en la visión de la fachada. No lo consiguen tampoco los arcos que cortan los torreones, ni el arco central mucho más redondo que tiene la bóveda oscura. La estructura es de una solidez rectangular, firme. Para llegar hasta allí, salieron de Toulouse a primera hora de la mañana. El día empezaba en el campo francés con una explosión de verdes muy pálidos, sin sombras. Hacía un sol enfermizo, que los observó de perfil largo rato, hasta que adquirió forma. La distancia era breve: cincuenta kilómetros por rutas estrechas, poco transitadas. En una desviación de la carretera que va de Auch a Agen se encontraba el castillo que buscaban.

Dana observaba a Ignacio de reojo. Conducía con una sonrisa que no acababa de esbozar con los labios, pero que ella adivinaba. Tenía un aire de hombre satisfecho, que hace lo que le apetece, que respira tranquilo. Se lo había prometido. No recordaba si se lo dijo después de aquella noche, cuando pararon el coche en una curva de la carretera. Los dos llevaban una copa de más. Habían ido a una cena con gente de la radio: encuentro concertado en un restaurante de moda, tener que sonreírse como se sonreían cuando la gente los miraba, hacer equilibrios para ocupar asientos próximos, conversar con todo el mundo cuando, en realidad, sólo habrían querido hablar el uno con el otro, escucharse con disimulo, ocultando mal el profundo desinterés que les provocaban los comentarios de sus respectivos vecinos de mesa. Cuesta hacer creer que concentramos la atención en alguien, cuando el pensamiento no está demasiado lejos, a unos pocos metros de distancia que marcan una dirección en la voluntad y en el deseo.

Era tarde cuando se despidieron de los demás. Hacía frío, e Ignacio se apresuró a subir los cristales del coche. Quería protegerse del frío, pero también de las últimas miradas que los perseguían:

– Levantaremos el muro protector -comentó con algo de sorna.

– Siempre tenemos que hacerlo -le respondió ella.

Había un deje de agotamiento en la voz. Estaba cansada de vivir en una madriguera, de esconderse siempre.

– ¿Estás bien?

Ignacio habría querido decirle que la entendía.

– Me falta el aire.

– ¿Para respirar o para vivir?

– Para ambas cosas.

Se desvió del camino de vuelta y buscó un lugar oscuro.

– ¿Quién dice que la luna hace compañía a los amantes? -le preguntó Dana-. A mí, incluso me sobra la luna.

Era amarilla, la rodeaba una sombra opaca. Extraña presencia en medio de un azul muy oscuro. En el coche sonaba un vals. Ignacio la hizo bajar. La abrazó y bailaron dando vueltas las notas de aquella música. El brazo de él la sujetaba por la espalda; a ella la cabeza le rodaba algo, efectos de la noche y del alcohol. Cada uno giró sobre los pasos del otro, dibujando un círculo: de prisa, de prisa. Cada vez más rápido, en un conjuro a favor de la vida. El intuía que estaba harta de paredes, de espacios reducidos que los oprimían, porque añoraba el aire. El frescor de la noche, la brisa de las mañanas. Le dijo que irían al castillo de Lavardens. Se lo susurró al oído, sin reflexionarlo. Aun cuando no era un hombre que se precipitara, había aprendido a seguir determinados impulsos. Tenían que huir de las calles de Palma, de los lugares conocidos, de la gente que los perseguía sin saberlo. Estaba convencido de la urgencia de respirar otros parajes. Los espacios cerrados pueden encarcelarnos la vida, reducirla a una dimensión exigua; los espacios abiertos son necesarios porque nos permiten respirar, tener la sensación de poder movernos sin ataduras. La claridad del mundo nos hace levantar los ojos y ver más allá de los árboles, de los matojos, de los cuerpos agachados de quienes nos espían los pasos.

Proyectó el viaje con rapidez. Como era de decisiones firmes, se esforzaba por ejecutarlas. Encargó los billetes, alquiló un coche en Barcelona, inventó una de aquellas mentiras para la familia que solía confundir con una excusa, la convenció a ella y partieron hacia el sur de Francia. Durante el trayecto, ella le repetía que no se lo acababa de creer. ¿Cómo era posible que se marcharan lejos del entorno más próximo, cuando habían vivido meses enteros medio escondidos, sin atreverse casi a respirar? El paisaje era amable aquel verano; también lo era la vida.

En Lavardens los esperaba Camille Claudel. Ignacio había visto una fotografía suya: el retrato era de una mujer joven, que tenía la nariz recta y los labios bien dibujados, imperceptiblemente curvados de tristeza. Unos labios carnosos sin exceso, en una sabia combinación de sensualidad y armonía. Bajo el arco de las cejas, unos ojos almendrados. La mirada de gacela capaz de perturbarle, pese a la distancia que se abre entre un retrato y la vida. Toda la melancolía del universo escrita en unos ojos. «¿Cómo es posible?», se preguntó, fascinada por aquel rostro. Las facciones un tanto angulosas de Camille contrastaban con la pureza de la piel y los ojos húmedos. Algunos mechones de pelo castaño le sombreaban la frente. Nada conseguía atenuar la intensidad de una mirada que oscilaba entre la desolación y el miedo.

– ¿De qué tenía miedo esa mujer? -le preguntó a Ignacio.

– No lo sé; quizá de la vida.

– No -dijo categóricamente-. De la vida, no.

Camille vivió una existencia trágica. Hermana del poeta Paul Claudel, heredera de una extraordinaria sensibilidad que supo reflejar en sus esculturas, se movió siempre a la sombra del hombre al que quiso con un amor desorbitado.

– ¿Se puede amar sin mesura? -preguntaba Ignacio, intentando bromear.

– Sí -respondía-. Es posible: ella supo.

Rodin fue el gran amor, el maestro, el amigo. Fue quien orientó sus pasos por los caminos del arte y, al mismo tiempo, quien -probablemente sin quererlo- le robó el reconocimiento a su propia obra. Ella vivió a la sombra de él. Durante años, compartieron la pasión por sus cuerpos y por el arte. Poco a poco, el hombre se alejó. La vida le llevaba hacia otras mujeres. Camille no lo pudo soportar. En el año 1913, su madre firmó los papeles para internarla para siempre en el asilo psiquiátrico de Montdevergues, en Aviñón. Murió añorándole, cuando tenía setenta y nueve años.

En el castillo de Lavardens había una exposición dedicada a Camille Claudel. Habían decidido visitarla cuando supieron cuál era la obra estrella que se mostraba al público: la escultura de bronce de una pareja que baila, siguiendo los compases de una música imaginaria. Se titulaba La valse. Le pareció una premonición. Sus existencias se enlazaban con aquella otra existencia malograda, con los ojos tristes del retrato, con el bronce de dos figuras: el hombre y la mujer que se abrazan pese al mundo.