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Hay vidas que se alejan despacio. No se abren inesperadamente abismos de distancia, sino que cada una anda algunos pasos justo en el sentido contrario a la otra. Nacen rendijas que no se perciben, hasta que las grietas las resquebrajan. No se despidió de Amadeo antes de salir de viaje; lo habían estado haciendo durante los últimos meses, todos los días un poco, aunque vivieran como si no se dieran cuenta. No hubo grandes peleas, sólo pequeñas discusiones que no habrían tenido ningún valor a los ojos de un observador poco atento. Las frases que pronunciaban no tenían ecos de agravios profundos. Eran expresiones que ocultaban, bajo la forma de reproches irónicos o comentarios dolidos, la conciencia de haber dejado escapar algo.

A menudo nos damos cuenta de lo que perderemos cuando todavía no lo hemos perdido por completo. Dana lo descubrió muy pronto. Amadeo también, a pesar de aquel aire de músico distraído con el que se protegía de las derrotas. Hacía tiempo que no se deseaban. Habían pasado muchas noches sin una sola conversación entre las sábanas. Cuando ya no se contaban los secretos del presente, ni las obsesiones, ni los miedos, los secretos que habían compartido ya no eran ni memoria. Se habían convertido en compañeros de habitación que no se hacen preguntas, en una pareja que respetaba los silencios sin voluntad de escucharlos o de llenarlos. La música de Amadeo no la hacía vibrar. Los ojos de ella habían perdido la capacidad de fascinarse por las miradas de él. Podrían haberse hecho preguntas, pero los vencía la indiferencia. ¿Qué tenían que saber, si todo lo intuían? Cuando los sentimientos menguan como un fuego que se apaga, los rescoldos no tienen la fuerza suficiente para encender antiguas hogueras. Los fuegos soterrados sólo son cenizas y brasa, poco se puede recuperar. Adivinar que no hay nada que hacer, que hemos perdido la partida, puede vivirse con una sensación de fracaso o de liberación. Amadeo vivía el fracaso sin manifestar los síntomas, protegiéndose entre los restos de orgullo que le habían convertido en un músico que desafiaba a los demás. Dana preparaba la maleta para marcharse al sur de Francia con el corazón ligero.

No hubo demasiadas conversaciones antes de cruzar la puerta del piso. Los dos sabían que, al regresar, él ya no estaría. Había un pacto tácito, que preferían no formular, un acuerdo de separación definitiva. Habían ido aplazándola, porque la pereza de decirse adiós los superaba. No era esa pereza que se nos pone en los ojos, algunas mañanas, cuando suena el despertador, sino otra hecha de recelo, de angustia, de ausencia. A menudo, él no dormía en casa. Era como si se preparara poco a poco para no volver. Tenía que acostumbrarse a otros espacios, y lo hacía en pequeñas dosis. No hablaban. Todavía estaba la ropa en los armarios, los libros, las partituras. «Cualquiera diría que somos una pareja absolutamente civilizada», pensaba Dana con sorna. Se sabían cobardes. Eran incapaces de sentarse para aclarar la situación, quizá ni siquiera les interesaba hacerlo. Habían discutido sobre cuestiones que no tenían nada que ver con lo que les preocupaba. Siempre es más sencillo hablar de lo que no nos afecta de lleno, gastar la energía que pondríamos, si nos atreviéramos, en los temas que nos duelen de verdad, pero que consideramos prohibidos. Prefería decirle que estaba harta de su desorden, o de esa estúpida manía de no hablar mientras cenaban. Era mejor que tener que reconocer que amaba a otro hombre. Sencillamente. Hacerle saber que no le gustaba ni le deseaba sonaba a crueldad innecesaria. Cuando ya no nos importa que la nave naufrague, no nos abrazamos a su proa; dejamos que se hunda mientras nos apartamos tan lejos como podemos, convertidos en peces.

Le dijo que se iba de viaje. Estaban sentados en el sofá, con la televisión encendida. Amadeo jugaba con el mando en la mano. Iba cambiando de canal a un ritmo rápido que les ofrecía una visión de imágenes aceleradas, inconexas. La sonrisa de una presentadora, la pierna de un jugador de fútbol a punto de chutar, una pareja que hablaba, una persecución de indios y vaqueros. Le pareció que no la escuchaba y se lo repitió de nuevo. El asintió con la cabeza, inmutable la expresión, con el ademán de quien acepta lo inevitable. «Hay historias que no tendríamos que haber vivido -se dijo-. Hay personas que nos pasan de largo, aunque estén a nuestro lado.» Lo pensó con tristeza, porque no es fácil aceptar algunas verdades. Recordó la energía de los primeros tiempos, las ganas que había tenido de conocerle, las mentiras que había construido el amor cuando le miraba. Los sentimientos crean ficciones grandes como edificios.

«Si tuviera que escribir en un papel todo lo que he recibido de ti, sería una lista breve -habría querido decirle-. Podría anotar todo lo que he dado de mí, que tampoco es gran cosa: algo de ilusión, el deseo de tu piel, la seducción por la música que creabas.»

Todo se desvaneció de prisa. Preparó la maleta con un entusiasmo poco común. Se despidieron en el rellano de la escalera, sin ceremonias. Le acarició el pelo con una pesadumbre minúscula que se esfumó mientras el ascensor la bajaba al garaje.

Camille Claudel tenía la mirada líquida. Alguien habría dicho que era una mujer de agua. Su presencia llenaba las salas del castillo. La piedra era un buen escenario para las figuras de bronce, para los bocetos y las versiones de aquella obra única, que ocupaba un espacio central. Aseguraban que había muerto loca de amor en un centro psiquiátrico francés. Rodin hacía años que ya no estaba. Había vivido otras existencias lejos de ella. Cuando le conoció, era una mujer muy joven. La adolescente se dejó seducir por el maestro. Él le llevaba muchos años y mucha vida. El maestro devoró a la discípula. Las cejas de Camille parecían pintadas por un pincel que hubiera querido subrayar la tristeza: el trazo era recto, firme. El rostro de la fotografía parecía contener el llanto.

Dana e Ignacio llegaron a Lavardens a media mañana. El sol calentaba el aire con un calor grato, que no entraba en las dependencias del castillo. La piedra filtraba la luz solar como si fuera un embudo. Se cogieron de la mano con una naturalidad que se les hizo extraña. Hay gestos que parecen casuales, pero que no lo son; esconden la sorpresa de lo que no forma parte de los hábitos cotidianos. Ellos nunca se daban la mano por la calle. Ni siquiera iban por la calle. Cualquier movimiento adquiría un significado porque no formaba parte de la vida. Sintió la forma de sus dedos, enlazados con los suyos. Actuaban con una seguridad un poco forzada, no porque les resultara incómoda, sino porque era nueva. Tenían que acostumbrarse a acoplar los pasos, a hablarse rodeados de otra gente, a saber que nadie los miraba.

Habían elegido un escenario peculiar para asomarse al mundo. Podrían haber escogido un espacio cualquiera, un lugar donde la luz los inundara, pero se decidieron por un castillo lleno de secretos. Cuando recorrían las salas, la sombra de Camille se adaptaba a sus perfiles. En un combate de luz y de oscuridad, podían adivinarla. La escultora había amado con desmesura, pero había sabido medir las proporciones de una obra muy bella.

– Hay quien puede controlar lo que toca, pero no domina lo que vive -dijo Dana.

– Había ejercitado con precisión un arte prodigioso. Sus manos eran diestras -murmuró Ignacio.

– Las manos hábiles y un corazón esclavo, una combinación poco acertada -añadió ella.

– Pero las manos sólo eran el reflejo de lo que le dictaba la mente. Una mente que debió de ser privilegiada.

– Y aquella inconveniente pasión que la llevó a un sanatorio, ¿quién la dictó? Es probable que también naciera de su cerebro, genial y contradictorio. Debió de vivir momentos magníficos, pero fue una mujer profundamente infeliz.