– Y tú, amor, ¿eres feliz?
– Muy feliz. -Le miró.
– Me gusta decir en voz alta tu nombre. Dana. Suena bien. Querría repetirlo mil veces.
– Desde hoy, quizá tendrías que llamarme Camille.
El sol quedaba desterrado fuera del recinto del castillo. Entraba un débil rayo por las rendijas abiertas al muro. No había demasiada gente a aquella hora. Era posible crearse una falsa ilusión de soledad que los conciliaba con la obra de la escultora, que les permitía acercarse a ella. Las piezas no eran grandes. No destacaban por una magnificencia de proporciones, sino por la grandiosidad inaudita que pueden adquirir los detalles. Entraban en un reino de pequeñeces, de armonías perfectamente establecidas, de ritmos desconcertantes. Habían bailado un vals, de noche, en una curva de la carretera. Los faros del coche y la luna amarilla como únicos testigos. Lo habían encontrado de nuevo, transformado en dos figuras de bronce.
En La vahe, los cuerpos se doblegaban en un acoplamiento magnífico. Los torsos desnudos desde la cintura mostraban los brazos y los hombros musculosos. Con el brazo derecho, el hombre rodeaba a la mujer, que se cimbreaba en el abrazo. Era el ademán de quien se entrega sin reservas al otro. Acariciaba con los labios la mejilla de ella. Las manos enlazadas dibujaban un contrapunto de tensión física, de acercamiento incondicional. A partir de las caderas, el bronce dibujaba una falda abierta, llena de pliegues y vuelo, con movimiento propio. Camille había acertado al manejar el material con el que trabajaba; supo utilizar la dureza para delimitar cada detalle. Jugó con las tonalidades y los matices del bronce. Aquel baile era mucho más que el instante en que dos amantes se abandonan a la música; era la imagen de una posesión absoluta, que superaba la inocencia de unos pasos marcados por el ritmo de un vals. Había algo profundamente turbador en la escultura, el reflejo de una intensidad impresionante, de la fascinación de los cuerpos, de la pasión en estado puro.
Aquella noche, Dana no pudo conciliar el sueño. Mientras oía la respiración acompasada de Ignacio, intentaba tranquilizarse. Tenía que hacer un esfuerzo para no pensar, porque las ideas pueden convertirse en un remolino que impide el descanso. Se dio cuenta de que no se había acordado de Amadeo y se preguntó cómo puede ser tan implacable el olvido. Habría tenido que preguntarse qué hacía, cómo se encontraba. Pero la curiosidad es un signo de interés. Podía imaginar su gesto nervioso al despejarse los cabellos de la frente, inclinado sobre una partitura. La imagen no conseguía conmoverla. Por esa razón la descartó. Era curioso: no la obsesionaba el final de la historia, sino la indiferencia que ese final le provocaba. La escultura le había despertado sensaciones adormecidas. Percibía que hay historias que borran todas las demás. Ignacio era como el hombre de bronce, inclinado sobre la mujer que se deja llevar. En la postura de él, se adivinaba un oscuro dominio. No era un juego entre dos cuerpos, sino entre dos voluntades. Camille había sabido comunicarlo. Ésa era la clave de la fascinación que ejercía la escultura, su poder seductor.
Le preguntó:
– Ignacio, ¿crees que las cosas suceden por casualidad?
– ¿A qué te refieres?
– A lo que nos pasa.
– Depende. La vida es una caja de sorpresas.
– Sí. Yo ya te conocía. Sabía quién eras, nos habíamos cruzado muchas veces. ¿Por qué no nos habíamos encontrado antes? ¿Hay un momento adecuado para cada historia? ¿Tenemos que esperar que la vida haga madurar esos momentos, como si fueran frutas de un árbol?
– En realidad, no nos conocíamos. Sólo nos intuíamos. -Sonreía.
– Un día, de pronto, te vi distinto. Debe de ser que te miré con otros ojos. ¿Fue el azar o estaba escrito?
– No lo sé.
– A Camille Claudel debió de sucederle algo parecido. Era joven cuando conoció a Rodin, y eso quiere decir que era muy vulnerable.
– Tú, en cambio, eres una mujer fuerte.
– ¿Lo dices en serio? ¿De verdad lo crees?
– Sí.
– Pues te equivocas. No soy más fuerte que ella. Ni siquiera soy más fuerte que la mujer de la escultura de bronce.
– Eres puro bronce, amor mío.
– ¿Te burlas de mí?
– De ninguna manera. Me enamora tu fuerza, pero también tus flaquezas, todo lo que consideras que tienes que ocultar porque no concuerda con la imagen que quieres vender al mundo.
– ¿Me dejarás algún día?
– ¿Qué dices?
– Contéstame. ¿Soy demasiado incómoda para la vida de un hombre que se ha construido una felicidad a su medida?
– Eres mi única razón para ser feliz. Nunca te dejaré.
– Hoy llámame Camille.
– Me lo vuelves a repetir. Antes he creído que era una broma. ¡Qué manía tan extraña!
– No es una manía, es un presentimiento.
– ¡Olvídalo!
Lo olvidó, o hizo como si lo olvidara, que no es lo mismo, pero que sirve para sobrevivir. Fue una noche difícil. Después de la conversación, habían hecho el amor. Se abrazaron con un entusiasmo de cuerpos que se reencuentran. Ella tenía la sensación de fundirse con Ignacio, de perderse. Él se durmió casi en seguida. Dana habría querido continuar hablando, decirle que vivía con miedo. No le había contado nunca la sensación de no encajar en la vida del otro, de ser una presencia extraña en un entramado con ritmos propios. Se imaginó una función de teatro. Los actores la representaban, con una precisión estricta de gestos y de voces. Cuando caía el telón, los aplausos llenaban la sala. Se acostumbraban al éxito. Se refugiaban en las fórmulas conocidas que garantizaban la reacción del público, repetían las frases con entonaciones idénticas. Inesperadamente, una noche, sale un actor a escena. No tiene un papel en la obra. No es una broma de nadie, ni una improvisación del director. Anda desconcertado entre los otros personajes, buscando un lugar. Aunque sea el minúsculo espacio de media docena de líneas que recitará con entusiasmo. Todos le hacen el vacío; le rodean de silencio. Actúan como si no estuviera. Él sabe que, en cualquier momento, tendrá que marcharse. Dana tenía la frente bañada de sudor.
Ignacio respiraba tranquilo a su lado. El cuerpo amado se transformaba en una presencia extraña. Tensa, se esforzó por relajar los músculos: los tobillos y las piernas, el nudo del vientre. Se adormeció de madrugada, cuando ya se intuía la claridad. Antes de cerrar los ojos, la vio. Camille, la hermana, la desconocida, le daba la mano para que conciliara el sueño.
TERCERA PARTE
XI
Empezó un tiempo feliz. Una época de proyectos que se concretan después de haberlos soñado largamente. Nunca habría creído que fuera posible alcanzar la felicidad sin encontrar resquicios. Ignacio le ayudó a vencer los recelos, aquella hebra de reticencia que se esconde en el corazón para repetirnos que no puede ser, que la ilusión falsea la vida. Le decía mil veces que no existían las dudas. Hay frases que acompañan al amor. Son expresiones que los amantes pronuncian convencidos. Esas frases se firmarían con la propia sangre. Deseaban un amor eterno que traspasara los límites del tiempo y del espacio. Era el egoísmo de quienes lo quieren todo al instante porque los empuja la urgencia del otro. Sentían la necesidad de verse, la prisa por abrazarse. Después de Lavardens se hacía difícil volver a recluirse, actuar como si el miércoles fuera el único día de la semana, resistir la espera. Creyeron que se merecían ese amor. No era una cuestión de méritos ni de voluntad, sino la certeza irracional de que era su momento para amarse. Se habían acabado los dobles juegos, el disimulo que mata la energía de vivir, las mentiras que nos traicionan incluso antes de decirlas, la obligación de confundirse con las sombras.
Cuando Ignacio le aseguró que había decidido separarse, ella enmudeció, como si no se lo acabara de creer. Lo que hemos deseado con fuerza parece irreal si se hace posible. El corazón le pedía que se dejara llevar por la alegría; una alegría en estado puro que no se parecía a ninguna otra sensación de gozo conocida, sino que se relacionaba con los sentimientos de la infancia. La niña que fue había vivido obsesionada por descubrir la vida. Se sumergía en ella sin miedo porque nada la asustaba. Todavía no se había dado cuenta de que los demás podían amenazar o destruir nuestros sueños. Creía que las cosas que se deseaban con intensidad se conseguían. No temía los obstáculos, ni había aprendido a mentir. Con los años, llegó a pensar que la inocencia es sinónimo de estupidez. Las personas mienten por necesidad, como un subterfugio para sobrevivir. Recordaba el cielo de sus siete años. Le parecía de un azul imposible. Los colores de la isla oscilan entre la realidad de los sentidos y las invenciones que propicia el mar. Con Ignacio recuperaba el cielo y el mar.