Una lenta melancolía iba ganando su voluntad. No era un hombre que exteriorizara fácilmente lo que vivía, pero nunca le había gustado entretenerse en hurgar en sus propios sentimientos. Se apresuró a acabar de hacer las maletas con rapidez. No lo pensó mucho: llenó una caja de cartón con unos cuantos libros, dobló las camisas, desperdigó las corbatas. Recogió algunas carpetas, y pocas cosas más. Nunca había estado demasiado atado a las pertenencias. Le gustaba vivir bien, pero no convertía la comodidad en una razón de vida. No le resultaba difícil prescindir de los objetos que le habían acompañado. Sabía que no echaría de menos los cuadros que había ido coleccionando durante años, las piezas de arte, los muebles que le gustaban. Podía hacer tabla rasa, porque la nostalgia sólo tenía sentido en las personas. Añoraba el cuerpo de Dana, pero podía abandonar el piso donde había vivido. Marta estaba en el sofá, deshecha en llanto. Los hijos permanecían junto a ella, como si formaran un escudo humano, hostil al que se marchaba, protector de su víctima. Se alegró: era mejor que estuvieran junto a Marta, ella los necesitaba. El no tardaría en recuperar su afecto. Les había enseñado la fe en la libertad de los demás. Esa creencia germinaría de algún lugar. Se reencontrarían.
Se instaló en un hotel cerca del despacho. No dijo a demasiadas personas que había cambiado de vida. No aumentó la frecuencia de los encuentros, que continuaron de forma clandestina. Mientras los días pasaban, procuraba trabajar mucho. Ella no le hizo preguntas. Se limitaba a esperar, con una ilusión que, a veces, creía que se convertiría en un río que se desborda. Cuando se veían, le preocupaba que no estuviese bien, que no se alimentara adecuadamente. Sabía que mantenía un ritmo frenético de trabajo. Habría querido estar a su lado, hacerle compañía, pero Ignacio prefería vivir los primeros días en soledad. Al mismo tiempo, temía perturbarle, en un período de cambios. Le costaba encontrar el punto justo de su presencia. Tenían que aclarar la situación, decidir adonde se trasladaría cuando fuera capaz de abandonar aquel refugio temporal, conversar con algunas personas de su estricta confianza. Se llamaban: la despertaba todas las mañanas; se despedían antes de dormirse. Él se esforzaba por transmitirle una imagen de confianza en un futuro próximo, de ganas de vivir.
Dana tampoco se lo contó a demasiada gente. Incluso aunque parecía extrovertida porque tenía un carácter alegre, era reservada con las historias del corazón. Las situaciones que le afectaban quedaban ocultas en un rincón profundo, del cual no resultaba sencillo rescatarlas. Prefería callar el entusiasmo, porque las palabras no tenían bastante fuerza para describir lo que vivía. Actuaba con la precaución de los animales que protegen su madriguera. Se movía con la habilidad de quienes escuchan antes de hablar, de aquellos que no dan pistas sobre su mundo. No era desconfiada por naturaleza, pero podía transformarse en una criatura recelosa, que protege lo que quiere. Se lo contó a sus padres y a una amiga de la infancia con quien compartía secretos. Habían vivido historias paralelas y sabía que hablar con ella era situarse frente a un espejo que devuelve, precisa, la imagen propia. Se entendían con la mirada, con las palabras, y con aquellos códigos inexplicables que los años construyen. La complicidad se edifica como una casa. Hace falta que tenga cimientos sólidos, una estructura firme. Se llamaba Luisa y era farmacéutica. Pasado el tiempo de las confidencias, no volvió a hablar con nadie. Sabía que no era el momento, que no tenía que tomar la iniciativa. Para una persona inquieta, la pasividad forzosa no es una opción fácil, pero le había prometido que tendría paciencia, y estaba dispuesta a cumplir su palabra.
La habitación del hotel de Ignacio no era grande ni pequeña, acogedora ni inhóspita. Respondía a una dorada medianía, con elementos de confortable mediocridad. Quizá constituía una alternancia de todas esas percepciones, dependiendo del estado de ánimo con que él llegaba después del trabajo. Exhibía el aire de provisionalidad que tienen los hoteles, aunque haya algún mueble de diseño, reproducciones de obras de pintores holandeses en las paredes. Desde el principio, se sintió enjaulado. No había bastante espacio para todos los pensamientos que hacía volar cuando no podía conciliar el sueño. Vivía oscilando entre la euforia de haber sido capaz de alejarse de Marta y la preocupación involuntaria por los hijos. No pretendía pensar, porque hay situaciones que hacen daño, pero lo hacía sin querer. Todavía confiaba en su propia capacidad para contarles lo que vivía, para transmitirles la necesidad de comprensión.
El dormitorio estaba lleno de periódicos. Todos los días pasaba por un quiosco del paseo Mallorca, donde compraba la prensa. Entretenía el insomnio leyendo los anuncios que ofrecían pisos de alquiler. Hacía una lectura a menudo minuciosa, a veces frenética, porque pensaba que nunca encontraría el que buscaba. Con un rotulador rojo ponía un círculo a los que le podían interesar. Tenía que calcular muchos factores: la distancia del piso al trabajo, la situación, los metros cuadrados útiles de vivienda, el estado de la casa, si necesitaba reformas, etc. Llamó a unos cuantos agentes inmobiliarios y les pidió que iniciasen una exhaustiva búsqueda. Había empezado la primavera en un hotel, quería acabarla en un piso que pudiera considerar propio. Un espacio que fuera de Dana y de él, donde poder amarse entre sábanas que no hubiera usado otra pareja, donde no tuvieran que oír los gemidos que se filtran por las paredes. El placer de los desconocidos puede resultarnos una intrusión. Un lugar que ella, que había vivido el amor en habitaciones alquiladas por un rato, alegraría con plantas de hojas verdes.
Se habían citado bajo los soportales de la plaza Mayor, en un bar lleno de extranjeros. Era una mañana de incipiente primavera, cuando las calles son una fiesta de idas y venidas. La gente añora el soclass="underline" se sientan en las terrazas buscando con el rostro un rayo amable. El calor alegra los ánimos, diluye las nostalgias. Todo el mundo se apresura a recibir esa claridad que alimenta como un buen vino. Dana llegó antes. Llevaba un vestido crudo, casi arena, con una chaqueta oscura. Andaba empujada por el deseo de encontrarle. Avanzaba titubeando entre la marea de cuerpos que venían de la calle Sant Miquel. Tenía ganas de verle, de descubrir su rostro entre todos los demás. Sentía también una cierta inseguridad, porque no dominaba la situación. Estaban poco acostumbrados a los encuentros diurnos en una céntrica plaza de Palma. Se preguntaba cómo tenía que comportarse. Le sonreiría. Había recibido la llamada hacía un rato. Fue breve, preciso; le insistió para que no llegara tarde; se inventó una excusa en la radio y se marchó, sin demasiadas explicaciones. Corría por la calle, casi volaba. No tenía motivos, pero necesitaba andar con rapidez. Tenía que recorrer la distancia lo más velozmente posible.
Se encontraron y los transeúntes desaparecieron de su vista. No oían el murmullo de las conversaciones, ni había rastro alguno de presencias poco oportunas. Se miraron a los ojos. A Dana le pareció descubrir una sombra de fatiga. Él leyó entusiasmo, una entrega sin reservas que resultaba reconfortante, porque no es muy frecuente. Se sentaron a una mesa que estaba algo alejada del resto. El le dijo:
– He encontrado un piso.
– ¿En serio? ¿Lo has visitado ya?
– Me gusta mucho. Creo que podremos estar bien en él.
– Me siento feliz sólo con imaginarlo. ¿Dónde está?