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– En la calle Sant Jaume. Es un piso antiguo, pero no necesita reformas… Puede que algunos detalles sin importancia que pueden solucionarse en un par de semanas. Sólo tienes que visitarlo y decidirte.

– No, no, si a ti te gusta…

– De ningún modo, quiero que sea una elección de los dos. Aquí tienes las llaves. No tengo que devolverlas hasta mañana. Puedes ir esta tarde.

– ¿Sola?

– Sí. Es una primera visita. Tengo mucho trabajo en el despacho. Si te gusta, haremos la siguiente juntos.

– De acuerdo.

La calle Sant Jaume es estrecha. Desde la iglesia de Santa Magdalena, llega hasta el inicio de Jaume III. Es sombría, con casas de fachadas altas. Da la impresión de que la piedra se impone, que gana al espacio. Siempre le había gustado su aspecto tranquilo, señorial, la calma que se respiraba, justo en el centro de la ciudad. Fue a primera hora de la tarde. La curiosidad le empujaba a visitarla sin acabar de creerse que fuera posible. Se lo repetía bajito, como quien murmura una letanía: iba a ver el piso que Ignacio había elegido para ellos, la casa donde vivirían juntos. Tenía que hacer un esfuerzo para medir el ritmo de los pasos, para contener la alegría que la desbordaba. No podía ponerse a correr, ni saltar entre los coches. Los demás peatones habrían creído que era una loca, una mujer que había perdido el juicio. Debía de ser verdad, porque la prisa la vencía, el impulso de convertirse en un soplo de aire.

Era un ático con una terraza acristalada. Estaba reformado con buen gusto: vigas de madera en el techo, ladrillos de cerámica, un salón con chimenea que tenía las paredes de estuco veneciano, era de un tono que oscilaba entre el rosa y el naranja. El dormitorio era grande; la cocina, moderna. Había una sala con estanterías para libros. Entró y sintió una calidez inesperada, la sensación de reconocerse en el espacio. Había una bañera antigua, con cuatro minúsculos pies, que parecía salida de una película de Fellini. El resto era de una desnudez rotunda, excesiva, que invitaba a imaginar rincones decorados con delicadeza. Recorrió el piso tres, cuatro, cinco veces. Se imaginó la terraza llena de macetas. Haría un jardín secreto, para que en él creciera el amor. Se imaginó una mesa con butacas de madera. Un zumo de naranja por las mañanas, un combinado los atardeceres, cuando volvieran de trabajar, música de fondo. Tendrían todo el espacio y todo el tiempo para amarse. No se sorprendió: Ignacio había acertado en la elección. El piso era, desde aquel instante, su casa.

Oyó ruido de pasos. Alguien se movía con precaución a pocos metros de donde se encontraba. ¿Eran los movimientos cautelosos de una persona que pretende esconderse? ¿O el disimulo buscado de quien nos quiere sorprender? ¿Había un ladrón en el piso? Era una sombra que la había perseguido por la calle, que observó sus movimientos, hasta que comprobó que estaba sola. Tuvo el tiempo justo de percibirlo, antes de que le taparan la boca, mientras unos brazos la arrastraban al suelo. No tuvo que ahogar los gritos bajo la mano que le cubría la boca, ni opuso resistencia al abrazo. Oyó una voz conocida que le murmuraba:

– ¿Creías que no iba a acompañarte a ver nuestra casa?

– ¡Me has asustado! -Reía ella.

– Quería observarte. Nunca te había espiado y me gusta. He seguido tus pensamientos mirándote.

– ¿Y qué pensaba?

– Pensabas que he hecho una buena elección para nosotros. Igual que a mí, te han encantado estos espacios. Crees que aquí seremos muy felices.

– Sí. -Continuaba riendo.

– Has pensado que es una casa llena de magníficos rincones para amarse.

– ¿Cómo puedes saberlo?

– Es lo mismo que pensé yo al verla.

Se rieron los dos. Se abrazaron sobre una alfombra hecha de ropa: el vestido, la chaqueta, la camisa y los pantalones. Había una mezcla de colores, de aromas, de pieles. Sus cuerpos eran un solo cuerpo.

XII

El tercer marido de Matilde cantaba boleros en un tugurio de mala muerte. Era un bar desvencijado que ocupaba los bajos de una casa antigua, en un callejón del barrio de la Lonja. Tenía la gracia de aquellos antros que han crecido improvisadamente, a partir de una acumulación de objetos. Había mesas redondas, que recordaban los cafés parisinos. Las butacas estaban tapizadas de terciopelo. Se servían copas de cava y combinados. Todo sucedía en una dulce penumbra que suavizaba las conversaciones y las facciones de la gente.

Se llamaba Julián. Si le mirabas de lejos, tenía un aire que recordaba al protagonista de Esplendor en la hierba. Un Warren Beatty de mirada perdida, de ademán indolente con cierta ternura en los gestos. No era un retrato exacto, sino una versión deformada por los años. Un círculo de grasa le rodeaba la cintura, los hombros se inclinaban bajo una joroba imperceptible, las arrugas le marcaban el rostro. Toda la vida había querido ser un profesional de la música. Subir a un escenario y despertar la ovación del público con sus canciones. Tenía una voz profunda, que el tabaco y el alcohol habían roto en el punto justo para que recordara la cuerda destemplada de un instrumento demasiado usado. Sabía modularla, mientras la adaptaba a los movimientos del cuerpo. Era un auténtico escenógrafo: dominaba la expresión de la cara, el movimiento de los brazos, que parecían querer perseguir lo que decía, apesadumbrado por haber dejado escapar tantos sentimientos entre sus labios. Era un actor acostumbrado a interpretar su papel, pese a las circunstancias desfavorables o al desinterés de quienes tendrían que haberle escuchado pero se entretenían en conversaciones absurdas, bromas groseras o confidencias. Se sentía muy solo, un artista incomprendido a quien el público rechaza. Cada noche era como si fuese la primera. Volvía a ponerse el traje negro, de codos desgastados, el corbatín que heredó de un tío suyo que había actuado con la orquesta de Antonio Machín y que fue su precursor familiar en el oficio. Saludaba a una docena de personas que se sentaban en el café con una inclinación que tenía algo de tristeza y empezaba a cantar boleros, que relatan historias de derrotas.

Matilde nunca salía de noche. Desde la muerte de Justo, se había resignado a una vida tranquila. No buscaba nada más. Se levantaba temprano, terminaba los trabajos de la casa y se arreglaba frente al espejo. Un toque azul en los párpados le recordaba que todavía estaba en este mundo. Solía ir al mercado para encontrarse con María. Compraba fruta, legumbres. El objetivo era la conversación. Hablaban de todo y de nada, en una secuencia hecha de exclamaciones, de interrogantes, de murmullos junto al oído. Se sucedían expresiones como «No te puedes ni imaginar», «¿Sabes lo que dicen? Yo no lo creo, pero me lo han contado». Acumulaban chismes, que eran la crónica de los conocidos de siempre, la constatación de que la existencia seguía, pese a la adversidad. Matilde no solía hablar de los maridos muertos. Joaquín la liberó yéndose. Justo la traicionó, muñéndose sin previo aviso, cuando empezaban a saborear el amor. Los dos formaban parte de una oscura memoria, que no quería rescatar para los demás. María lo entendía. Era una mujer respetuosa, consciente de que hay temas que resultan inconvenientes. No hace falta abrir las heridas, cuando todavía no se han cerrado. Ella era risueña, como Matilde antes de aquella doble viudedad que le amargaba la vida. Se encontraban bien juntas. Habían compartido demasiada historia para que no se entendieran sin mediar palabras. Con una mirada tenían suficiente para adivinar el pensamiento. Resultaba cómodo, porque, cuando hay mucho que decir, los sobreentendidos nos permiten avanzar sin errores.

María llevaba el pelo corto, con las puntas rizadas. Tenía la frente alta y una sonrisa con la que se ganaba el corazón de la gente. Era la misma sonrisa de aquella adolescente que saboreaba la vida con curiosidad, cuando vivían cerca. La había conservado como un milagro. Se burlaba del colorete, porque tenía las mejillas encendidas. Empezó a usar pintalabios cuando se lo pidió el marido. Estaba contenta si podía hacerle feliz, pero prefería ir con la cara lavada. Matilde le aconsejaba el tono que tenía que ponerse para iluminarlos. Los encuentros matinales le hacían compañía. La animaban a salir de casa. Gracias a las citas del mercado, venció la tentación de no moverse de la butaca, observando el mundo desde la ventana.