Durante una pausa en la actuación, les pidió permiso para sentarse a su mesa. Tenía los ademanes de un caballero de otra época, pero añadía una ampulosidad innecesaria, una exageración en el movimiento de las manos. Era parlanchín, pensó María, a quien le resultaba difícil abrir el corazón a los desconocidos. En cambio, Matilde tenía la impresión de conocerlo de siempre. Les contó que hacía treinta años que actuaba en el local. Tenía un extenso repertorio. Se dedicaba en cuerpo y alma a la interpretación de las piezas, porque los artistas tienen que dejarse la piel en cada actuación. Lo aseguraba sin sonreír, con un rictus en los labios que Matilde leía en silencio. Había estado dispuesto a quemar la vida por la música, mientras otro fuego lo devoraba. Padecía ataques de bronquitis, que le dejaban fuera de juego durante semanas. Tenía las cuerdas vocales cansadas, la garganta oscurecida por el tabaco, el cuerpo vencido, pero no habría abandonado el trabajo por nada del mundo. Volvía a sentir la ilusión del adolescente que sube a un escenario, aunque no tuviera ningún escenario ni fuera un adolescente. Cuando se iban, interpretó una última canción para Matilde. Se titulaba Contigo en la distancia, y ella la escuchó con una tristeza que le resultaba difícil de comprender.
Se casaron tres semanas después. Así era la vida de Matilde: una vorágine del corazón. Habría querido ser de naturaleza reflexiva, reposada en la forma de vivir las emociones, pero nunca supo. Le habría gustado no dejarse llevar por los impulsos que convertían la razón en una ridiculez, pero se enamoraba con la intensidad de una chica de quince años; vivía los amores con el convencimiento de una mujer adulta, y los perdía ignorando las causas, víctima de la servidumbre de los sentimientos. María no se lo acababa de creer. Como no era muy decidida, le sugirió con poca convicción que esperara un tiempo.
– Os acabáis de conocer -le dijo-. ¿Qué sabes de ese hombre?
– Cuando canta boleros, se deja la vida en ellos.
– ¿Y ésa es una buena razón para casarte con él?
– Le quiero como dicen los boleros: como no había querido nunca a nadie.
– ¿Ni a Joaquín, cuando bailabais aquella noche de San Juan en nuestro barrio? ¿Ni a Justo, que te hacía muy feliz?
– No me hables de ellos. Los dos se murieron.
– Perdóname. Quiero que seas feliz, que estés segura.
– Lo supe la primera noche. No hacen falta los días, que siempre son escasos, ni las razones, que son demasiado prudentes.
– De acuerdo -suspiró María con una sonrisa-. ¿De qué color vestiremos esta vez a la novia?
Se abrazaron con la complicidad de toda una vida. María le cosió una falda con un volante en la cintura. Matilde se puso flores de jazmín en el pelo. Cuando se movía, desprendía un olor penetrante. Julián decía que se mareaba al olerlos. Llevaba el corbatín que fue de su tío músico, porque pensaba que les daría buena suerte. Era la primera vez que se casaba. Ella se reía, mientras le pedía que le cantara un bolero que dice: «El día que me quieras, las estrellas, celosas, nos mirarán pasar.» La noche de bodas fue estrellada. Desde la ventana de un hotel del puerto de Alcudia, vieron estrellas fugaces que caen del cielo, para que las podamos alcanzar. Cada una significaba un deseo. Pensó tantos como puntos de luz fueron capaces de contar en la bóveda azul. Ella se dijo que, aunque tan sólo se cumpliesen unos pocos, sería feliz.
En los primeros tiempos de vida en común, Matilde se acostumbró a cambiar la noche por el día. Todas las noches se vestía de fiesta para acompañarle al bar. En un puesto del mercado compraba retales de tela por cuatro reales. Elegía los colores del arco iris. Por las tardes se entretenía cosiéndose faldas, blusas, vestidos. Siempre le había gustado la costura. Hacía los patrones, cortaba las telas, cosía con unas puntadas minúsculas. Como era creativa, mezclaba los colores, que le alegraban la vida.
Se sentaba a una mesa, mientras le escuchaba. No se cansaba nunca de oír su voz. Cada canción la enamoraba todavía más de Julián. Entornaba los ojos, imaginándose que todas las frases eran para ella. «Siempre que te pregunto, que cuándo, cómo y dónde, tú siempre me respondes: "Quizá, quizá, quizá"», le decía junto al oído, pero el corazón de Matilde le ofrecía una rendición incondicional, que habría hecho saltar las luces del local, y habría dejado el mundo a oscuras, si no se hubiera esforzado por reprimir la intensidad. De madrugada, volvían a casa. Andaban, ebrios de música. Se cogían la mano en silencio, porque él tenía la voz rota.
La actuación suponía un esfuerzo inmenso. Hacía años que los médicos le habían recomendado que dejara de cantar, pero él nunca les hizo caso. Ella tenía que morderse la lengua para no insistir, pero amaba su música. Le comprendía. ¿Qué habría hecho Julián sin voz, enmudecido de pronto por el dictado de alguien? Seguro que se habría transformado en un hombre diferente, amargado. En casa, le preparaba infusiones de hierbas que calman las inflamaciones. Le hacía tomar miel con limón, para que encontrara algo de consuelo. Le obligaba a no decir palabra, a acostarse y a dormir muchas horas, porque sólo un largo sueño cura todos los males. Mientras tanto, buscaba hilo dorado, trozos de tela azul, encajes, sedas relucientes. Ponía en ello toda la ilusión, porque quería que Julián no tuviera ojos para ninguna otra mujer.
No se murió en la ducha como Joaquín, víctima de un resbalón. Ni tampoco de un accidente en la carretera, como Justo. Julián murió en la cama, de una larga enfermedad.
– Tiene una enfermedad grave -decía María, consternada ante la desgracia de Matilde.
– Los boleros le matan -murmuraba ella-. No podemos hacer nada. Aunque sólo le quede un hilo de voz, continuará cantando.
Los últimos tiempos fueron duros. Las medicinas que tenía que tomar le calmaban el dolor, pero le hacían padecer alteraciones en la percepción de la realidad. Confundía las mañanas con las noches. Creía que era la hora de ir a actuar y se levantaba de la cama con un ímpetu que quería ser valiente, pero que resultaba penoso. Se indignaba con Matilde, a quien, en pleno desvarío, acusaba de tenerle encarcelado. Cuando ella, rota por el agotamiento de pasar la noche en vela, empezaba a llorar, Julián, lleno de ternura, intentaba cantarle: «Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez.» La voz era un gemido vacilante, que le recordaba el gorjeo de los pájaros cuando huyen del árbol al que apunta un cazador. Le abrazaba sin hablar, porque todas las palabras las ponía él y no les hacían falta más. Con una torpeza en los dedos que era una reacción del cuerpo vencido, intentaba abrocharse el corbatín en el cuello del pijama. Se iba de la habitación, de la casa. Quería salir a la calle con el afán de encontrar un teatro donde el público le esperaba. Matilde no le dejó. Recibía la llamada de María, que no podía asumir que los acontecimientos se precipitaran:
– Cuando te conoció, tendría que haberte dicho que estaba enfermo -aseguraba, dolida-. Os casasteis demasiado de prisa. Te uniste a un moribundo sin saberlo.
– Siempre lo he hecho -respondía Matilde-. Esta vez la muerte no me pillará desprevenida. Es un consuelo.
– Debería habértelo contado.
– ¿Para qué? ¿Crees que no me habría casado? -Se hizo un silencio-. Contéstame.
– Sí. Te habrías casado para acompañarle en la muerte.
Había padecido las muertes de Joaquín y de Justo como accidentes imprevisibles. En el primer caso, un percance doméstico absurdo se llevó de este mundo al hombre para quien había imaginado una muerte heroica. En el segundo matrimonio se sintió abandonada. Cuando la desaparición de alguien llega por sorpresa, resulta difícil asumirla. Esta vez tenía que ser todo muy diferente. Lo anunciaron los astros, en la noche de bodas. Las estrellas también se equivocan. Se repetía que tenía que hacerse a la idea: se cerraban de nuevo las puertas de la felicidad. Intentaba consolarse diciéndose que conservaría para siempre los buenos recuerdos. La voz de Julián, las palabras de amor que no se inventó, pero que repetía como nadie, la intensidad de su historia.