El destino no lo quiso. No le dejó la ilusión de pensar que Julián había encontrado en ella a la mujer que siempre imaginó. Un amor inmenso que no podía acabarse con la muerte. Fue el descubrimiento definitivo; el tiro de gracia. Lo comprendió una mañana, cuando su marido estaba empecinado en hablarle de la oscuridad. Abría las cortinas para bañarlo en una lluvia de luz, pero él decía que la noche era larga. Pese a que sólo podía intuirlo, eran los últimos momentos de vida de Julián. Estaba inquieto. En un letargo intranquilo, miraba a la nada. Habría querido aprisionar sus ojos, hacerlos reposar en los suyos. Intentaba tranquilizarle murmurándole palabras que describían bellos paisajes, proyectos que no cumplirían. No la escuchaba. Se preguntó si sabía dónde estaba, si la reconocía. Él inició un monólogo casi ininteligible. Frases que surgían con un hilo de voz. Pronunció un nombre. Repetía aquel nombre, como quien reclama la vida:
– Gisela, Gisela.
– ¿Cómo? -preguntó Matilde-. ¿Por quién preguntas?
– ¿Eres tú, Gisela, amor mío?
Murió en sus brazos repitiendo el nombre de otra. Pasó el tiempo. Acunaba al muerto, mientras recordaba la letra de una canción que le había enseñado: «Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer.» No quería que nadie entrara en la habitación. Estaba convencida de que nada borraría el último episodio. Era una mujer loca que abrazaba el cadáver de un pobre cantante de boleros.
XIII
En el piso de la calle Sant Jaume, los días tenían un ritmo propio. Desde que habían empezado a vivir juntos, Dana habitaba un mundo casi perfecto. Es muy sencillo acostumbrarse a la felicidad. Lo hizo de forma natural, casi sin darse cuenta, como si viviera una situación que le pertenecía por el derecho de los sentimientos. Se sentía conciliada con la vida. Era un estado de plenitud que no analizaba. No era tiempo de reflexiones, sino de dejarse llevar por el gozo del descubrimiento mutuo. Alguna noche se despertaba. Alargaba un brazo explorando las sombras, hasta el cuerpo dormido. La presencia de Ignacio le resultaba tranquilizadora. Le acariciaba y volvía a conciliar el sueño. Se levantaba de buen humor. Mientras oía el agua de la ducha o la máquina de afeitar, estiraba el cuerpo debajo de las sábanas. Pensaba en alguna anécdota que hubiera olvidado contarle, en una pregunta que no le había formulado. Experimentaba una urgencia absurda de decirle que le amaba.
Se repetía que el amor tiene algo de ridículo. Esa dependencia le daba una cierta vergüenza que superó de prisa, porque se sentía demasiado feliz para no vencer cualquier dificultad. El amor la fortalecía. Lo habría jurado: la mejor versión de sí misma recorría las calles de Palma, iba a trabajar a la radio, se encontraba con Ignacio en casa. Su carácter iluminaba la vida. Cuando se contemplaba en el espejo, se veía atractiva. Los cabellos le sombreaban los hombros, la expresión se dulcificaba, los ojos se hacían enormes. Tenía el rostro de una mujer enamorada, que tiene ganas de vivir. El amor permitía que fuera indulgente con las debilidades, que se riera a menudo, porque el mundo era un lugar amable y la vida sabía ser pródiga. Como en una especie de espontáneo contagio, ella también era mejor, generosa con los demás. No pasaba de largo, sino que se paraba a escuchar a la gente, a saludar a los conocidos. A menudo construía castillos en el aire: imaginaba un día, quizá no muy lejano, en que los hijos de Ignacio consentirían en conocerla. Se esforzaría en entenderlos, sería capaz de meterse en la piel de aquellos adolescentes, que vivían convencidos de que era una ladrona. Intentaría que comprendieran lo que sentía por su padre. No les complicaría la existencia, sino que respetaría sus ritmos, sus voluntades. Ocuparía el lugar que ellos quisieran: podía ser la amiga, la cómplice, la confidente. Tal vez sólo la conocida discreta, dispuesta a ayudarlos cuando hiciera falta. Nunca usurparía espacios que no le eran propios, pero no sería difícil aprender a quererlos, porque eran los hijos de él.
Continuaban las constantes llamadas al móvil. No renunciaban a comunicarse con frecuencia. Eran conversaciones breves que interrumpían visitas profesionales, comidas con conocidos o sesiones de trabajo. No importaba: tenían suficiente con algunas palabras. Necesitaban repetirse que se amaban, decirlo hasta que el eco de la voz del otro quedaba grabada en el cerebro. No había la urgencia apresurada, ni la angustia de encontrar el aparato desconectado. Se acostumbraron a vivir con una cierta calma. Cuando las mentiras no son imprescindibles, la vida es un logro. No tenían que inventar excusas para encontrarse, ni sentían la necesidad de disimular las citas. Muchas tardes, antes de subir al ático que compartían, Ignacio pasaba por las Ramblas. Las floristas se acostumbraron a la presencia del hombre educado, que tenía la sonrisa de un adolescente cuando les pedía un ramo de rosas. Quería que olieran bien, que tuviesen la humedad de las flores frescas. Con mirada crítica, seleccionaba los tallos largos, medía la abertura de cada capullo. Se iba satisfecho, impaciente por encontrarse con ella.
Dana se apresuraba para llegar puntual. Terminaba los guiones, cerraba el ordenador con una sonrisa; volvía a casa. Cuando alguien nos espera, lo único que importa es acudir a la cita. Si durante el día lo pensamos a menudo, nada nos detiene. No hay motivos para retrasar el regreso, ni deseos de aplazarlo. Solía abrir la puerta con una cálida sensación. Le esperaba preparando un pescado al horno o una tortilla de patatas. No era demasiado buena en la cocina, pero tenía una habilidad prodigiosa para aderezar carne con sabor a hierbas. Él le decía que era como si se comiera un bosque lleno de aromas. Se reían de la sensación de devorar la arboleda. Creían que todo era posible, que todo estaba permitido, mientras escuchaban una canción de Moustaki. Bajo la bata, se ponía un camisón casi transparente. Él elegía con cuidado la botella de vino para la cena. La noche era una fiesta.
Salían de casa. Caminaban por la calle Sant Jaume, mientras se dirigían al Born. Si era una mañana soleada, compraban el periódico y lo leían en un banco, la cabeza de Dana apoyada en el hombro de Ignacio. Si hacía frío, entraban en un café. Reían por cualquier tontería, inventaban proyectos de viajes, se proponían leer la misma novela o discutían por la película que irían a ver. Ella confiaba plenamente en él, con esa sencillez que nos hace fiarnos de las personas que amamos. No le hacía falta ser cautelosa. Tenía la percepción de haber encontrado a quien buscaba. Antes, no había sabido qué significaba estar enamorada. Todos los amores fueron frívolos o fugaces. Historias sin importancia que la memoria borraba porque no tenía espacio para otros recuerdos. Anécdotas que formaban parte de una etapa que había dejado atrás. No renegaba de lo que había vivido, se alejaba sin ningún pesar.
Les gustaba ir por el paseo Marítimo, leyendo los nombres de cada barca. Los había sonoros, como un eco. Otros eran como un murmullo junto al oído. Algunos daban risa. En algún caso, los consideraban absurdos, por lo excesivos que eran. Les gustaba el mar desde la costa. Observar las barcas cuando descansan en el puerto, lejos de los oleajes. Eran marineros de arena y de roca, poco valientes en un mar embravecido. El agua de todos los puertos se calma en la solidez de la ensenada. La idea les resultaba placentera. Se sentaban contemplándola en silencio. No decían nada, cautivados por el lugar. Dana pensaba que aquélla era la vida que deseaban. Una existencia que escribían con trazo firme. Agradecía al destino haber encontrado a Ignacio. Entre las barcas, creía que se adivinaban los pensamientos. Habría hablado de una curiosa comunión de deseos, de ideas. Cuesta entender el mecanismo que regula las emociones, el misterio de lo que no puede describirse. Él le dijo: