Pasaron las semanas, con la precipitación que lleva la vida vivida con intensidad. Los buenos momentos se le escapaban de las manos. Dana habría querido eternizarlos, poder parar las horas como si cada instante se convirtiera en una fotografía. Miles de fotografías de la historia que protagonizaban, cada una reproducida en un papel, para que pudieran mirarlas de nuevo. Habría sido una forma de impedir que se escaparan. Le gustaba ir al trabajo a pie. Desayunaban juntos, café y zumo de naranja, tostadas con mermelada. En la puerta de la casa se decían adiós hasta la noche. Ignacio se iba al despacho; Dana se encaminaba hacia la radio. Una mañana, se cruzó con Marta en la calle Sant Jaume. No fue un encuentro casual. Cuando estuvieron frente a frente, supo quién era sin preguntárselo. Nunca se habían visto de cerca. Ni tampoco bajo la luz inclemente de una mañana que subrayaba la dura expresión de la otra. Dana lo adivinó sin proponérselo, porque no quería pensar. Se quedaron inmóviles. Parecían incapaces de hablar. Marta, muda por la ira; ella, sin posibilidad de reaccionar. Le resultaba extraño tener frente a sí a la mujer que había vivido tantos años con Ignacio, que era la madre de sus hijos. Eran fuertes y se miraron sin parpadear. Dana rompió el silencio:
– Buenos días.
– No tengo días buenos. ¿Lo sabes?
– ¿Quieres que entremos en un bar a tomar un café? Si me tienes que decir algo, quizá es mejor que no sea en la calle. -Intentaba mantener la calma, pero no podía evitar un leve temblor en las manos, que ocultó en el fondo de los bolsillos.
– No me apetece que nos vean tomando un café como dos buenas amigas. Lo entiendes, ¿verdad? Lo que tengo que decirte será breve.
– Entonces, dímelo.
– No te saldrás con la tuya. Ni tú ni el cabrón de mi marido.
– Me habían dicho que eras una mujer educada. Ese tono no es el adecuado. Además, Ignacio no es un cabrón. No creo que pensaras lo mismo cuando le amabas.
– De eso hace muchos años. Ahora sólo sé que nos putea la existencia. Mi vida es un infierno desde que se fue de casa. La de mis hijos también.
– Puedo entender que le eches de menos. -Pensó que se estaba equivocando de discurso. No podía implicarse en el posible padecimiento de aquella mujer. Rectificó en seguida-. En todo caso, ésa no es mi historia. Tendrías que hablar con él. ¿No te parece?
– ¿Echarle de menos? Le haremos la vida imposible. Su descrédito será el precio de este estúpido capricho. Mis hijos no quieren saber nada de él. Ha roto una familia feliz.
– ¿Familia feliz? No sé de qué me hablas. No es precisamente así como él define la vida contigo. Escucha, Marta, no es un capricho: es amor. Sé que te hace daño escucharme, pero es la verdad. Vivíais una historia acabada; déjale libre.
– Nada ha terminado. Eres tú quien no lo entiende. Nosotros -supuso que incluía a los hijos en aquel plural- no perdemos nunca. Pobrecita, tendrías que darme lástima. Retírate del juego, antes de que sea tarde.
– Adiós.
Continuó andando. Iba de prisa, sin mirar atrás. Tuvo miedo de que aquella mujer, que tenía la determinación de una loca, pudiera perseguirla. Le había dicho que se retirara del juego. Las palabras resonaban en su cerebro. ¿De qué juego le había hablado? Aquello era la vida. No se trataba de una partida de cartas donde es necesario ganar por orgullo. El amor va unido a la generosidad, no tiene nada que ver con la arrogancia que había manifestado la otra. Era consciente de que representaba el papel de la mala de la película, la mujer que rompe una familia, como le había dicho, pero había descubierto que Marta no quería a Ignacio. Quería el lugar que ocupaba en el mundo gracias a él. Ignoraba si le quedaba algo de ternura, la satisfacción por los hijos que utilizaba como instrumento, la rutina de los años. No estaba dispuesta a perder el estatus social, la situación económica. Era una mujer de formalismos, que obviaba los contenidos de las cosas. Acaso se quedaba en un nivel muy superficial de consigna mal entendida.
Habría querido notar una sombra de complicidad. El sentimiento que nos puede hacer entender el dolor que causamos a una persona. En los antiguos episodios bélicos, cuando los guerreros se enfrentaban cuerpo a cuerpo, había seguramente secuencias de acción y de sentimientos, cada una guiada por sus propios ritmos. Desde el miedo al encuentro a la rabia, desde el afán de defenderse para sobrevivir hasta el instante inexplicable de proximidad con el enemigo. Todo debía de suceder en cuestión de segundos. Quienes luchaban tenían que tener las armas a punto, el cuerpo al acecho. En un encuentro por amor, intervenían los mismos factores. El afán de poseer a alguien tiene motivaciones diversas. Surge de razones que pueden llegar a ser contradictorias. El amor o la ambición; los deseos del otro o de las seguridades que nos proporciona; el riesgo de vivir o la comodidad de una vida. Continuó el camino hasta la radio. Hacía una mañana de plomo. Se dijo que las cosas no podían ser tan simples, que las analizaba desde la propia conveniencia. Nunca nada es blanco ni negro por completo. Le invadió la añoranza. Habían pasado siglos desde que se había despedido de Ignacio. Se paró en medio de la calle y marcó su teléfono. Tenía que decirle que le amaba. En un gesto inconsciente, acarició el anillo que llevaba en la mano izquierda. Los dedos no habían perdido aquel sutil temblor.
XIV
María siempre había sido de carnes prietas. Cuando era niña, tenía los muslos gorditos y la sonrisa amable; dos hoyuelos en las mejillas, que invitaban a los padres a pregonar que era una niña sana. Durante la adolescencia, tuvo que acostumbrarse a los pellizcos afectuosos, un punto malévolos, de la colección de tíos viudos, solteros o malcasados que había en la familia. La robustez de los brazos y la piel tersa de la criatura invitaban a acariciarla. Era de talante afectuoso, tranquilo. No le resultaba molesta la invasión física de los demás, sino que acogía las manifestaciones de cariño con una alegre naturalidad que transmitía a la gente.
Matilde era su mejor amiga. Aunque tenían la misma edad, le inspiraba una mezcla de ternura y de sentimiento protector. Eran el día y la noche: a María no le gustaban los cambios, nunca se precipitaba al tomar una decisión. En cambio, Matilde era impulsiva, capaz de improvisar. Ella tenía un carácter alegre, pero la prudencia predominaba en cada uno de sus actos. Matilde se reía a menudo, aunque también lloraba mucho. Podía experimentar la alegría y el dolor en parecidos grados de intensidad. Una no se arriesgaba demasiado; la otra amaba la aventura. Curiosamente, nunca rechazaron una forma de ser que no reflejaba su propio carácter. Se respetaban y se entendían, aunque no acabaran de comprenderse. Eran fieles a la amistad que tenía orígenes remotos en la memoria. Se sabían incondicionales, sinceras, confidentes. Compartían secretos que no habrían desvelado en la vida. María sonreía ante las incoherencias de una Matilde demasiado visceral. Matilde levantaba las cejas al intuir las inseguridades de su amiga, aquel curarse en salud antes de dar un paso. Expresaban disconformidad sin reproches; discutían con ganas de convencer a la otra, pero no para transformarla.
Las diferencias en sus respectivos caracteres estaban en clara correlación con unas considerables diferencias físicas.
– Nadie creerá que somos hermanas -decía María, muerta de risa.
– Seguro que no nos hicieron con el mismo molde -añadía Matilde, con malicia.
Matilde era menuda. Daba la impresión de que un soplo de viento se la podía llevar lejos. Tenía la cintura de avispa, las manos delgadas, con los huesos marcados. En los pies, las venas dibujaban rutas azuladas. María estaba hecha de redondeces, como si tuviera el cuerpo de musgo, el vientre parecido a un melón maduro. Era alta, con los hombros cuadrados. Tenía unos pechos que se adivinaban turgentes debajo de la ropa. En una tienda del barrio, compraban telas para hacerse vestidos. Les gustaban los estampados de flores: las margaritas de una falda plisada favorecían la graciosa figura de Matilde. Un campo de amapolas se ceñía a los muslos de María. Eran jóvenes y estaban siempre de buen humor.