– La vida nos escatima las horas para vivirla, querida -le decía su amiga-. No llores, porque, si tú lloras, el cielo se nubla y llueve. -La mecía como si fuera una niña-. ¿Te acuerdas de cuando éramos pequeñas? Cada vez que llorabas, caían gotas de lluvia por la fachada de la escuela. Los compañeros querían hacerte llorar para que se formaran charcos. Te incordiaban, y te sacaban la lengua. Alguno intentaba empujarte, porque eras menuda, fácil de derribar. Pero yo era el gigante de la clase: nunca permití que te hicieran daño. Tampoco lo consentiré ahora.
Cada pérdida de Matilde hacía reaccionar a María agradeciendo la fortuna de tener a Antonio a su lado. El solo hecho de imaginar su ausencia la estremecía. Perdía el color del rostro, se le transformaban las facciones. Entonces observaba a su marido de reojo: el color de la piel, la fuerza de los brazos, la barriga que dibujaba la curva de la felicidad y de la que se enorgullecía, porque era producto de su sabia mano en los fogones. Respiraba tranquila. Era fuerte, tenía una salud de hierro. Nada tenía que temer, porque, si Dios era misericordioso, envejecerían juntos.
Lo único que preocupaba a María eran los cambios de humor de Antonio. Habitualmente era un hombre que no manifestaba grandes alegrías, pero que tampoco se quejaba demasiado. Le habría gustado que fuera más expresivo para no tener que adivinar cada uno de sus deseos, pero se acostumbró a leerle el pensamiento. Si estaba alegre, tenían veladas plácidas. Cuando el negocio no daba un número considerable de monedas, se le fruncía el ceño en un gesto adusto. Le gustaba hacer sonar la calderilla en los bolsillos. El tintineo le producía una alegría pueril, que le transformaba la expresión en la de un animalito contento. Llevarlos vacíos equivalía a pocas palabras, a gestos que la culpabilizaban sin decírselo. Antonio se tumbaba en el sofá del comedor, ponía en marcha la televisión y se olvidaba de su mujer y del mundo.
– Nunca habría creído que fueras capaz de sorprenderme. Después de muchos años, lo has conseguido.
– Me da vergüenza, pero estoy decidida. No puedo soportar su indiferencia. Sé que me quiere, pero es poco expresivo.
– ¿Crees que te ama?
– ¡No lo dudes! -Había indignación en la voz-. Cada uno quiere como sabe o como puede. Tendrías que comprenderlo.
– Quizá sí.
– Llega a casa cansado. Es lógico, porque se mata trabajando. Entonces sólo tiene hambre. La televisión es un entretenimiento inofensivo. Me lo he dicho mil veces. Tengo mucha suerte: me casé con un hombre honrado. Nunca va al café. Él, del trabajo a casa.
– ¿Lo has pensado bien? Mira que tú no has tenido nunca mucha gracia para el baile.
– No me has entendido. No es un simple baile. Además, hace una semana que lo estoy ensayando. ¡Me tendrías que ver!
– Me encantaría. Puedes estar segura. De todas formas, querría saber qué pretendes.
– Nadie diría que eres una mujer tan lista. Quiero seducir a Antonio. ¿No es una buena idea?
– Claro. Tienes que seducirle y te esfuerzas. Él no hace falta que lo intente. Te tiene absolutamente fascinada. Dime, ¿qué te ha dado ese cabrón?
– No le insultes. No es un cabrón, es una magnífica persona. Algo distraído, nada más.
– De acuerdo. Esta noche rogaré a los ángeles que sean benévolos contigo.
– ¿Qué quieres decir?
– Les pediré que den vacaciones a tu ángel de la guarda. Quién sabe si no le seducirías a él, en lugar de a Antonio. -Se rió.
Pulsó el mando de la televisión. La apagó sin previo aviso. Eran las once de la noche. Hacía un rato que su marido estaba instalado en el sofá: la camisa del pijama abierta, la atención puesta en la pantalla. Esbozó una expresión de sorpresa. Un intento de preguntarle qué hacía, si se había vuelto loca. No tuvo tiempo de reaccionar. María puso en marcha el tocadiscos que ya casi nunca usaban. Sonó una música insinuante, que le había prestado la vecina. Tenía una vivacidad adecuada a sus curvas, a la sonrisa que le iluminaba el rostro. Un movimiento de cintura, una ligera inclinación. El balanceo de las caderas que seguían el ritmo de la canción. Con la mano derecha, las uñas pintadas de rojo, fue subiéndose la manga izquierda del vestido. Lo hacía con gracia, sin olvidarse de iniciar la danza del vientre, que pretendía evocar a las bailarinas de Las mil y una noches. El brazo exhibía una blancura tornasolada. Se acordó de Gilda, espléndida con un guante en la mano. Se desabrochó los botones del escote. Primero uno, después el otro. Cada trozo de piel descubierta era un tesoro. La ropa se deslizó hacia atrás, descubriendo la rotundidad de los hombros: redondos, compactos. Al mismo tiempo, la nuca, el inicio de su abundante escote.
Se quitó la blusa. La palidez de la piel contrastaba con el rojo del sujetador, incapaz de retener los pechos. Saltaban aquel muro de contención hecho de falso satén. Un pezón rebelde apuntaba al cielo desde su refugio de encaje. Fue bajándose la falda mientras contoneaba la cintura. Con un pie la lanzó a unos metros de distancia. Las bragas le cubrían el pubis, pero no bastaban para ocultar sus nalgas. De un quiebro, quedó de espaldas a su marido. Mientras hacía un movimiento circular de caderas, le miraba de reojo. Se puso las manos en la cintura. Su cuerpo combinaba movimientos circulares y pasos de baile. Los muslos eran como troncos de árboles jóvenes. Tenía un pliegue en la barriga que le ocultaba el ombligo.
Era un desbordamiento de carne, un desenfreno de pechos, de nalgas. Una abundancia que los gestos subrayaban, porque ella nada pretendía ocultar. Bailaba sin pudor. Las prevenciones anteriores habían desaparecido. Se sentía una mujer bella. Nunca había experimentado una sensación parecida. Tenía la frente llena de sudor, mientras dibujaba sus labios con la lengua. Dobló los brazos, mientras se desabrochaba el sujetador. Los pechos aparecieron con una rotundidad casi dolorosa. Se quitó las bragas, piernas abajo hasta los tobillos, flexionó las rodillas, abriendo el arco de los muslos. Antonio no decía nada. Habría querido detenerla. Era extraño: por primera vez en mucho tiempo, María no pensaba en él. Le había olvidado. Estaba sola consigo misma. Se acarició la piel. Se pellizcó el pezón rebelde. Se mordió los labios. Con una expresión de sorpresa, el marido se preguntaba qué debía hacer él. La situación le desbordaba. Esbozó un gesto vago, pero fue inútil. Pensó que a la mañana siguiente tenía que madrugar, que aquello no eran bromas propias de una esposa como es debido, que qué putada, a aquellas horas. María notaba el cuerpo a punto de estallar como una fruta madura.
XV
Hay indicios que nos negamos a reconocer. Son signos minúsculos que percibimos aunque no queremos prestarles atención. No nos conviene o no nos interesa fijarnos. Activamos un mecanismo de defensa que nos ayuda a sobrevivir. Consiste en actuar obviando una parte de la realidad. Nos quedamos con la cara amable de las cosas. Cuando las historias se complican, hurgar excesivamente no es demasiado tranquilizador.
Dana no fue una excepción. Pasar de la gloria al ocaso es una vivencia poco recomendable. Durante semanas, no quiso darse cuenta. Se querían y eran felices. Se reafirmaba en aquella certeza con toda la fuerza que da el miedo, el temor a comprobar que el mundo se hunde. Habían vivido una relación que había sido un juego de equilibrios hasta que empezaron las confusiones. No era una mujer que viviera con serenidad el desconcierto; necesitaba certezas: saber que nada amenazaba lo que había construido. La transformación de Ignacio fue lenta. No hubo una metamorfosis, sino una suma de minúsculos cambios. Primero no quiso percibirlos. Más tarde los intuyó con sorpresa, pensando que eran un engaño de la mente. No podía ser. Las ambigüedades, las excusas, las mentiras eran imaginaciones surgidas del miedo a perderle.