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No cambiaron los gestos del amor, sino las actitudes más profundas. Le costaba describirlo. Pasaban los días e Ignacio continuaba jurándole amor eterno. Al mismo tiempo, aumentaban los espacios en blanco. Intuía que se veía con gente sin decírselo, que tenía conversaciones que no le contaba. El silencio ocupó el lugar de las palabras. Él vacilaba a la hora de contar qué había hecho, adonde había ido. Sin darse cuenta, caía en absurdas contradicciones que ella intentaba olvidar de prisa. Habría querido que aquel hombre justificara su actitud, pero le conocía demasiado. Cuando le oía hablar apresuradamente, sabía que volvía a mentir. Ignoraba el alcance del engaño, pero intuía que le ocultaba verdades.

Actuó como si nada sucediera. No le dijo a nadie que no entendía lo que pasaba. Querer racionalizar lo absurdo incrementa la angustia. Vivía con el corazón en vilo; siempre intentando creer explicaciones que resultaban increíbles, mientras ocultaba que las piezas del rompecabezas no acababan de encajar. Ignacio no cambió de la noche a la mañana. El amor a los demás y la debilidad personal le vencieron, aunque él quisiera negarlo. Se había creído fuerte, preparado para hacer entender a sus hijos que la amaba, pero no supo hacerlo. Las coacciones soterradas llegaron a convertirse en amenazas directas que no pudo soportar. No quería perderlos. No podía dejarla. Pensaba que tenía que esperar a que pasara el tiempo, proteger todos los frentes, disimular y convencer. Fingía delante de Dana, a quien no quería alarmar. El afán de persuadir a los hijos hacía que actuara con inseguridad. Se contradecía porque vivía confundido.

Llegaba tarde a casa. Volvía del trabajo con un rictus de fatiga en los labios. No se relajaba, estaba al acecho, pendiente del móvil, con las facciones tensas de quien espera siempre un imprevisto. La cena se había enfriado. Ella la calentaba de nuevo sin hacer preguntas, con un gesto de tristeza. Habría querido saber qué le pasaba, acompañarle en la duda. Ignacio no se lo permitía. Hay muchas formas de construir muros protectores, distancias que nos separan de los demás. «¿Cómo es posible?», se preguntaba. La persona a quien más quería se alejaba como un barco que desaparece de nuestra vista hasta que el horizonte lo engulle. Se refugiaba en la radio, aunque no le resultaba fácil concentrarse. Pensamientos intrusos la asaltaban de pronto. Por la noche, le oía dar vueltas. Él tampoco conciliaba el sueño, pero callaba. Hay historias que, si no se cuentan, parece que nunca han sucedido. Lo que no se cuenta quizá no sucede realmente. Dana lo pensaba mientras respiraba hondo. Sabía que se amaban. Nunca dudó de aquel amor ni creyó que todo pudiera desaparecer de pronto. Mantenía la fe ciega. Sólo debía tener paciencia. Volvería a llevarle un ramo de rosas comprado en las Ramblas y le diría que la pesadilla había acabado.

Descubrió que era un mentiroso. Compartía el techo con una persona que tenía un ingenio especial para engarzar una cadena de falsedades. Una tras otra. Surgían de sus labios con una fluidez increíble. Parecía que tuvieran alas, porque se movían con una agilidad sorprendente. Como pompas de jabón, crecían, adquirían forma y se deshacían ante sus ojos. Habría querido cogerlas al vuelo y no dejarlas escapar. Hay mentiras pequeñas que cuesta adivinar. Hay otras que se perciben nada más ser pronunciadas. Son contundentes, precisas; no admiten ni el consuelo de la duda. Hay interrogantes que nos ayudan a sobrevivir, porque son menos duros que la verdad.

Las reacciones del amor son complejas, sirven para definirnos. Describen cómo somos, cuál es nuestra capacidad de movimiento. Dana se sorprendía a sí misma. Nunca habría creído que sería capaz de protagonizar hechos insólitos, de experimentar reacciones ilógicas, de actuar con incoherencia. Tenía la impresión de que deliraba. Se había convertido en una criatura imprevisible, que actuaba a partir de impulsos concretos. ¿Dónde estaban la razón y sus designios? Se habían fundido, inesperadamente, en el aire. Espiaba sus conversaciones telefónicas. Aparentaba estar ocupada en una tarea cualquiera. Fingía estar concentrada en lo que hacía, pero prestaba atención para cazar sus palabras. ¿Qué decía? ¿Con quién hablaba? Como nunca le ofrecía una respuesta convincente, ella improvisaba hipótesis imposibles.

Decidió seguirle. Dejaba el trabajo sin dar explicaciones y salía a la calle, dispuesta a saber adonde iba. Conocía sus itinerarios, el bar donde desayunaba, el quiosco donde se paraba a comprar la prensa, el camino que seguía para regresar a casa. Perseguir los pasos de alguien a quien amas es un ejercicio de ladrones o de supervivientes, y ella era una pobre mujer que intentaba sobrevivir en medio del desconcierto. Se escondía en una esquina, tras el portal de un edificio que le ofreciera protección. Le esperaba con una paciencia que le era desconocida. Tenía la impresión de que se había convertido en una estatua de sal. Su corazón no latía. No sentía el frío ni el calor. Su cuerpo era insensible a los elementos porque vivía esclavo de una actividad frenética. Se hacía preguntas mientras intentaba justificarle. Si estaba distraído, era porque el trabajo le agobiaba. Cuando parecía ausente, la culpa era de una agenda demasiado apretada. Cada mentira se convertía en un engaño de la imaginación.

Le espiaba. Cuando le perseguía desde una cierta distancia, protegida por los transeúntes que se interponían, se sentía estúpida. Nunca habría creído que fuera posible actuar como un animalito perdido que husmea a su amo. ¿Dónde estaban la dignidad y el orgullo que sus padres le habían enseñado como consigna de vida? Ella vivía con aquel hombre. Tenía que repetírselo constantemente. Amaba la sombra que perseguía por las calles de Palma. Conocía su presencia concreta. Dormía junto a él. ¿Por qué, entonces, la sensación de haber perdido el norte, la incapacidad de hablar claro? «Sé sincero de una vez -habría querido decirle-. Dime cómo es posible cambiar en pocas semanas. Me regalaste un anillo. Me pediste que fuera tu mujer. Te respondí que ya lo era. ¿Lo he sido, alguna vez? ¿O sólo una persona que no quieres mostrar al mundo, porque representa tu debilidad? Quién sabe si sólo he representado el papel de una puta. Ha desaparecido el amante, el amigo, el amor. Como si siempre hubieras llevado una máscara. Continúas diciéndome que me amas. ¿Qué amor me juras, mientras llevas una vida que desconozco, paralela a la nuestra? Tienes dos vidas, Ignacio, y yo sólo conozco una.»

Le espiaba de día. Le amaba de noche con una furia nueva. Cada vez como si fuera la última. Lo intuía, aunque no se lo dijera. Un beso, y otro más, mientras callaban. Se arañaban los cuerpos con una desesperación que sustituía la antigua ternura. Se dejaban en la piel los signos con que habrían querido marcarse la vida. No era furia contra alguien, sino a favor de un amor que se les escapaba. Cuando él se dormía, ella le velaba el sueño. Observaba sus movimientos debajo de las sábanas, la respiración, la desazón que salía por cada poro de su piel. Habría querido abrazarle, decirle que le amaba, suplicarle que no le fallara. «No me traiciones, porque me matarías.» Se lo decía muy bajito, cuando no podía oírla. Con la punta de la lengua recogía la sal que la tristeza deja en las mejillas.

Le telefoneó a la radio. Era casi mediodía y estaba a punto de entrar en un estudio de grabación. El técnico le dijo que tenía una llamada. Era la voz de Ignacio. Nervioso, le dijo:

– Tendrías que venir un momento a casa.

– ¿Ahora? ¿Tienes algún problema?

– Sí. Ven en seguida. Tengo que decirte algo.

No era su forma de actuar. Tampoco le reconocía el tono de voz. Pronunciaba las palabras con una tensión desconocida. Era una voz amarga por la tristeza, lenta. No tenía vida, la energía que le recordaba la pasión que ponía en las cosas. Se preocupó. Algo muy grave sucedía para que Ignacio reaccionara como un hombre derrotado. Le recordó a alguien que habla sin fuerzas mientras se asoma a un abismo en el que puede perderse para siempre. Intentó coger un taxi para que el trayecto fuera más corto, pero no encontró ninguno libre. Volaba por las calles. Todo el mundo debía de pensar que se había vuelto loca, pero no le importaba. Le encontró en la habitación, con una bolsa de viaje abierta delante de él. Estaba metiendo algunos jerséis, camisas. Se miraron. Él murmuró: