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– Me ha llamado Marta.

– ¡Siempre Marta! -Habría querido evitar la exclamación, pero no pudo contenerla. Hay palabras que se nos escapan sin que podamos silenciarlas.

– Es la madre de mis hijos -lo dijo serio, casi solemne.

– Sí, claro.

– Jorge ha tenido un accidente de moto.

– ¿Cómo?

– Mi hijo. ¿Recuerdas que tengo hijos? -Había una frialdad terrible en aquella voz.

«No me hables así -habría querido exclamar-, no tienes ningún derecho. Yo no tengo la culpa del accidente, y tú me miras como si fuera la culpable.» Contuvo el alud de reproches, y preguntó:

– ¿Es grave?

– No lo sabemos muy bien. Parece ser que sí. Podría… -vaciló- quedarse sin poder andar. Tiene la columna afectada, pero no sé hasta qué punto. Nos lo llevamos a Barcelona.

– De acuerdo. Tranquilízate. Seguro que será una falsa alarma. Te ayudaré a preparar las cosas. ¿Dónde tienes la chaqueta gris? Todavía hace frío, la necesitarás. -Hablaba y se movía como una autómata, incapaz de asimilar la información, intentando no reflejar el miedo que sentía.

– Tengo una plaza en un avión que sale dentro de una hora. He de darme prisa.

– Sí. Te acompañaré al aeropuerto. Si tenemos suerte, podré encontrar un billete en el mismo vuelo.

– ¿Qué dices?

– Quiero acompañarte.

– No seas absurda. No es el mejor momento para encuentros familiares, ¿no te parece?

– No iré a la clínica. Te esperaré en el hotel para hacerte compañía cuando vuelvas por la noche. Estaré cerca de ti.

– Mi hijo es ahora la única prioridad. Me iré solo y te mantendré informada.

– No lo entiendo. Te aseguro que no molestaré a nadie.

– Te telefonearé.

Había llamado a un taxi. Al cabo de pocos minutos, el coche estaba en la calle. Lo vio por la ventana y le pareció el espectro de una pesadilla. Intuyó una sombra en el interior. Se preguntó si era un juego de la luz o la figura de Marta esperándole. Intentó sentir compasión por aquella mujer, por el adolescente que quizá no volvería a andar, pero no pudo. Sólo era capaz de sentir lástima de sí misma, apartada de la vida de Ignacio. Se sintió culpable, pero no lo podía evitar. Tenía que acompañarle a Barcelona. ¿Cómo podía quedarse en casa, como si no pasara nada, mientras él partía? Se abrazaron: ella como se agarra un reo a la vida antes de morir; él con cierta ternura que la impaciencia vencía. Se esforzó en dominarse, mientras le preguntaba:

– ¿Me tendrás informada?

– Naturalmente.

– ¿Dónde te alojarás?

– No lo sé. Si quieres ponerte en contacto conmigo, llámame al móvil.

– ¿Tengo que decírselo a alguien?

– No hace falta que hagas nada.

– Ya. Adiós, amor.

– Adiós.

Vio cómo se marchaba sin hacer nada por evitarlo. Las palabras y los gestos habían dejado de tener valor. Tenía que saber esperar. Nunca había sido una mujer paciente. Le costaba reprimirse. Tener que dejar que los demás marcasen los ritmos era duro. Habría necesitado ir con él. Oscilaba entre la pena por Ignacio y la rabia contra él, que no aceptaba que le acompañara. No era sencillo hacerle entender que amar también es estar juntos, sentir la presencia del otro en los momentos malos. Habría querido apoyar la frente en su hombro. Le habría gustado también estrangularle porque la expulsaba de su mundo. Le amaba y le odiaba. Se lamentaba por la soledad de Ignacio, mientras se preguntaba si Marta estaría a su lado. ¿De qué hablarían? ¿Intentarían consolarse rescatando recuerdos perdidos? ¿Se entretendrían reviviendo la niñez del adolescente como una forma de recuperarle? Recordarían horas felices, tiempos pasados que la memoria puede hacer presentes. ¿Se alojarían en el mismo hotel? Quizá se habían abrazado con una intensidad nueva, junto a la cama del hospital. Quién sabe si habían recobrado rastros de la antigua ternura.

Se dijo que tenía que ser fuerte. Ayudaría a Ignacio desde la distancia. Se reprochó el egoísmo de querer acapararle, cuando su hijo estaba grave. Le avergonzaban sus propios sentimientos, aquella combinación absurda. De una parte, la tristeza, pero también el miedo a perderle. Las ganas de que Jorge se recuperara; el deseo de que todo fuera como antes. La necesidad de irse a Barcelona; el esfuerzo de contención que le suponía quedarse en casa, sentada junto al teléfono, esperando noticias. Tenía el móvil en la mano. El teléfono fijo cerca. Uno u otro sonarían en cualquier momento. Tenía que estar atenta. Cuando Jorge volviera a la isla, quizá querría conocerla. Dicen que las experiencias extremas hacen madurar. Conmovido por la dedicación de un padre que lo dejaba todo para ayudarle, sabría ser generoso. Marta se adaptaría a la nueva situación. Una mujer que ha estado a punto de perder a un hijo debe aprender a relativizar ciertas historias. El dolor nos tiene que hacer más comprensivos, tiene que suavizar la intransigencia. Pensarlo le servía de consuelo.

La siguiente semana transcurrió lenta. Empezaron las situaciones extrañas: Ignacio nunca respondía al móvil. Cuando marcaba el número, aparecía la voz metalizada de una mujer que le aseguraba que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Le dejaba mensajes. Hacía un esfuerzo para serenarse y decirle que deseaba que todo fuera bien, que esperaba noticias, que le amaba. Después de algunos días, llegó a tener la impresión de haberse convertido en una cinta grabada que emite siempre las mismas frases. El propio tono de voz contenido le hacía pensar en otra persona. Seguro que Ignacio no sabría reconocerla, en aquella secuencia monótona de sílabas monocordes. Cuando has dicho muchas veces «te amo» al silencio, la expresión llega a sonar como una mentira. Cuanto más se esforzaba por ser convincente, más falsa se notaba. No encontraba el punto adecuado entre lo que quería transmitirle y lo que tenía que reprimirse. En definitiva, una locura.

Él la llamaba una vez por la mañana. Le decía algunas frases poco personales que le recordaban un comunicado médico: Jorge había pasado la fase de peligro inicial, la intervención había sido un éxito, tenían que tener paciencia, las secuelas del accidente no estaban todavía suficientemente claras, la rehabilitación sería larga. Murmuraba que la amaba y le decía adiós. No manifestaba el deseo de compartir el sufrimiento, ni ningún interés por el infierno que ella vivía. La conversación tenía aires de trámite molesto, de una obligación que cumplimos con pereza. Dana intentaba alargarla. Comentaba algunas llamadas de amigos interesándose por Jorge, o la última noticia que corría por las calles de Palma sobre un conocido común. Ignacio nunca manifestaba curiosidad. Ella le hacía preguntas que él respondía con monosílabos, como si no tuviera tiempo que perder. Le expresaba de nuevo el deseo de ir, pero lo hacía sin convicción, cada vez con menos insistencia, porque sabía que la respuesta sería negativa. El día se hacía eterno. Las horas pasaban con lentitud.

Intentaba comunicarse con él llamando al hotel. Nunca estaba. Si estaba, había dado orden de que no le pasaran llamadas. Llegó a reconocer las voces de los conserjes. El de la noche tenía la voz grave. Era más amable que el otro, que le hablaba como si fuera una niña, mientras disimulaba un tono ácido que le parecía de burla. Habría querido matarlos, hacerlos culpables del muro que existía entre los dos. En la radio tenía una actitud hermética. Trabajaba sin poner interés en lo que hacía. Se amparaba en los recursos conocidos, incapaz de inventar fórmulas. Huía de los demás. Los compañeros la observaban cuando pasaba por su lado, ciega y muda.