– Eres un cretino. Un hijo de mala madre.
Pensó que el imbécil era él, le habría gustado estrangularle allí mismo. Se arrepintió en seguida de aquel impulso, mientras se decía que el dolor propio nos hace inmunes al dolor ajeno. Debería haberse sentido cercano a la pareja, pero era incapaz. El padecimiento anulaba cualquier otro sentimiento. No existían ni la compasión por quienes temblaban a su lado, ni la complicidad con su pena. Lo único que quería era ver a su mujer. Irse con ella, si le había llegado la hora de la muerte. Desaparecerían los dos calladamente. Escondió el rostro entre las manos, sin decir ni una palabra.
En el hospital, el ritmo del tiempo se altera, transcurre de una forma singular. Comprendió que los relojes no le servían de nada. Tenía que intentar adaptarse a una lentitud que resultaba dura, contra la cual era imposible luchar. Los padres de Mónica estaban sentados cerca de él. La mujer no había pronunciado palabra, desde que habían llegado. Se limitaba a irse fundiendo en una materia licuosa; lágrimas y saliva que le recorrían el cuerpo hasta el suelo, donde formaban un minúsculo charco. El hombre mantenía el gesto serio, los puños cerrados. Sus venas formaban el relieve de un paisaje arisco. Los sintió a kilómetros de distancia, muchas vidas lejos de la suya. Los tres padecían por una misma causa, que, en lugar de acercarlos, los situaba en polos opuestos del universo. No se entretuvo en analizar las razones. Compartir el dolor más profundo puede ser una falacia. Pasaron largos ratos en silencio. El charco se hacía cada vez más grande. Por fin, apareció un médico. Andaba con decisión hacia donde se encontraban:
– ¿Son los familiares de Mónica Coll?
– Sí -respondió Marcos-. Es mi mujer.
– Ha padecido un derrame cerebral como consecuencia de un golpe muy fuerte. Está en la UCI, donde tiene las constantes controladas. Le tendremos que hacer algunas pruebas radiológicas. Está en coma.
– ¿Qué quiere decir? ¿Puede ser irreversible? -Habría querido ahogar por siempre jamás aquella voz fría, portadora de malas noticias.
– ¿Está muerta? -le preguntó el padre de Mónica, que no había entendido nada, que quería una explicación sencilla, definitiva.
El médico habló de nuevo:
– No está muerta, señor. Tiene una hemorragia en el cerebro, pero todavía no podemos saber cómo evolucionará. Tendremos que estar pendientes de las pruebas que le haremos. No podemos hacer un pronóstico definitivo hasta que pasen unos días. Lo siento.
– ¿Es grave? -El padre insistía para tener respuestas claras.
– Sí, es grave.
– ¿Puedo verla? -Marcos necesitaba ver a Mónica desesperadamente.
– Tendrán que respetar el horario de visitas para los familiares. Media hora por la mañana y media por la tarde. Ahora pueden ir. Entren de uno en uno, por favor. La enfermera los acompañará y les indicará la bata y la mascarilla que tienen que utilizar durante la visita.
El hombre se inclinó hacia la mujer vestida de negro. Le habló como si fuera una niña o alguien que tiene perdida la razón:
– Nuestra hija no está muerta.
– ¿Se salvará? -La madre murmuró la interrogación. A sus pies había nacido un lago.
Marcos subió la escalera, porque no tenía paciencia para esperar el ascensor. Cruzó la puerta de la UCI. Entró en una sala acristalada: Mónica estaba medio cubierta con una bata verde. Dormía. Pensó que no habría querido ponerse un camisón de aquel color. Siempre había dicho que no le favorecía. Recordó telas de melocotón, de cereza, de caramelo. Estaban en un cajón de su armario. Conservaban el perfume de Mónica. De su cuerpo salían los tubos. Estaba inmóvil, pero tenía la piel tibia. Le acarició los párpados cerrados, la frente. Intentó acercarse a ella, a pesar de los aparatos que le recordaban las zarpas de un dragón, para percibir su aliento. Tuvo la impresión de que no respiraba. Le tomó una mano, pero estaba demasiado inerte. No respondía a ningún estímulo: trató de acariciarle un brazo, de besarle los dedos, de pellizcarle la mejilla. El único signo de vida era la temperatura del cuerpo. Aquel cuerpo que había vibrado con el suyo, que él recordaba latiendo, lleno de vida. Ahora, esa vida estaba muy quieta. Le pidió que no se marchara, que no huyera del cuerpo que amaba. Se inclinó hasta el rostro de Mónica, medio cubierto por un mechón de cabellos castaños. Se lo dijo en voz queda, pero con toda la fuerza del mundo:
– Vive, amor mío. Quiero que vivas. Hazlo por ti y por mí. Piensa en todo lo que nos queda en el futuro, en aquellos viajes que nos imaginábamos, en los libros que todavía no has leído, en las noches de amor que la muerte no tiene derecho a robarnos. Sé que no has decidido morirte. No lo quieres, porque tienes que hacer muchas cosas. ¿Qué será de mí, si te vas? Haz un esfuerzo, y vuelve a abrir los ojos. Háblame. Aunque sea una palabra. Tan sólo una: dímela despacio, tú, que amas las palabras y sabes que tienen tanta fuerza. Vendré todos los días a verte. Todas las mañanas, todas las tardes. Esperaré en un rincón de este hospital, hasta que sea la hora de visitarte. A escondidas, te traeré versos que te harán compañía. Te los recitaré bajito para que no te sientas sola. Hasta que podamos volver a casa, mi vida serán las paredes que te rodean. Desde que tú no estás, no tengo casa, ni amigos, ni parientes. Tú eres mi corazón y la vida que me falta.
Cuando le obligaron a salir de la UCI, sentía un peso en la cabeza. Miró sin ver un largo pasillo. Se dio cuenta de que la puerta se cerraba tras él. Oyó la voz del padre de Mónica:
– Eres un hombre malvado. Casi ¡se ha acabado el tiempo y todavía no hemos podido entrar. ¿Cómo puedes tratarnos así?
La mujer vestida de negro lanzó un gemido. Era un sonido angustioso, primitivo, que le despertó cierta repulsión. La enfermera intentó ayudar a la pareja a vestirse para poder entrar. Quedaban pocos minutos de visita. Marcos se sentía ávido de todos los segundos para estar junto a su mujer. Tenía la sensación de que se los robaban. No pudo evitar mirarlos con odio antes de perderse por las salas.
Pasaron los días. Transcurrían con la torpeza de los viejos que se han roto una pierna y vuelven a poner el pie en el suelo. Se alargaban como los días de verano, cuando somos niños. Aquellos agostos eternos le salían al encuentro. Volvía al piso cada dos o tres días. Iba el tiempo justo para ducharse. Evitaba las preguntas de las vecinas, que se interesaban por el estado de Mónica. Tenía el móvil desconectado. Se refugiaba en los pasillos del hospital. Las horas transcurrían sin demasiados cambios. Sólo merecían la pena los minutos que podía pasar junto a ella. Le recitaba poemas de amor, esperando que hiciera un mínimo gesto de complacencia. Nunca había un solo indicio, ninguna reacción de su cuerpo inerte. Los informes médicos repetían las mismas palabras: «No reacciona. Tenemos que esperar.»
A las tres semanas la sacaron de la UCI. Los padres, con quienes no mantenía demasiadas conversaciones, lo interpretaron como un signo de esperanza. Él intuyó que no había nada que hacer. Nunca se cansaba de recitarle poemas. Con las palabras, le dibujaba los paisajes y los rostros que no podía ver. Cuatro semanas después del accidente, el médico quiso hablar con él. Fue tajante:
– Prácticamente no hay actividad cerebral. La familia se tiene que convencer de que lo mejor sería desentubarla y dejarla morir.
Le escuchó sin decir nada. Repitió las mismas palabras a los padres de Mónica con una voz incolora, sin modulación. Le miraron como si fuera un enemigo, como si lucharan en bandos contrarios.
Entender que se moría no fue sencillo. La simple comprensión de un hecho puede superarnos. Se sentía vencido por una situación que habría sido incapaz de prever. Hacerse a la idea de una realidad es el estadio previo para poder asumirla. Pero entre un estadio y el otro hay kilómetros de días y de noches. No se despediría de Mónica. No quería estar presente en el momento en que desconectaran los aparatos. Cuando el médico le dijo que era cuestión de horas, fue a verla. En la cabecera de la cama, le besó la mano inmóvil. Estuvo un rato buscando, inútilmente, un último verso. Cuando mantenía la esperanza de que volviera a la vida había recitado muchos. Ahora no encontraba ninguno, convertida la memoria en un pozo sin agua. Contempló su rostro. Le dijo que la amaba. Sin mirar atrás, salió del hospital donde había vivido cuatro semanas. No sabía qué caminos recorrer. En un rincón, vio a sus padres. Le miraron como si esperaran que hiciera algo. No sabía muy bien qué. ¿Unas palabras, un gesto? Pero ¿cuáles? Bajó en el ascensor hasta la primera planta. Dos enfermeras hablaban cerca de la escalera. Una tenía los cabellos muy rubios. Parecía feliz. El cielo era azul, de una intensidad que le hacía daño. La vida continuaba como si nada. Se puso a andar por una calle cualquiera. En su rostro se reflejaba la palidez de los días pasados entre cuatro paredes. En el alma, el deseo de alejarse. Vio a unas mujeres que paseaban. No se parecían a ella. Nadie era como Mónica. Si quería sobrevivir a aquel infierno, tendría que cambiar de ciudad.