La inquietud por el oficio le hacía abrir los ojos. Iba por las calles observándolo todo, dispuesta a nuevos hallazgos. En un bar, en una plaza, en la conversación con un taxista surgían las imágenes. Podía recurrir a viejas revistas, carteles de otras épocas, cuadros de pintores desconocidos. Su trabajo constituía una mezcla de elementos diversos. Como si todas las mañanas al despertarse visitara las buhardillas de una casa antigua, la calle más transitada de la ciudad y un café portuario. De la suma y la discordancia salían ideas geniales.
En los días de fiesta buscaba refugio frente al televisor. Era la excusa perfecta: no tenía demasiado tiempo para ver anuncios, y necesitaba tragárselos todos para descubrir tendencias, fórmulas nuevas. A menudo sólo encontraba repeticiones poco interesantes. Hacía zapping en busca de un mensaje capaz de sorprenderla. Se hundía entre los cojines del sofá. Vestida con ropa cómoda, sin maquillaje ni intención de moverse de casa, con una caja de bombones, unas revistas, un libro, dejaba que pasaran las horas. Se dormía. Un dulce sueño le ganaba la voluntad, dejándola vencida. No ofrecía resistencia, sino que permitía que la desidia se impusiera. Nadie la esperaba. Ella tampoco esperaba a nadie. En alguna ocasión, padecía un ataque de hambre. Entonces vaciaba el frigorífico de las pocas provisiones que éste conservaba. Comía chocolate, devorándolo. Siempre se sentía algo culpable; tenía la sensación de no saber controlarse, de dejarse ganar por impulsos que conducían directamente a aumentar de peso. Al atardecer, sonaba el teléfono. Era su hermana, la única persona que se preocupaba por su suerte:
– ¿Cómo estás? ¿Has pasado un buen día?
– Sí. Estoy instalada en el sofá. No te preocupes por mí.
– ¿Quieres que salgamos? Te dará un poco el aire.
– Ya tomo suficiente aire a lo largo de la semana, gracias. Te aseguro que alguno es perverso. Cualquier día enfermaré. Sinceramente -suavizó el tono-, no me apetece salir.
– Siempre igual. Escucha: no tienes que dejarte vencer por la pereza.
– No se me ocurren demasiadas cosas interesantes que hacer.
– Podríamos ir al cine…
– Tú lo has dicho: me vence la pereza. Eres un ángel. -Había un tono burlón, propio de su carácter, en el halago-. Gracias por tu interés, y buenas noches.
– Buenas noches.
Había tenido un par de relaciones estables que no habían funcionado. Duraron poco tiempo, porque no se dejaba llevar por falsas esperanzas. No las recordaba nunca. No se permitía divagaciones sobre lo que podría haber sido y no fue. Borró del pensamiento los nombres y los rostros de aquellos hombres. Era fuerte; guardaba las flaquezas para sí misma. Entre las paredes de su casa volaban dosis de vulnerabilidad, de indecisión, de duda. A la calle, salía con la coraza puesta. Se movía con un aire que atemorizaba a quienes la rodeaban. A golpes de decisión, había conseguido situarse donde estaba. En el trabajo, nadie discutía su criterio. Un ejército de diseñadores seguían las directrices que ella marcaba. Tenía un gabinete a punto para resolver las necesidades urgentes: una secretaria, dos ayudantes, los técnicos.
Todos vivían pendientes de un gesto de Antonia. Cuando examinaba sus ideas plasmadas en el papel por los demás, podía reaccionar de forma diametralmente opuesta. Podía romper los papeles lanzando imprecaciones e insultando a la víctima que tenía enfrente, o bien podía expresar una alegría contenida (nadie la vio manifestar euforia nunca). Felicitaba a sus colaboradores con una efusividad moderada, inclinaba la cabeza en el respaldo de la silla, haciendo una pausa, y se ponía a hablar de la siguiente campaña.
Viajaba a menudo. La ciudad europea que más le gustaba era Londres. Adoraba la energía de la gente por las calles, la mezcla humana, la sensación de vida. Pocos meses después de haber optado por hacer una pausa en sus citas sexuales, fue a Inglaterra. Aprovechó el tiempo para recorrer tiendas y beber cerveza en los pubs del centro. Una noche, reservó una entrada en el Palace para ver de nuevo Los miserables. La historia de Jean Valjean, la efervescencia de París, una ciudad en plena revuelta, los amores no correspondidos de Eponine, los sueños de Marius y Cosette le emocionaban. Vibraba con los sonidos de la orquesta y con las letras de los intérpretes: «Do you hear the people sing? Say, do you hear the distant drums? It is thefuture that they bring. When tomorrow comes… Tomorrow comes!»
Cuando acabó la función, se perdió por los callejones del Soho. Recorrió las vías paralelas a Straferbury Street. A poca distancia de Piccadilly Circus, circulaba mucha gente: jóvenes que recorrían el centro, parejas que salían de los restaurantes, una marea de cuerpos que avanzaban en diferentes direcciones. Encontró una zona de sex-shops. Eran tiendas con una cortina en la entrada. No lo dudó. Cruzó la puerta de uno de aquellos antros. El ambiente era mucho más inofensivo de lo que podría haber parecido desde fuera. «La imaginación supera la realidad», murmuró. Los enseres, ordenados en las estanterías, le recordaban una tienda de inocentes juguetes, que invitan a la diversión de los niños. «Al fin y al cabo -se dijo-, nada es demasiado distinto. Todos jugamos de formas casi idénticas.» Vio a unos hombres que se entretenían en la sección de películas porno. Una pareja discutía en voz baja, mientras seleccionaba los objetos para la noche. Ella quería un látigo de cuero; él prefería unas bolas chinas. Dos mujeres nórdicas, altas y rubias, de estructura ósea considerable, estaban escogiendo un vibrador. Las posibilidades de elección eran múltiples. Intuyó que les preocupaban las medidas del instrumento en cuestión. Querían que fuera de proporciones suficientes. Miró los instrumentos con curiosidad. La mayoría le provocaban un curioso rechazo. Eran trozos enormes de plástico duro. Se preguntó cómo podían excitarse ellas sólo con verlos; lo notaba en sus miradas.
Estaba a punto de salir cuando el vendedor le hizo una señal desde el mostrador. Era un hombre de color, que tenía la cara llena de arrugas, estriada. Le preguntó si no había encontrado algo que le gustara. Antonia contestó que no, gracias. No buscaba nada en concreto, sólo había querido echar una ojeada a los expositores. El otro la interrumpió con un ademán misterioso, como si quisiera contarle un secreto. Sin decir palabra, sacó de una caja un vibrador de metal. No era ni demasiado largo ni demasiado grueso. Cuando se lo tendió, Antonia lo tomó con la mano y el tacto no le resultó desagradable. El hombre le dijo que funcionaba con pilas y que llevaba conectado un mando a un cable. Así, en una mano el utensilio, en la otra el aparato que regulaba el ritmo. Tenía distintas velocidades, que podían ir alternándose. «Acércatelo a tu sexo -le dijo-. Juega con él y viajarás a las estrellas.»
No la convencieron las palabras, sino la expresión de su rostro. Había puesto los ojos en blanco, como quien dice una plegaria o está en éxtasis. Se dirigió a la salida, avergonzada. Sin proponérselo, miró hacia atrás para constatar que los demás no la observaban. Todo el mundo estaba demasiado entretenido con sus propias obsesiones. La sonrisa del vendedor le decía adiós desde el mostrador. Anduvo todavía un rato. Hacía un aire frío. Se subió el cuello del abrigo.