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– Lo puedo sentir.

Ignacio estaba lejos, pero el olor traspasaba distancias. Debía de llevarlo grabado en el cerebro. En el tren, donde se mezclaban los olores de muchos cuerpos, podía distinguirlo. No estaba en el aire, sino en sí misma, como una condena inevitable. Quería escaparse, pero las horas en el vagón sólo servían para aletargar la pena. La ayudaban a meterla en formol, como si fuera un cadáver que hubiera que conservar. Vivía su tristeza en un tren, en un recorrido absurdo sin final. «¿Dónde podré pararme? -se preguntaba-. Todos los lugares me resultan hostiles. Querría estar sentada siempre en un vagón, mantener la sensación de partida. Correr lejos, más lejos todavía. No pensar en nada. No tener que hablar con nadie. Observar cómo pasan de largo las calles y la gente, mientras la vida vuela.»

Se instaló en el hotel Ambassador, en la avenue Suede. Estaba muy cerca del mar. Para llegar tenía que cruzar un jardín con árboles. Aprovechó las mañanas soleadas de enero para captar la luz: aquellos rayos de sol indecisos que perseguía con afán. Eran escasos. Decidió quedarse algunos días. No fue como en Marsella, una sonámbula entre el ruido del tráfico; la superviviente que duerme y anda. Quería imaginarse allí, hacer un simulacro de permanencia. Pura mentira, porque había olfateado el aire desde la estación. Los aromas de Niza le prometían días suaves, pero no un puerto definitivo donde quedarse. «Todavía no», se repetía.

Estuvo aparentemente tranquila, aprovechando la calma que se respiraba. Se levantaba tarde, después de una noche insomne. Conciliaba el sueño cuando nacía el día. Dormía en un estado de inconsciencia poblada de pesadillas. Se pasaba las horas junto al mar. Si el día era frío, se abrochaba el abrigo hasta el cuello. No le importaba soportar el aire en el rostro, el viento en el cuerpo. En cualquier momento, una racha se la llevaría. Estaba segura. El vendaval decidiría su destino, el lugar donde podría vivir en paz. Era un consuelo imaginar que no le haría falta escogerlo, porque la naturaleza lo elegiría por ella. Sólo tendría que extender los brazos y dejarse llevar, como si fuera un pájaro.

Después de ocho días mal contados, volvió a la estación. Hay citas que son inevitables: tenía la impresión de que nunca dejaría las vías del tren. De vagón en vagón, observando rostros que sólo ocupaban un breve espacio de su vida. No retenía las facciones, ni hacía ningún esfuerzo por recordar conversación alguna; las conversaciones de los demás, porque ella siempre callaba. Genova es una ciudad alargada y estrecha situada junto al mar. Intuyó que allí se podría respirar, donde se junta el puerto con el porto Antico, cerca de un aquarium que no pensaba visitar. Las peceras constituían un mundo demasiado silencioso para una persona condenada al silencio. No podría haberlo soportado. Bajó a la estación de Brignole con un sentimiento de tregua. ¿Dónde estaban las plazas y los callejones italianos? La idea de recorrerlos le resultaba seductora. Algunos paseos y volver a irse no sabía hacia adonde. En la via 20 Settembre descubrió un hotel que se llamaba Belsoggiorno. Podía ser un buen augurio para aquel minúsculo futuro. La provisionalidad invita a vivir instantes muy breves, a creer que la vida no va más allá de esos momentos.

Fue a parar al cementerio Staglieno por casualidad. En el hotel oyó que alguien hablaba de ese lugar. Prestó atención mientras se decía que, en aquella ciudad, quizá el mundo de los muertos era más interesante que el de los vivos. Tenía que tomar el autobús número doce y bajar en la cuarta parada. Antes de llegar, había una calle de vendedores de flores. Estuvo a punto de comprar un ramo. Lo llevaría en las manos como si fuera una novia; lo dejaría en una tumba anónima. Desistió mientras atravesaba el portal amarillo. Al fondo, un camino bordeado de cipreses. En un espacio de tres kilómetros cuadrados, miles de esculturas y mausoleos.

El mármol de Carrara daba forma a las figuras de nobles, de armadores, de comerciantes y de burgueses. Había una bellísima mezcla de estilos. El impacto de la piedra la dejó sin habla. Vio representaciones de pensadores ilustres, mecenas generosos, médicos que atendieron a papas, un fraile que leía un libro de piedra con palabras escritas en latín, familias enteras que rodeaban la cama de un difunto. Capitanes de naves de guerra, embajadores y juristas se mezclaban con figuras alegóricas. Se detuvo delante de la imagen del caballero san Jorge, listo para luchar contra las garras del dragón. En el escudo, llevaba el emblema de Genova. Contempló la tumba de una mujer que había muerto embarazada. Se llamaba Luisa Oneto; provenía de una acaudalada familia de banqueros. Había nacido el día 7 de febrero de 1848. Tenía diecisiete años cuando la enterraron, cuando la transformaron en la escultura de una joven con una paloma muerta en la mano, una flor rota en el regazo.

Un poco más lejos, la figura de una vendedora ambulante. Vendía collares y pan dulce. Se llamaba Caterina Campodonica, la Paisanna. Había vivido en el centro histórico de la ciudad, en Portolia. La inscripción, escrita en dialecto genovés, no le resultó a Dana fácil de traducir. Decía que había soportado el viento, el sol y el agua cuando iba a vender pan, pero tenía dinero para hacerse una tumba como las de los burgueses; toda una vida de miseria con el objetivo de preparar su propio monumento funerario. Debía de haber ahorrado durante años, mientras el tiempo se le iba. Ahora permanecía quieta, transformada en mármol.

Empezó a llover. Las gotas caían en la tierra. El cielo era gris, pero la piedra tenía vetas claras. Encontró a un hombre que hacía de guía en el cementerio. Por unas monedas, le contó algunas anécdotas del lugar. Estaba orgulloso de la opulencia de los muertos, tan indiferentes a la pobreza en que él vivía. Le dijo que, en Genova, había más muertos que vivos. Dana pensó que en cualquier parte del mundo sucedía lo mismo, pero no quiso desilusionarle. Cuando le habló de los cinco camposantos, escuchó atenta. Había uno en el que, durante décadas, sólo enterraron a los suicidas. Era la gente que había querido marcharse para siempre, coger el último tren. No debía de ser malo ser capaz de decidirlo. Después de un itinerario sin rumbo, había llegado a Italia. En un cementerio que era un homenaje a la belleza, el mármol le hablaba de la muerte y de la vida. Aquella explosión de arte era un canto a los muertos, pero también era una invitación a vivir. Las esculturas consiguieron conmoverla. Lo que crean los hombres puede ser mucho mejor que los propios hombres.

Curiosa contradicción: en las calles, en la somnolencia del vagón, en los encuentros que rehuía, nada había servido para despertarla. Había vivido los días sin vivirlos. Las figuras de piedra le devolvían, en cambio, una curiosidad que había creído desaparecida para siempre. Pensó en el cementerio de los suicidas y se preguntó si quería descansar definitivamente. Era el momento de decidirse por el blanco o por el negro. La vida puede ser una moneda que se lanza al aire. No nos sirve optar por soluciones intermedias, porque la moneda nunca cae de canto. Viajar en tren le había servido para aplazar la necesidad de escoger. Con la mano, acarició la piedra. La percepción de su frialdad, que debía de parecerse a la de la muerte, le resultaba grata. Cuando Ignacio la abandonó, había deseado morirse. Habría pedido una muerte tranquila, irse sin aspavientos ni llantos, fundirse con la tierra de la isla. Aun así, huyó de Mallorca. ¿Marcharse había sido una forma de optar por la vida? No lo sabía. En Staglieno, se topaba de cara con lo que había querido obviar. La muerte y la vida estaban allí tan presentes que no le permitían continuar pasando de largo. Miró los rostros de las estatuas, las formas del cuerpo, los pliegues de la ropa. Lo decidió: iría a Roma y malviviría, entre la belleza que dejan siglos de vidas inútiles.

CUARTA PARTE

XX

El Trastevere es un buen refugio. Más allá del río, en la otra parte de la Roma monumental, que hace sentir minúsculos a los viajeros, hay un barrio de calles estrechas y viejos edificios. Es un lugar para perderse, un lugar donde la sombra de quienes andan se confunde con las sombras de las casas. Llegó un día de enero. Hacía frío. Llevaba un abrigo que arrastraba por el suelo sin darse cuenta; una cola de tela marrón que se hacía más oscura con el agua de los charcos, mezclada con el barro. Llevaba el pelo todavía mojado por la lluvia, aquella lluvia que ya no cae, pero que deja el cielo gris. Tenía las facciones del rostro endurecidas por el frío y por los días vividos de ciudad en ciudad.