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Volver a sonreír le hacía percibir los gestos: el rictus de los labios curvándose, los ojos que recuperan el brillo. No es fácil recobrar la espontaneidad de una sonrisa, cuando la habíamos horrado de la memoria. Habían pasado meses.

Como un hecho natural que no se busca, sino que aparece en el momento oportuno, sentía una ligera alegría, casi imperceptible, que permite que los músculos del rostro se relajen, al tiempo que pierden la rigidez que transforma la cara en una mueca. Al darse cuenta, se sorprendió. Miró a Matilde. Supo que ella se había dado cuenta de que su vida era distinta; habían creado un tejido de complicidades lo suficientemente intensas como para que pudiera entenderlo.

Fueron a la piazza Campo dei Fiori. Matilde se puso una falda plisada, que ondeaba con sus movimientos. Llevaba un jersey verde, que anunciaba la primavera lejana. Los zapatos, con puntera y tacones, la levantaban algunos centímetros del suelo. Dana se vistió con unos pantalones anchos, un jersey grueso. Se recogió los cabellos en una cola. Los rostros de las dos mujeres no se parecían en nada. Las facciones eran distintas, pero también las expresiones que reflejaban. Cada una representaba un juego de colores: en Dana, todo era pálido, etéreo; las ojeras y las mejillas hablaban de días en oscuras habitaciones. Matilde hacía pensar en un pintor que había jugado con los colores de la paleta en su cara: la boca pintada de un rosa brillante, los ojos con sombras violáceas, las marcas del colorete… parecía una muñeca feliz. La otra era el retrato de una Madonna dolorosa. Contrastaban de una forma absoluta.

Había una fuente redonda, con un pequeño surtidor. Los edificios que rodeaban la plaza eran de color tierra, como si los hubiera pintado una lluvia de barro que hubiera quedado retenida en las fachadas. En un lado de la plaza, había un mercado de verduras. En el otro, uno de flores. Montañas de flores ante sus ojos. Era una fiesta de rosas. Matilde colmó sus brazos de ramos multicolores. Dana la observaba con la sonrisa recuperada, aquel gesto de los labios que había imaginado perdido para siempre. Vivía una sensación inexplicable de retorno. ¿De dónde volvía? ¿De qué lugares remotos y difíciles? No lo sabía. En la Tasca del Campo, un largo mostrador se abría a la plaza. Sobre él se alineaban las botellas. En el suelo, tinajas de madera llenas de cacahuetes. La gente los cogía, abría las cáscaras con los dientes y las tiraba al suelo. Se había formado una alfombra de una tonalidad arenosa. Matilde, con un vaso de vino tinto en la mano, hablaba, contenta:

– ¿Lo ves? Roma es una ciudad de plazas. Una serie de plazas, una tras otra, unidas por calles estrechas. Me gusta esa sensación. Cuando llegué de Palma, me costó descubrirlo. Me preguntaba si sería capaz de vivir aquí.

– ¿Viniste de paso?

– Llegué en un viaje organizado. Éramos un grupo de turistas que partimos en autocar, para una larga ruta. No conocía a nadie del grupo. En realidad, no quería ir. Acababa de perder a mi tercer marido, y no estaba para alegrías. Fue idea de María.

– ¿Quién es María?

– Una amiga de siempre. Trabaja en un mercado. Se casó con un hombre que tenía un puesto de verduras. Quizá por esa razón decidió que tenía que hacer el viaje. Intuía que me podría gustar: Roma también es una ciudad de mercados.

– ¿Mantenéis el contacto?

– Sí. Nos llamamos de vez en cuando. A veces nos escribimos alguna carta. María ha tenido suerte. Está satisfecha con la vida que le ha tocado vivir, cosa que tiene mucho mérito.

– ¿Es una mujer resignada?

– No lo creo. Valora lo que tiene. Me compró el pasaje y no me dejó ninguna alternativa. Me preguntaba qué estaba haciendo yo, en aquel autocar. Me sentía imbécil, rodeada de parejas, gente que no tenía nada que ver conmigo. Hicimos las excursiones típicas. Recorrimos la Roma de los monumentos y las piedras.

– ¿Te gustó?

– Mucho. Me gustó aquella magnificencia, la explosión del arte. La ciudad me impresionó, pero no lo suficiente como para decidir vivir en ella, claro.

– ¿Cuándo lo decidiste?

– El último día. Sin darme cuenta, me separé del resto del grupo. Me perdí por las calles y descubrí las plazas. La caminata duró horas. Pasé de la curiosidad a la sorpresa, y de ésta a la fascinación absoluta. Fue como enamorarse. ¿Quién se hubiera imaginado que me enamoraría de una ciudad, cuando creía que ya nada me podía seducir?

– ¿Y te instalaste en la pensión?

– Sí. Al principio, pensaba que era una situación transitoria. Me quedaría una temporada y regresaría a casa.

– ¿A la vida de antes?

– La vida de antes ya no existía. Después de tres maridos, ¿qué me quedaba? Me lo preguntaba a menudo, pero la respuesta era triste. Aunque siempre he tenido un carácter alegre, me costaba recuperarme de las desgracias. Ponía el corazón en el amor. Tú lo puedes entender.

– Creo que sí. -La miró con fijeza. Tenían la confianza que dan las palabras dichas, lo que está contado y no hace falta repetir. Eran cómplices.

– Poco a poco, la atracción por la ciudad dio paso a un amor más profundo. ¿Cómo podría describirlo? Aquel deslumbramiento inicial no desapareció. Apagados los primeros rayos de entusiasmo, comprendí que había encontrado un lugar para vivir.

– Es curioso: yo tuve la misma sensación al pisar el Trastevere.

– Era una mujer herida que encontraba consuelo en las calles de una ciudad. Comprendí que, a veces, lo que nos ha parecido un paréntesis puede ser el inicio de un nuevo camino. La vida en la pensión era una forma de no recluirme en mí misma. Me gustaba la gente que encontraba. Conversar, compartir una mesa en el comedor. Me gustaba saber que cada encuentro era breve, que tenía fecha de caducidad. La gente no podía hacerme daño, porque nadie se quedaba demasiados días. Era una suerte.

– Yo también soy una mujer herida.

– Tú eres joven. Tienes toda una vida por delante en Roma, además de mi amistad. ¿Te parece poco?

– Me parece un regalo. Gracias.

– ¿Gracias? Ya me las darás cuando hayas visto la pintura que quiero enseñarte.

– ¿No volvemos a la pensión?

– De ninguna manera. Ahora le toca a Caravaggio.

Andaban de prisa. Matilde delante, con una mano en el brazo de Dana, que iba unos pasos atrás. Una hacía de guía; la otra se dejaba llevar por las calles de Roma. En la via della Scrofa está la iglesia de San Luigi dei Francesi. En una de las capillas laterales hay tres obras de Caravaggio sobre la conversión de san Mateo. Hay pinturas que cuentan una historia; mirarlas es como recorrer con los ojos las páginas de un libro. Encontramos en ellas movimientos y personajes, sentimientos que se insinúan en una mirada, gestos que nos hacen pensar en frases dichas, en palabras por decir. El pintor era capaz de utilizar la luz como si estuviera en un teatro: un foco de luz iluminando al personaje principal. La primera pintura, situada a la izquierda, representa una taberna, un tugurio donde sólo se distingue con nitidez la figura de Mateo, el recaudador de impuestos que mira con avaricia las monedas que ha ido amontonando. Jesús entra por la puerta y le señala; se ha obrado el prodigio. Él deja la riqueza para seguir al hombre de los pies descalzos.

El cuadro central es la figura de Mateo en una actitud humilde. Parece a punto de caerse del banco donde está sentado; va descalzo. Se concentra en la tarea mientras un ángel le enseña a escribir. Por último, a la derecha, el cuadro que fascinaba a Matilde. La escena tendría que representar el martirio del santo, pero el pintor jugó con la composición. Alteró el significado de las imágenes. Reconvirtió la historia en un asesinato en la calle. Mucho más simple, pero mucho más humano. La luz ilumina la espalda del asesino y el cuerpo del hombre caído en el suelo, que intenta inútilmente detener la espada del otro. La gente huye. Un niño anónimo corre, asustado. El mismo pintor se incorpora a la historia. Escapa también de la muerte.