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Durante su periplo por Europa, aprendió a valorar el arte de cerca. Las grandes pinturas no constituían un referente lejano que podía encontrar en los libros, sino momentos de su propia existencia en que había quedado cautivado por un cuadro. Significaban la contemplación y el descubrimiento. La fascinación por el arte condicionaba sus actos. Sin darse cuenta, vivió un proceso que le permitía observar de forma diferente el mundo.

Tenía aspecto de bohemio algo desaliñado, lo que le proporcionaba un aire atractivo. Nada era casual ni fortuito: la ropa que llevaba estaba hecha a medida por un sastre siciliano que se había instalado en Roma en su juventud y que ya había trabajado para su familia. Llevaba un reloj de marca y zapatos de cuero cosidos a mano. Los rizos le enmarcaban el rostro a menudo serio, pero que se iluminaba cuando reía. Las facciones eran pronunciadas y el óvalo de la cara bien dibujado. Pese a su gesto formal, tenía un aire de picardía cu la mirada. Creció rodeado de una mezcla de normas rígidas que le imponía un padre exigente, y de una permisividad que le recordaba que era un privilegiado de la fortuna. El negocio familiar, próspero durante generaciones, era una garantía de vida confortable. Su apellido, respetado en la ciudad, le abría las puertas de sólidas influencias. Se llamaba Gabriele Piletti: tenía el cerebro de los ejecutivos y la sensibilidad de los artistas, una combinación explosiva que podía causarle algún problema. Aunque se esforzaba en mantener la cabeza fría para los negocios, la pasión solía jugarle malas pasadas.

De aquella época de trotamundos le quedó el entusiasmo por los viajes. Su profesión le daba la oportunidad de viajar a menudo, a la búsqueda de un objeto que perseguía durante meses. Participaba en las mejores subastas y tenía tratos con anticuarios del resto de Europa. Le gustaba arriesgar en las apuestas, no se dejaba vencer por los obstáculos. Cuando le interesaba una pieza, era capaz de actuar con terquedad en su esfuerzo por encontrarla. No escatimaba el tiempo ni la voluntad. Aunque actuaba siguiendo los impulsos de la intuición, podía parecer gélido a la hora de hacer un importante pedido. Se comportaba como si no fuera un asunto de su incumbencia; reprimía las emociones en el momento de cerrar un negocio. Luego celebraba con champán francés el éxito de la operación, y se podía pasar horas contemplando la obra que había adquirido.

La via dei Coronari es la calle de los anticuarios. Los edificios tienen las persianas viejas y las fachadas de un gris plomizo. El color ceniciento se rompe, de vez en cuando, con el verde de las plantas que los romanos sacan al exterior. Es un espacio de palacios con rejas y oscuras entradas. Las tiendas de antigüedades ocupan ambos lados de la calle. Las hay que son pequeños antros donde se amontonan los objetos. Otras son espacios más amplios, que permiten una visión global de las piezas expuestas. En el número doscientos veintiuno está la que pertenece a la familia Piletti. Se llama L'Art Nouveau. A Dana le gustaba pasearse por allí. Se había aficionado a recorrer las calles de Roma, contagiada por el entusiasmo de Matilde, convencida de que tenía un universo por descubrir. Superadas las semanas de reclusión inicial, sentía una necesidad urgente de respirar. Le encantaba perderse por los callejones, descubrir las plazas romanas, auténticos reductos de paz junto al caos. A pocos metros de las zonas más visitadas por los turistas, había espacios casi despoblados. Era un curioso contraste, que le fascinaba. Roma era el destino de millones de visitantes que acudían a pasar unos días, y nada podía distraerlos de las rutas por la ciudad monumental. Las plazas y los callejones se olvidaban por la prisa de quienes tenían que recorrerla en una jornada. Ésa era la razón: a una distancia breve cohabitaban dos mundos diferentes. Uno era ruidoso, caótico; el otro, un oasis para explorarlo, una caja de sorpresas.

A menudo se paraba delante del escaparate de L'Art Nouveau. Había expuestos tres cuadros que se habría llevado en cuanto los vio. Fue un flechazo a primera vista. Esa sensación que tenemos al encontrar un objeto que, sin querer, ya consideramos nuestro, únicamente por el entusiasmo que nos produce. Eran de Mary Golay, una pintora inglesa de principios del siglo XX. Había sensualidad en los colores de las telas; toda la fuerza que Dana habría querido recuperar. Representaban las estaciones: la primavera, el verano y el otoño. Faltaba el invierno, una casualidad que le pareció un buen augurio. En el transcurso de su tiempo romano, cuando todavía helaba por la noche, había descubierto una obra incompleta, sin invierno. Iba a verla casi a diario.

Los cuadros eran rectangulares. Cada uno representaba una figura femenina. La mujer del otoño iba vestida de amarillo. Sobre un fondo verde, dos girasoles envolvían su cuerpo: uno a la altura de la cintura, el otro cerca de sus cabellos dorados. La mujer de la primavera tenía los cabellos de color azabache recogidos en la nuca. Levantaba el brazo izquierdo en un arco y doblaba el derecho hasta el pecho. Se la veía rodeada por una explosión de flores blancas. La mujer del verano tenía los cabellos de fuego y a su alrededor flores rojas. Tocaba una lira. Las tres iban vestidas con túnicas que subrayaban las formas de sus cuerpos, la sensualidad que nace de un gesto fortuito.

La casualidad mueve a las personas. Favorece sus encuentros, pero también los desencuentros. Encontrarse puede ser fruto del azar, de la coincidencia en un instante y un lugar. No encontrarse también puede ser el resultado de una simple falta de sincronía. Hay desajustes minúsculos que nos cambian la existencia. La situación era parecida a la de sus encuentros con Ignacio, aun cuando había una diferencia importante: Ignacio y ella se habían visto muchas veces, antes de mirarse de verdad. Cada uno conocía el nombre del otro. Habían oído historias el uno del otro, porque Palma era un nido de chismorreos. Habían oído relatos verídicos y otros inventados, que sólo eran ciertos porque sus conocidos les daban la categoría de verosímiles, pero que nunca habían sucedido.

Dana era una recién llegada a Roma. No sabía quiénes eran los Piletti. ¿Cuántas veces había entrado él en la tienda, en el momento que ella abandonaba el escaparate? Todavía se recortaba su figura en el cristal, cuando el hombre aparecía con el pensamiento en otra parte. En alguna ocasión se habían cruzado: ella con la mirada perdida en un edificio; él concentrado en su último hallazgo. Un día ventoso de marzo, se pararon a mirar una misma fachada. Se hallaban a pocos metros de distancia. Entre los dos, un grupo de gente que los separaba. Ni se vieron.

Una tarde, ella se atrevió a cruzar la puerta. Aunque se imaginaba que no se podría permitir aquel deseo, quería saber el precio de los cuadros. Gabriele no estaba. La atendió un dependiente amable a quien no hizo perder demasiado tiempo. Salió con un sentimiento de imposibilidad que la entristecía. Todavía vivía de sus ahorros. Hacía meses que no trabajaba y la vida no era fácil en Roma. No se podía permitir caprichos cuando no sabía si encontraría trabajo en un plazo breve de tiempo. Calculaba los gastos mensuales con una precisión milimétrica. Destinaba dinero a lo que le era imprescindible para sobrevivir: el alquiler de la habitación, la comida, algún libro y música. Un ramo de flores del Campo dei Fiori. Poca cosa más. No tenía grandes ilusiones, porque su capacidad de desear parecía adormecida. La única excepción eran los cuadros. Al mirarlos tenía la impresión de regresar a la vida. Le habría costado describirlo. Como su principal distracción era andar por las calles de Roma, no gastaba nada en espectáculos o restaurantes. Usaba la ropa que había aprendido a amoldar a su piel, que le era cómoda: faldas largas, pantalones anchos. De vez en cuando, invitaba a Matilde a tomar un capuchino, o compraba una botella de vino. En la mesa, las dos propiciaban que la bebida prolongara la conversación. Se recogía los cabellos en una cola. Se duchaba y se vestía. Una ojeada rápida al espejo le permitía comprobar que las facciones estaban recuperando el tono de antes, que el aire le hacía efecto. Si estaba de buen humor, se dibujaba una raya negra en los ojos. Hacía meses que había renunciado al colorete y a los pintalabios. Tenía la sensación de que le hacían parecer enferma, acentuando la palidez con un toque de artificiosidad robada. Matilde le criticaba aquella falta de interés por su aspecto. Ella, que se pasaba horas en el baño, experta en iluminarse el rostro con los colores más vivos, no la en tendía. Le preguntaba cómo podía ocultar los cabellos a la mirada de los demás, por qué escondía el cuerpo con vestidos sin forma alguna. Dana la escuchaba con la sonrisa recuperada, que todavía tenía rastros de fatiga, pero que ya no parecía extraña en su rostro. «¿Si alguien me preguntara a qué me dedico, si algún viejo amigo quisiera saber qué se ha hecho de la periodista trabajadora que conoció, qué podría decirle? -se preguntaba-. Tendría que contarle que he hecho un viaje muy largo, que he vivido días de lluvia. No sería fácil decir que vivo en Roma, que me he enamorado de unos cuadros, que sólo sé caminar. Andar y andar, como si me fuera la vida en ello, como si todavía creyera que puedo huir de un lugar a otro. Mi existencia es un largo paseo que interrumpo para dormir y comer, cuestiones de supervivencia física, y para hablar con Matilde, necesidades del corazón.»