Gabriele guardaba un cofre en casa, oculto en la caja fuerte del gran salón. Detrás de un cuadro que representaba a su abuelo en sus mejores tiempos, había un panel metálico que se abría con una combinación secreta. Contenía los certificados de autenticidad de obras selectas, las escrituras de propiedad de las tiendas y del patrimonio de la familia, las joyas y el dinero, y aquel cofre que nunca había abierto. Era de plata, con una combinación de dibujos geométricos, y se cerraba con tres cerrojos. Cada uno tenía que abrirse con una llave distinta. Las llaves eran de igual medida, pero de forma muy diferente. Las guardaba en una bolsa de terciopelo, cerca del cofre. Hacía años que no pensaba en él. A veces, cuando tenía que abrir la caja fuerte, lo rozaba con sus manos. Se detenía, recordando las palabras del abuelo.
Como era parco en palabras, el abuelo no quería perder demasiado tiempo. Las emociones le resultaban incómodas. Reservaba toda su capacidad de conmoverse para el arte. En la vida, siempre se contenía. Había aprendido a no manifestar sus sentimientos porque le parecían un exceso impropio de la gente educada. Aun así, nadie ignoraba que tenía una obsesión especial por Gabriele. El nieto, al que consideraba una copia mejorada de sí mismo, le inspiraba toda la ternura, una complicidad que no hacía falta expresar con palabras. Por el hijo, en cambio, no había sentido más que un aprecio forzado. Hay afectos que surgen de la voluntad, del deseo de cumplir con un deber; hay otros que son fruto de un lazo más profundo que los vínculos de parentesco. Tenía la satisfacción de sentirse reflejado en un rostro más joven, de ver cómo su curiosidad por la vida se perpetuaba en el nieto. El hijo había vivido siempre el mundo de las antigüedades como un negocio. Una forma como cualquier otra de situarse en la vida. Gabriele, en cambio, tenía una pasión idéntica a la suya. Aquella proyección le hacía menos terrible la idea de la muerte. Tenía la certeza de que, cuando él ya no estuviera, el mundo que adoraba continuaría.
Le llamó a su despacho. Nunca había sido muy paciente, pero esa vez, pese al desasosiego que sentía cuando había un tema que quería resolver, no perdió la calma. Gabriele apareció con aquella sonrisa que le transformaba la cara y que al abuelo le recordaba al adolescente que hacía mil preguntas, deseoso de saber. Antes de empezar a hablar, se miraron. El hombre mayor, admirado ante la energía que desprendía el joven; el otro, sorprendido porque descubría la decrepitud. La adivinaba aun sin quererlo, con un punto de tristeza que se apresuró a disimular. Observó cómo se movía: el temblor de sus manos, el aspecto cansado, la mirada perdida. Su abuelo le dijo:
– Gabriele, te he pedido que vinieras porque tenemos una conversación pendiente.
– ¿Una conversación? -Se esforzó por alegrar aquel ambiente enrarecido-. Tú y yo siempre tendremos muchas cosas que decirnos. Sabes que me encanta que hablemos.
– Sí, lo sé. Pero ahora no me refiero a temas banales. Hay algo concreto que tengo que contarte. Lo he ido aplazando sin darme cuenta. Siempre pensaba que habría tiempo.
– Claro, abuelo. Tenemos todo el tiempo del mundo.
– No, ya no. Tengo una fecha de caducidad. No somos como el arte que sobrevive siempre. Es una lástima, pero lo tenemos que aceptar.
– Tendrás una larga vida. ¿Qué haríamos sin ti? -Era el tono de dolor de un adulto mezclado con la ingenuidad de un niño, incapaz de ver desaparecer a aquellos a quien quiere.
– Vivir. Pero de ningún modo he pretendido hablarte de mi muerte. Quería enseñarte este cofre. Míralo.
– Es una buena pieza, bella y sólida. ¿Qué contiene?
– Sí, es un buen envoltorio para proteger lo que esconde. Quiero regalártelo, pero no tienes que abrirlo hasta que llegue el momento.
– ¿De dónde ha salido?
– Hace tiempo que me pertenece. Mejor dicho, lo traje desde muy lejos y fue de tu abuela. Tienes que guardarlo con cuidado, hasta que encuentres a una mujer que te robe el corazón.
– Sabes que tengo un corazón débil, que se deja robar con facilidad -intentó bromear.
– Quiero decir a una mujer a la que ames más que a nadie en el mundo, más que a ti mismo. Cuando la encuentres, te darás cuenta. Quiero que le regales el cofre. Tendrá que abrirlo y lo que guarda será para ella.
– ¿Para ella?
– Sí. Antes fue de tu abuela.
– Pero si fue de la abuela, ¿no crees que tendría que ser entonces para mi madre?
– De ninguna manera. -Se endurecieron sus facciones.
– No te entiendo.
– La razón es sencilla. Tu padre no encontró a una mujer que le robara el corazón; se casó por inercia, porque tenía que hacerlo.
– ¿Estás seguro?
– Sí, estoy seguro. No es culpa de tu madre. Es tu padre quien no sabe querer. Hay personas que aman como viven: con mezquindad.
– Eres duro juzgándole.
– Digo la verdad, y los dos lo sabemos. Hay cosas que nos cuesta decirlas, pero que son ciertas. Tu padre no sabe lo que es enamorarse. ¿Qué quieres que haga? El se lo ha perdido. Toma, aquí está el cofre. Recuérdalo siempre: dáselo a la mujer que te enamore. Espera el tiempo que haga falta, hasta que estés realmente seguro.
– ¿Cómo sabré quién es ella?
– Lo adivinarás, como hice yo cuando conocí a tu abuela. Lo sabrás con una certeza que casi te hará daño. No hablemos más de ello. Dime: ¿cómo fue la última subasta? ¿Conseguiste el jarrón japonés que querías comprar?
Una mañana, Dana se despertó de buen humor. Las calles de Roma le habían calmado la ansiedad. Los paseos le habían devuelto la calma. Era una sensación que le resultaba extraña, como si hubiera salido el sol tras muchos días grises. Quiso aprovechar aquel impulso que intuía todavía débil. Se vistió con más esmero. Buscó entre la ropa del armario hasta que encontró un vestido azul. Salió dispuesta a encontrar trabajo. No fue sencillo. Tuvo que recorrer muchos lugares de la ciudad. Recortaba los anuncios de los periódicos que solicitaban a alguien para un puesto de trabajo, llamaba a los teléfonos que aparecían, concertaba entrevistas. Había recobrado la fluidez de las palabras, la capacidad de contar quién era y qué buscaba. Fotocopiaba su curriculum, lo enviaba a las direcciones pertinentes. Antes le habría resultado imposible. Volvía cansada, con una sensación de derrota que se esforzaba por vencer. Matilde la esperaba en el rellano de la escalera, un hilo de esperanza en el fondo de sus ojos. Cuando la veía abatida no se decían nada. Pasaban al comedor y tomaban una taza de café. A la mañana siguiente, Dana volvía a la calle. Ya no tenían sentido los paseos sin meta ni final. Se habían acabado las horas destinadas sólo a la necesidad de recorrer cada palmo de la ciudad.