Encontró trabajo en la Librería Española, en la piazza Navona, frente a la iglesia de Santa Agnese. Era una sala rectangular, no muy grande, con una escalera que conducía al piso inferior. Trabajaba a pocos metros de la fuente de Bernini que representa los cuatro grandes ríos. En la casa vecina estaba la sede del Instituto Cervantes, donde se organizaban actos literarios. Desde la librería, colaboraba en la preparación de conferencias, de recitales poéticos, de lecturas. Era uno de los lugares más bellos de la ciudad, todos los edificios con las fachadas pintadas de rosa, de amarillo, de naranja. Había pintores en la calle y músicos que tocaban sus instrumentos. Por allí se paseaban los turistas. A mano derecha, al salir del trabajo, un quiosco de prensa. No mucho más lejos, el Caffé Barocco, donde todas las mañanas soleadas se bebía un zumo de fruta. La existencia parecía recuperar un aire de normalidad que le gustaba. No pedía mucho más: la placidez de una conversación, trabajar a gusto, levantarse con ganas de vivir. Tenía bastante con la sensación de que había recuperado el dominio de su mundo, de que había sabido reconstruirlo. La calle de los anticuarios no quedaba lejos. Cuando regresaba a la pensión, a menudo se acercaba a mirar los cuadros. Se preguntaba cuántos días más tendría la suerte de encontrarlos en aquel escaparate.
XXII
Sus dedos eran las piernas de las marionetas; el resto, un trozo de tela y un rostro de cartulina. Cuando sonaba la música, movía las manos con una agilidad prodigiosa, siguiendo ritmos bailables. Daba la impresión de que los movimientos eran reales en unos cuerpos que él mismo se inventaba. Se sentía el rey de los polichinelas. Cuando se acababa la canción, los personajes se dormían en un estuche. Sacaba otros que retomaban los pasos con idéntica gracia, dotados de una agilidad que nunca flaqueaba. Era el hombre de la camisa amarilla, de la piazza Navona. Si hacía sol, instalaba el teatro de las marionetas danzarinas. A su alrededor se formaba un círculo. Los peatones se paraban a contemplarlo. Quieto el cuerpo, los dedos no dejaban de moverse sobre el pequeño escenario. No sonreía, absorto en su propia representación, como si fuera un espectador más.
Le descubrió cuando hacía poco que trabajaba en la Librería Española. Se acercaba con curiosidad. Serían las marionetas: seguir sus movimientos la distraía. Hay momentos mágicos que nos invitan a volar. Notaba como si emprendiera el vuelo. Era un sentimiento agradable que la ponía de buen humor. El hombre llegó a formar parte del paisaje de aquella plaza. Si llovía, se iba. Recogía los bártulos en pocos minutos y desaparecía. No dejaba rastro de su presencia luminosa. La camisa amarilla se perdía tras una nube. Se estableció una curiosa complicidad entre ambos. Nunca se hablaban. Ignoraban sus nombres, dónde vivían. El movimiento de los dedos se volvía más ágil al verla. El rostro no se alteraba, pero las manos le daban la bienvenida. Le sonreían. Ella le correspondía con una inclinación de la cabeza, casi imperceptible. Se paraba unos minutos, mientras notaba la mirada del hombre. Sin despedidas pero con el ánimo alegre, se iba a trabajar. Intuía que la seguía con la mirada hasta que cruzaba la plaza.
No tenía demasiadas relaciones en la ciudad. Matilde, los dos compañeros de la librería, con quienes mantenía un vínculo de trabajo, y el hombre de la camisa amarilla. «Curiosos compañeros», pensaba alguna vez. Los huéspedes de la pensión eran conocidos ocasionales que siempre estaban de paso. Saberlo la liberaba de tomarles afecto. En cambio, conversar podía aligerar la soledad en un momento concreto; ese sentimiento incómodo que las palabras amables suavizan. Solían ser charlas breves, que le recordaban que el mundo continuaba más allá de las calles romanas. Las relaciones con sus amigos de Palma habían ido reduciéndose. Desde que vivía en Roma, se resumían en llamadas de vez en cuando. Prefería algunos minutos de teléfono en lugar de las cartas. En los mensajes escritos habría transmitido muestras de su estado de ánimo. Lo habría hecho con inexactitud e imprecisión. Pretendía mantenerlos en secreto. ¿Cómo se encuentran las palabras justas para describir las sonrisas recuperadas? ¿Y la tristeza de un día nublado, cuando el hombre de la piazza Navona no acudía a la cita? ¿Y la alegría de volver a ver unos cuadros en un escaparate? La existencia del presente era una sucesión de instantes que vivía sin querer contarlos. Lo había construido tras muchas ausencias, sobre todo, su propia ausencia mientras andaba por el mundo sin existir.
Algunos sábados iba a la via dei Fienaroli, al Bibli. A menudo la acompañaba Matilde. A veces, acudía sola. Era una librería-café, un lugar donde se encontraba cómoda. Había una serie de salas comunicadas entre sí. No eran excesivamente grandes, y el ambiente resultaba cálido. Tampoco eran demasiado pequeñas, para que pudieran reunirse grupos de gente diversa. En el suelo, viejas alfombras indias que trazaban dibujos geométricos. Los azulejos eran de un verde esmeralda que recordaba el mar; los techos eran de madera. En una terraza cubierta, luminosa, estaban ordenadas unas mesas blancas. El aroma de la comida llegaba hasta la sala de actos: fragancias de tortas que se mezclaban con los olores que desprenden los libros cuando los han leído. De una pared, que servía de tablón de anuncios, colgaban centenares de papeles con mensajes: había quienes ofrecían clases particulares, traducciones, unos garitos, ropa usada, joyas que fueron de la abuela, pisos para compartir; había quienes pedían el título de un libro extranjero, intercambio de conversaciones en italiano, clases de cocina, especias de Oriente. Dana se paraba a leerlos. El expositor le recordaba el pizarrón de un aula imaginaria donde la gente podía escribir lo que buscaba y lo que tenía para ofrecer a los demás. No había tiza, que se borra con facilidad, sino papeles de colores escritos con todas las caligrafías imaginables, papelitos huidizos como su pensamiento, cuando los recuerdos empezaban a perder intensidad. Desdibujadas las imágenes, todo era menos doloroso.
En aquel café lleno de libros conoció a Gabriele. Era un sábado lluvioso. Como hacía frío, Matilde había optado por no moverse de la habitación. Dana se puso un abrigo, y se lió una bufanda de lana. Anduvo por las calles poco transitadas. Se sentó en una silla cerca de la ventana. Pidió un trozo de pastel y una infusión. Se concentró en las páginas de un libro de viajes que le hablaba de países remotos, de lugares inexplorados. A una mesa cercana estaba sentado Gabriele. Había quedado con un grupo de amigos para ir a cenar. Era un encuentro de viejos conocidos de la facultad que le daba una cierta pereza. Tras los estudios, sus vidas habían seguido caminos diferentes. Si no hubieran insistido tanto, habría optado por no ir. Siempre había creído que hay viejos lazos que no tienen razón de ser: hay que cortarlos antes de que nos demos cuenta de que ya nada nos vincula a ellos, ni siquiera un amable recuerdo. Como no le apetecía mucho acudir a la cita, llegó antes de la hora prevista. Era una actitud que le caracterizaba: si una cosa le resultaba poco atractiva, tenía prisa por terminarla. Le dominaba la falsa percepción de que, adelantando el reloj, acortaría la duración de ciertos encuentros. Estaba impaciente, con ganas de marcharse, hasta que vio a Dana.