Выбрать главу

La historia con Gabriele siguió caminos más dudosos. Tras la noche en la ópera, se vieron a menudo. Se encontraban para ir a cenar o al cine, o paseaban por los jardines de la ciudad. Él comprendió que debía actuar con cautela. Si se precipitaba, ella desaparecería de su vida. Lo entendió antes de que le hablara de Ignacio. Se dio cuenta de que era una mujer llena de miedos. A la vez, en una contradicción que le fascinaba, no había conocido nunca a nadie con su fuerza. Tenía la impresión de que había encontrado un hilo de oro: si tiraba de él demasiado, podía romperlo. Tenía que ir desovillándolo con cuidado. Vivían una relación de avances y retrocesos. Había días de sol, semanas lluviosas. Él aprendió a ser paciente, a no manifestar prisa. Se iba ganando su confianza despacio, con una perseverancia que la conmovía.

Las reservas que condicionaban su relación con Gabriele desaparecían cuando hablaba de la plaza. Antiguamente, había una fuente de bronce en forma de piña. Ocupaba un espacio central en un templo dedicado a Isis, la diosa triste. El lugar donde iba a vivir la sedujo. Isis era la esposa abandonada por Osiris, al que buscó largamente por las rutas de levante. La fuente ya no estaba. Hacía tiempo que había sido trasladada al museo del Vaticano. Estaba convencida de que perduraba el rastro de la mujer-diosa. Podía captar la magia en la luminosidad, en la piedra. Estaba contenta de haber sabido escoger. La mudanza fue sencilla, porque colaboraron Matilde y Gabriele. Cuando se trasladó, el piso estaba casi vacío. Apenas acababan de pintar las paredes de un blanco luminoso. Disponía de los pocos muebles que había comprado. No quería escogerlos apresuradamente. Habría tiempo para elegir el resto cuando viviera allí. Cada nuevo objeto tenía que formar parte de la vida que estrenaba.

Era sábado por la mañana. Unos operarios llenaron la furgoneta con sus pertenencias. Los libros, la ropa, las fotografías, un mueble de madera, que le había regalado Matilde. Compró toallas de algodón, sábanas de hilo. Una colcha que le recordaba las de ganchillo de Mallorca. Copas de cristal y platos con una guirnalda de flores. Era como si hubiera preparado un pequeño ajuar para una mujer sola. Había jabón perfumado, estanterías de madera, cajas sin abrir. No obstante, estaba lejos de dar sensación de anarquía, porque a ella le gustaba el orden. Pasó el fin de semana arreglándolo todo, con la sensación de ir ganando terreno al vacío. Trabajaba hasta la noche, con una intensidad que era la consecuencia de su despertar a la vida. Al atardecer, Gabriele iba para echarle una mano. Cenaban un plato de pasta en el restaurante de la esquina. Cuando hablaban, él se dejaba contagiar por su entusiasmo. La mirada de Dana no tenía nada que ver con aquellos ojos tristes que descubrieron el Trastevere. Había recobrado la vida perdida, en un proceso que ella misma no habría sabido describir. Mientras compartían la comida y el vino, se propuso hacer tabla rasa del pasado.

Recorría la via del Gesú, hasta la piazza della Minerva. Tenía que pasar por la calle que da al Panteón. A la izquierda, estaba la librería. Era un camino corto, un paseo desde el piso al trabajo. La distancia le permitía entretenerse en sus pensamientos, observar a la gente. El primer lunes, después del traslado, fue a buscar al hombre de la camisa amarilla. Tenía ganas de contarle que había encontrado una casa llena de luz, que estaba contenta. Le halló concentrado en el movimiento de sus manos, transformadas en marionetas. La música marcaba ritmos de fiesta, divertidos. Se quedó de pie frente a él, mientras le observaba. Había llegado a aprenderse de memoria los movimientos que hacía. Conocía muy bien el contraste entre la agilidad de los dedos y la rigidez del rostro. Estaba segura de que se alegraría cuando pudiera decirle que vivía en una plaza. Le miró fijamente, decidida a esperar cualquier instante de distracción para hablarle. La dominaba la impaciencia. No pasó mucho tiempo hasta que se acabó la canción. En la pausa, levantó los ojos. Se miraron. Habría querido decirle muchas cosas, agradecerle su compañía.

Nunca se habían dicho nada. Lo pensó, cuando estaba a punto de pronunciar una frase que en seguida olvidó. Ni siquiera sabía su nombre, ¿cómo podía hacerle cómplice de su vida? Le había intuido muy próximo. Ahora se preguntaba si le había imaginado, si había sido una invención de la mente que no se resignaba a la soledad. ¿Habían existido los gestos compartidos, las miradas que acercan sin palabras? Lo dudó, mientras se imponía el miedo al ridículo. Era un simple titiritero de calle. Tenía gracia y nada más. Quién sabe adonde iba y de dónde venía. Como ella misma, quizá había recorrido caminos inciertos. Debía de llevar a la espalda el peso de la vida vivida. Todo eso que no compartimos con desconocidos. Le miró de nuevo, insegura. Si le hablaba, podría reaccionar con extrañeza; interpretar mal el gesto de aproximación, que había estado a punto de esbozar. «No es nadie», pensó. Sólo un hombre de camisa amarilla a quien había observado docenas de veces, que le había iluminado la existencia, en una época oscura de su vida. Había sido el motivo que le ayudaba a no sentirse sola. Descubrirlo había sido como tener una cita con alguien con quien nos gusta encontrarnos. Constataba que nunca había habido ninguna cita. Eran encuentros casuales que ella propiciaba. Se volvió y empezó a andar hacia la librería. Tenía la sensación de haber exagerado un hecho sin importancia, de haberse inventado un vínculo que no existía. Avanzó unos pasos, conteniendo el impulso de volverse. Mientras se alejaba, la mirada del titiritero se perdía en cada uno de sus movimientos.

Cuando habían pasado algunas semanas desde la mudanza, Matilde fue a visitarla al trabajo. No se sorprendió al verla. Supuso que echaba de menos las conversaciones en la pensión. Ella también sentía un poco de nostalgia. Tenía que adaptarse a un espacio que no compartía con nadie, después de vivir en un escenario habitado por muchas figuras. Al verla entrar sonrió. Llevaba los cabellos rubios bien peinados, una falda azul celeste, las uñas pintadas. A pesar de su aspecto, parecía afligida. Se preguntó si estaría enferma, porque unas marcadas ojeras rodeaban sus ojos. No estaba acostumbrada a aquel aire triste, y se preocupó. Salió a recibirla:

– ¿Te encuentras bien, Matilde?

– No mucho. He venido porque no sabía adonde ir. No querría molestarte.

– De ninguna forma. Tengo un día tranquilo. No hay demasiado jaleo y me encanta verte. Dime, ¿ha sucedido algo?

– Ocurren hechos extraños. Lo había olvidado, mientras me esforzaba por tener una vida tranquila. Lo tendría que recordar siempre: las calmas nunca son definitivas.

– Me preocupas. ¿Qué te pasa?

– Hay cartas que se pierden. Parece mentira, en nuestros tiempos, cuando la gente se comunica con una facilidad prodigiosa. Ya me entiendes, todo eso de los e-mails y de las llamadas al otro extremo del planeta.

– ¿Qué quieres decirme? ¿Has perdido una carta?

– Cuesta creerlo, pero es la verdad. ¿Te imaginas cuántas cartas deben de extraviarse por el mundo? ¿Una todos los días? ¿Millones? No sé por qué me tenía que pasar a mí.

– Me da la sensación de que desvarías. Habla claro. Tenías que recibir una carta, pero se perdió.

– Sí. La mandó a la dirección de la pensión. Es una dirección fácil, si la escribes con buena caligrafía. El cartero del Trastevere es un hombre eficiente. Hace años que le conozco.

– ¿Fue el cartero quien la perdió?

– Dice que la encontró por casualidad. Tenía las letras del sobre borrosas, como si las hubiera mojado la lluvia. No se leía bien mi nombre. En la pensión, rodó por muchas manos.