– ¿Nadie pensó en enseñártela? Tú vives siempre allí.
– No la he visto hasta hoy. Hace casi seis meses que la mandó. ¿Has pensado cuántos días son? ¿Cuántos días de espera?
– Una larga espera.
– Sí. Días y noches sin respuesta. ¿Qué puedo hacer? Sé que no es culpa mía, pero me siento culpable. Mi cabeza no para de dar vueltas a la misma idea. Me pregunto cómo ha podido suceder.
– ¿De quién era la carta, Matilde?
– Era de María, la amiga de siempre. Habíamos crecido en el mismo barrio: la niñez, la adolescencia, la juventud. Tiene un puesto de fruta en el mercado. Ya te lo conté.
– Me acuerdo. Me dijiste que te había comprado el billete para que viajases a Roma.
– Sí. ¿Qué puedo hacer?
– Tranquilízate y cuéntame qué dice la carta.
– Me pide que vaya. Dice que me necesita. Es la carta de una persona desesperada.
Había observado la transformación de Matilde. Mientras hablaba, su rostro palidecía. Se imaginó un cuadro cuyos colores el pintor ha puesto sobre un fondo blanco. Con el tiempo, las tonalidades se difuminan, se pierden como si hubieran soportado las inclemencias de todos los inviernos. La tela parece desnuda. Abrazó sus frágiles hombros. La acompañó afuera. Salieron de la librería, mientras la guiaba entre la gente que se movía por la plaza. Con movimientos firmes, la sentó a la mesa de un café. Le pidió una infusión de tila que le obligó a beberse, como si fuera un niño. Le acarició una mejilla con un gesto instintivo, mientras se preguntaba qué habría hecho sin su compañía. Verla indecisa, perdida, le resultaba extraño. Le despertaba un sentimiento de ternura que habría querido expresarle sin reservas. Podía entenderla. Matilde era incondicional en los afectos. Se desvivía por la gente que quería. Lo hacía con una naturalidad que no admitía réplicas, que rehuía las muestras de gratitud. Lo había comprobado a menudo. Admiraba la intensidad con que participaba en la vida de los demás, cómo sabía implicarse en los problemas sin resultar nunca inoportuna. Ahora comprendía su padecimiento. Se sentía culpable de no haber intuido que la necesitaban. Le apretó las manos y le preguntó:
– ¿Te encuentras mejor?
– Estoy preocupada.
– ¿Qué le pasa a María?
– Su marido la ha dejado por otra mujer. Se hizo un silencio. Dana pensó que la vida es complicada, que se parece a un caballo salvaje. Las embestidas y los galopes, las caídas. Nadie puede escaparse. Miró a la gente que pasaba por la calle. Seguir el movimiento de los demás resultaba tranquilizador. Ellas permanecían quietas, calladas, mientras el mundo iba de prisa. Un poco más lejos, al otro extremo de la plaza, adivinaba una camisa amarilla.
Tuvo la tentación de ir hasta allí. Dejar a Matilde en el bar y ponerse frente al titiritero. Observar cómo movía los dedos, con la determinación que había envidiado antes, cuando ella no podía hacer un solo movimiento sin sentir un peso infinito en los brazos, en las piernas, en el corazón.
María había sido una mujer satisfecha de la vida. Habitaba un plácido universo que de pronto se rompió. «¿Debe de ser que sólo nos corresponden unas dosis de felicidad?», se preguntó Matilde, furiosa, al leer la carta. María había tenido la osadía de vivir contenta. Quién sabe si había agotado las horas felices que le habían asignado, en un extraño reparto. Disfrutaba con las cosas pequeñas, con la cotidianeidad conocida: el trabajo en el puesto de frutas del mercado, las conversaciones con la gente. Amaba a su marido, a quien había dedicado su existencia. Le echaba de menos todas las noches, cuando todavía no había regresado a casa. Le esperaba impaciente, mirando por la ventana de la cocina, mientras preparaba la cena. Un plato de legumbres o de verduras, un trozo de carne o de pescado. Por la noche, se dormía mirándole. Le velaba el sueño. Elegía sus camisas, y se las planchaba con esmero. Le compraba una colonia que olía a verano.
Fueron los olores. Descubrió que la engañaba a través del olfato. En la piel de su marido se produjo un proceso de transformación. El perfume conocido se mezclaba con un aroma nuevo que no conseguía identificar. Aireaba las sábanas, metía flores secas en los armarios, le lavaba la ropa. Intentaba imponer los propios olores a aquellos otros extraños. Emprendió una batalla que intuía difícil, pero que no quería perder. El olor al otro cuerpo fue ocupando un lugar en la cama, en la casa. Mucho antes de que se lo dijera, ella lo había sabido. No se puede cerrar los ojos a los olores, ignorarlos. Se despertaba y se dormía con la percepción de aquella presencia. Cuando el marido entraba en la casa, no llegaba solo; con él llegaba el olor a una mujer que María imaginaba. Inventaba rostros, nombres. No le hizo ninguna pregunta, pero su carácter cambió. Se volvió desconfiada. Le vigilaba, con la tristeza en la mirada. En el mercado, se acabaron las tertulias. Vivía esperando una señal, un indicio de lo que iba a suceder. Cuando él se marchó, el mundo se oscureció. Habría preferido morirse. Pasaron seis meses hasta que Matilde recibió la carta. Mucho tiempo sin respuesta, un largo silencio. Le pedía que volviera a Mallorca. En la piazza Navona, Matilde comentó:
– Es como si la hubieran abandonado dos veces: el marido y la amiga.
– No es cierto. ¿Has hablado con ella?
– He intentado comunicarme, inútilmente.
– ¿Inútilmente?
– Sí, nadie me coge el teléfono.
Los primeros meses en el piso de la piazza della Pigna significaron un proceso de adaptación. Superada la euforia inicial, la satisfacción de tener un espacio propio, llegaron las dudas, los cambios en su estado de ánimo. No había descubierto hasta qué punto el ambiente de la pensión le hacía compañía. Acostumbrada a la presencia de personas que vivían allí sin importunarla, ahora le costaba acostumbrarse a la soledad. Algunas mañanas se despertaba de buen humor. Pensaba en todo lo que había encontrado en Roma. Estaba contenta porque tenía un trabajo que le gustaba, una amiga como Matilde, un enamorado paciente. Otros días, los pensamientos tristes le amargaban la vida. No era sencillo aprender a estar sola. La calma parecía una meta difícil de alcanzar, que exigía esfuerzos.
Si se levantaba contenta, iba al mercado de la piazza delle Coppelle. Era un espacio entre edificios de ladrillo gris volcánico. Llegaba andando, porque estaba a pocos minutos de su casa. En un ángulo, la imagen de una Virgen María con un niño en la falda, sentado sobre un cojín, se escondía tras el manto de la Madonna. Cerca de las dos figuras, una mesa pintada con fruta y verdura. Había ruido de conversaciones, ajetreo de gente. Dana llenaba una cesta de huevos, de patatas, de alcachofas. Elegía los mejores quesos. Hablaba con los vendedores, que le preguntaban de dónde era. Les respondía que había llegado de lejos. Volvía a casa llena de palabras y vaciaba la bolsa en la mesa de la cocina. Después se iba en seguida, porque no quería llegar tarde al trabajo.
Cuando estaba triste, era incapaz de abandonar las sábanas. Con las persianas bajadas, hundía la cabeza en la almohada. La pereza se apoderaba de su cuerpo. Sentía el peso de las piernas. Pensaba que habría sido agradable desaparecer del mundo, irse a un lugar donde nadie pudiera encontrarla. Pasaban los minutos, lentísimos. La claridad que intuía por las rendijas de la ventana la advertía: era la hora de partir. Haciendo un esfuerzo, se duchaba y se vestía. Iba a trabajar como quien va a cumplir una condena. Al principio, los días grises se superponían a los días luminosos. Poco a poco, los segundos fueron ganando la partida. A medida que pasaban las semanas, se hacían más frecuentes las visitas al mercado.
Una noche, cuando todavía no había conciliado el sueño, sonó el timbre de la puerta. Como no esperaba visitas, se extrañó. Era tarde y no había movimiento en la plaza. Desde la ventana de su habitación, podía percibir la calma de fuera. Se levantó de la cama, descalza. Se puso un batín, mientras observaba de reojo su rostro adormilado en un espejo. Al día siguiente tenía que trabajar. Se había acostado temprano para vencer la pereza de madrugar. Se preguntaba quién podía ser. ¿Algún vecino que necesitaba ayuda? No se relacionaba con demasiadas personas del edificio, pero siempre tenía una palabra amable para todo el mundo. No se paraba a contar su vida, ni a interesarse por la de los demás. Era celosa de su propia intimidad, del pequeño muro que había sabido construirse. Aun así, mantenía las formas.