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Era Gabriele. Sonreía, apoyado en el marco de la puerta. Le sonrió ella también, contagiada por la felicidad que él expresaba. No pudo evitar la pregunta:

– ¿Qué haces aquí, a estas horas? Creía que mañana tenías que madrugar, que te marchabas a Londres.

– Sí. Voy a una subasta. Te lo había dicho.

– Me encanta verte, pero no te esperaba. Pasa, hombre. ¿Quieres tomar algo?

– ¿Dormías?

– Casi.

– Lo siento, pero tenía que verte esta noche.

– ¿Tienes algún problema?

– Sí. Necesitaba verte, porque tengo que hacerte un regalo.

– ¿Un regalo?

– Hoy hace seis meses que nos conocimos.

– ¿Seis meses? ¿Cómo puede pasar el tiempo tan de prisa?

– Quería celebrarlo.

– ¿A estas horas? -Se rió.

– Sí. Traigo una botella de champán y un paquete que tendrás que abrir.

– ¡Estás loco! -Volvió a reírse.

Llenaron las copas y brindaron por la vida que olía a sol, aunque fuera de noche. Dana era una figura frágil, con el camisón que la envolvía, los pies desnudos, los cabellos sueltos. Estaban sentados en el sofá, uno junto al otro, muy cerca. Se besaron. Después, él le pidió que cerrara los ojos. Tres paquetes dibujaron una línea horizontal en la pared. Antes de abrirlos, adivinó lo que eran. No se lo podía creer. Intentó hablar, pero las palabras no acudían a sus labios. El mundo y ella misma se habían paralizado. Volvieron a temblarle las manos, como en la ópera. Se abrazaron y ella no habría querido abandonar nunca el refugio de aquel cuerpo. Al fin, murmuró:

– Me has traído los cuadros que deseaba. Las mujeres de las estaciones. Son muy bellas. Gabriele, no sé qué decirte. ¿Cómo puedo agradecértelo?

– No tienes que decir nada. Hace tiempo que te pertenecen. ¿Sabes que es una colección incompleta, porque falta el cuadro del invierno?

– Me gustan mucho. Los colgaré en la pared del comedor. Son una explosión de vida. Me recordarán los primeros tiempos en Roma, los paseos hasta el escaparate, el deseo de poseerlos. Pensaré en ello todos los días.

– No, no falta ninguno. Me había equivocado. Ahora lo veo claro.

– ¿De qué hablas?

– La colección está completa, precisamente porque es tuya. Me alegra saberlo: la mujer del invierno eres tú.

XXIV

Marcos y Dana se hicieron amigos. Desde el momento en que él la encontró sentada en el suelo junto a la puerta del piso, incapaz de entrar y de enfrentarse a la soledad, cuando él volvía sin prisa, porque nadie le esperaba. Coincidieron por casualidad. Hasta entonces, el azar había favorecido los encuentros entre unos vecinos que no tenían ningún interés en propiciarlos. Se saludaban. Había el punto justo de cortesía, una amabilidad que no iba más allá. Los dos habían vivido un proceso de pérdida parecido que los invitaba a vivir recluidos en una coraza. Intentaban rehacer sus vidas. Cada uno había comprendido que los recuerdos se tienen que alejar, que la memoria puede traicionarnos cuando menos lo esperamos. Conviene mantenerla en su lugar, en un paréntesis, para que no haga daño. Algunas noches, Dana todavía soñaba con Ignacio. Los sueños no se pueden controlar. Podemos intentar poner bridas al pensamiento, apartar ideas poco sensatas, pero resulta imposible gobernar las rutas de los sueños. Antes de dormirse, Marcos recordaba a Mónica. Veía el rostro de su mujer muerta. Le gustaba dibujar el perfil en las sábanas. Durante el día, se esforzaba en hacer de tripas corazón. Actuaba con la calma impuesta que había adoptado como escudo protector. Por la noche, permitía que le invadiera la añoranza.

Hablaban:

– No hemos vivido la misma experiencia, ni siquiera una parecida -insistía Dana.

– ¿Qué dices? Los dos hemos perdido a alguien a quien amábamos. Una persona que nos llenaba la vida, pero que se marchó.

– Hay una gran diferencia: Mónica no quería dejarte. Ella habría sido incapaz de causarte dolor. Le tocó tener que morirse, que es una suerte muy dura.

– Ambos nos dejaron solos. Eso nos rompió la vida.

– Es cierto, pero Ignacio podría haberlo evitado.

– Tal vez sí o tal vez no. ¿Conoces las circunstancias que le empujaron a actuar de ese modo? ¿Quién puede conocer las motivaciones exactas? Te puede la rabia. Si olvidas los reproches que habrías querido hacerle, te queda la realidad, pero te refugias en una simple anécdota que enmascara los hechos. Nuestras vidas corren por caminos paralelos.

La pérdida los acercaba. Favorecía un entendimiento, una forma de enfrentarse a la vida. Podían comprender las actitudes del otro sin pedirle explicaciones. Se respetaban los silencios, la urgencia de desaparecer, el miedo. Cerca de la casa, se encontraba el restaurante L'Ornitorinco. Un día a la semana quedaban para comer. Dana volvía de la librería dando un paseo. Cruzaba el corso del Rinascimento, lleno de escaparates y tiendas, pasaba por la piazza di Sant'Eustachio, recorría la via di Santa Chiara y la via dei Cestari. Marcos trabajaba en casa: hacía traducciones del italiano para una editorial. Estaba muchas horas sentado delante del ordenador, la mirada en las líneas de un texto, el pensamiento en la lectura. La concentración y la quietud le ayudaban a no distraerse. Era una buena fórmula para conseguir el olvido momentáneo, que tranquiliza el espíritu, cuando éste vive demasiado inquieto. Siempre pedían lo mismo: un ñsotto ai fiori di zucchina.

– ¿Puede haber algo mejor que un arroz que se hace con flores? -le preguntaba ella con una sonrisa.

Él estaba de acuerdo. Bebían vino tinto de Terre Bruñe. Dana le confesaba historias que no se atrevía a contarle a nadie. Marcos ponía en la conversación una vitalidad que el contacto permanente con la escritura incentivaba. Estaba muchas horas rodeado de papeles, sin relacionarse con otras personas. Dana no era sólo la vecina, sino también la cómplice. A cualquier hora, ambos podían llamar a la puerta de enfrente.

Le habló del titiritero. Le contó que estaba por las mañanas en la piazza Navona, todas las mañanas del mundo, dispuesto a hacer bailar a sus personajes. Adivinaba su camisa amarilla antes de verla. La magia de los dedos, transformados en cuerpos danzarines, la cautivó. Había habido un juego en las miradas que no sabía describir, una aproximación en los gestos. Probablemente, había desvirtuado su sentido. Es fácil equivocarse cuando se necesita compañía, establecer lazos que son un suave engaño para el corazón. Las señales que había imaginado no fueron reales. Había hecho una confusa interpretación, producto del deseo de acercarse a alguien. Se lo contaba a Marcos sin rubor. Cuando se decidió a hablar con el titiritero, se había sentido sola. Quería decirle que tenía una casa, pero no encontró las palabras justas. Entre ellos, tan sólo hubo gestos mal interpretados.

Con Gabriele fue diferente. Cuando le conoció, todavía no se había trasladado a la piazza della Pigna. Vivía en la pensión, en un Trastevere lleno de luz. El descubrimiento fue repentino, pero la aproximación fue lenta. Hay sentimientos que nacen en un instante, pero maduran despacio. La experiencia vivida los somete con lentitud. Son como plantas que van creciendo mientras alguien les va podando las ramas inútiles. Marcos la observaba oscilar entre el entusiasmo y la precaución. Una curiosa prudencia, impropia de su carácter, controlaba sus movimientos en el amor. Había días que daba un paso hacia adelante y tres hacia atrás. Tenía actitudes de mujer asustada, que no toma decisiones definitivas porque no acaba de creerse que los sentimientos de los demás puedan durar mucho tiempo. Confiar en alguien no es fácil. Marcos lo podía intuir. Habría querido hacerla reaccionar, decirle que tenía que dejarse llevar. No podemos pretender sujetar las riendas de la vida. Sabía que los consejos no servirían de nada. Para que fuera capaz de perder la inseguridad, había que escucharla; esforzarse por comprender el mundo de contradicciones en que vivía perdida; un mundo que era muy parecido al suyo.