El pasillo separaba las puertas de los pisos. A ambos lados, cada uno había construido su refugio. Dana vivía en un espacio agradable. Había colgado cortinas y cuadros. Había pintado las paredes. Todas las mañanas abría las ventanas de par en par. El vecino vivía frente a un ordenador que le alejaba del bullicio de las calles. Ambos habían intentado huir. Habían escapado de los lugares del amor, porque los espacios nos traen siempre la memoria de lo que hemos vivido. Se esforzaban por inventarse ilusiones, por llenar la vida de pequeñeces que les hacían los días agradables. Cuando comían arroz que sabía a flores, se miraban con afecto. Si él le comentaba que todavía no había llegado la transferencia de la editorial, ella se ofrecía a prestarle dinero. Marcos le preparaba ensaladas o carne al horno que cocinaba con especias. Le acercaba un cuenco de sopa caliente a su casa. Si tenía prisa, pulsaba el timbre tres veces y lo dejaba en el suelo, cerca de la puerta. Junto al plato, un barco hecho de papel de periódico para que se acordara del vecino, que era un navegante sin nave ni mares.
A veces, Marcos quedaba con una chica para ir al cine o para salir a cenar. Eran encuentros fugaces, que no solía repetir con la misma persona más de dos veces. Se cansaba pronto de los intentos de actuar con normalidad, de conocer gente nueva.
– ¿Sabes qué pasa? -le decía-. Probablemente, no es culpa suya. Son mujeres encantadoras que se merecen toda mi atención. Pero yo sólo puedo ofrecerles un comportamiento educado, a menudo distraído, una conversación que nunca entra en terrenos peligrosos. Me gusta evitar las confidencias, esas actitudes de falsa complicidad que favorecen ciertas personas. ¿Qué tendría que contarles? Mi vida, no. Estoy sentado con una de ellas, en un restaurante o en un café, y no se me ocurre nada que decirle. Me doy cuenta de que no me interesa la conversación, de que echo de menos la butaca de mi casa, el libro que leo. Entonces comento alguna película, o me entretengo en divagaciones absurdas sobre la carta de vinos. Si me vieras, te morirías de risa. Quizá te parecería patético. No sé. El problema es siempre el mismo: nunca salgo con una sola mujer. Aunque la otra no lo adivine, somos tres. La recién llegada, Mónica y yo. Hacemos cola en la taquilla del cine, ocupamos las butacas correspondientes en la sala, o en la mesa del restaurante. Pido al camarero los vinos que le gustaban a ella. Me invento el vestido que lleva. Veo su sonrisa en todas las demás sonrisas. ¿Te imaginas la situación? Cuando la soledad me puede e invito a una mujer a subir a casa, hay tres personas entre las sábanas.
Era una noche cálida. No conseguía dormirse. Habían pasado meses desde que se instaló en el piso. La relación con Gabriele se encontraba en punto muerto: ni avanzaba ni retrocedía. A menudo se preguntaba hasta dónde llegaban los límites de la paciencia de aquel hombre. Hacía demasiado tiempo que la esperaba. Ella aplazaba los compromisos con excusas que ya no servían. En cualquier momento, él podía desaparecer de su vida. Dejar de llamarla o de visitarla. Era consciente de que una relación es cosa de dos, de que ella no ponía la suficiente energía. A menudo sólo se dejaba querer. Es una grata sensación permitir que alguien nos acompañe, que nos coja de la mano, que nos llene la vida de belleza. Gabriele era generoso, gentil; ella se había convertido en una criatura llena de recelos. Después del entusiasmo inicial, se había impuesto el miedo. Daba vueltas en la cama, preguntándose por qué no era capaz de reaccionar. No habría querido renunciar, pero no hacía demasiados esfuerzos para evitarlo. Se sentía culpable y, a la vez, paralizada para actuar. Estaba nerviosa. Un nudo en el estómago le dificultaba la respiración. Miró a través de la ventana; la plaza estaba tranquila. No había peatones ni le llegaban ecos de conversaciones. Gotas minúsculas de sudor recorrían su cuerpo. «¿Cuántos miedos tengo que vencer?», se preguntaba. Al miedo de vivir se le sumaba otro: el miedo a perderle. Eran sentimientos que se parecían, pero que implicaban una contradicción profunda. Para poder estar con Gabriele, primero tenía que perder el pánico a la vida. Saltó de la cama. Se puso unos pantalones, una camisa blanca. Con los cabellos sin peinar y una expresión de fatiga, salió al pasillo. Cuando llamó a la puerta de Marcos, el reloj marcaba las dos de la madrugada.
Él no tardó en abrir. Llevaba un pijama de rayas y tenía cara de sueño. El rostro somnoliento de quien se esfuerza por volver a la realidad. Le sonrió, interrogante. Quería saber si no se encontraba bien, si tenía algún problema. Durante un momento, ella sintió la tentación de volver atrás. Le dolía molestarle. ¿Cómo podía decirle que no había razones concretas que justificasen una visita a esas horas tan intempestivas? Sólo la angustia de sentir que la mente vuela. Se abrazaron, el cuerpo de Dana entre los brazos de Marcos. La piel le temblaba. Él le decía cosas tranquilizadoras al oído. No le hizo ninguna pregunta, porque hay momentos en que las palabras no nos sirven. Dana empezó a llorar. Lloraba de impotencia y de rabia por el pasado, por sí misma. Marcos la apretó con fuerza.
Hay lágrimas que curan. Están hechas con el dolor que ha ido acumulándose, que no nos atrevíamos a dejar marchar. Se parecen a la lluvia, que limpia las fachadas de las casas, que se lleva el barro, la suciedad. Son lágrimas que nos devuelven la calma, la vida, la sensación de poder escribir de nuevo el universo. Borran todo lo que estaba escrito con una caligrafía entorpecida por las viejas historias. Dejan un rastro de papel en blanco. Dana no lo sabía, pero estaba volviendo a la vida después de un exilio que había durado muchos meses. Cuando la miró a los ojos, Marcos lo entendió. Le acarició los cabellos, las mejillas húmedas. Se detuvo en los labios entreabiertos. Se besaron sin la euforia de los amantes, pero con la urgencia de quienes necesitan saber que están vivos. Pasaron algunos minutos, hasta que ella le dijo:
– No soy Mónica. ¿Te das cuenta? -Había ternura y gratitud en su voz.
– Yo tampoco me llamo Ignacio. ¿Lo sabías?
– Sí. Tenemos que saberlo: ellos ya no están.
– No volverán jamás. Tenemos que aprender a vivir sin sus sombras.
– Tienes razón.
– Quiero que sonrías. Vamos a dar una vuelta.
– ¿A estas horas?
– Cualquier momento es bueno para visitar el Pasquino.
– ¿A quién?
– Ven conmigo.
Se vistieron y salieron de la casa. La plaza era un oasis de silencio. Anduvieron por calles que conocían de memoria.
En la oscuridad, todo adquiere un aspecto distinto; se suavizan unos contornos, se acentúan otros. Dana contemplaba un nuevo espacio, sin acabar de creerlo.
La oscuridad se impone en los lugares donde habita. Si la observamos sin recelo, nos descubre la magia del claroscuro: un juego de sombras que transforma las fachadas de las casas, la piedra gabina, gris y volcánica, el cielo.
El Pasquino es una escultura. Desde el siglo XVII ocupa un lugar en la plaza que lleva su nombre. Está situado en una esquina donde los peatones dejan aparcados los coches y las bicicletas. Es de piedra oscura y reposa en un pedestal forrado de papeles. Hace siglos que los romanos acuden allí. Van a cualquier hora: apuntan en una hoja sus quejas contra el gobierno, el mundo, la vida. Dejan los escritos pegados en la base de la estatua. Hay textos de gente que ha perdido el coraje pero quiere levantar la voz. Otros son frases airadas de protesta altiva. Algunos tienen la tinta borrosa, a causa de la lluvia. Los hay que están a punto de levantar el vuelo con el viento. Marcos sacó un bloc y unos bolígrafos. Le dio una hoja a Dana para que escribiera. Él cogió otra. Dijo que era bueno visitar aquel lugar. Todo lo que es difícil de contar, pero que está metido en la mente, se tiene que escribir. Cada frase nos libera de un secreto que nos hacía daño. El Pasquino guarda las palabras. Hace que las acaricie el sol. Cuando el papel esté hecho trizas, cuando no se pueda leer, habrá pasado suficiente tiempo para el olvido.