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Dana escribió un listado de frases inconexas. Al principio, pensó que era un simple juego. Marcos era divertido, ocurrente. Pretendía distraerla de las historias que la obsesionaban. Pero luego se dio cuenta de que quería convertir aquella salida en un símbolo. Estaba concentrado en la escritura: la frente fruncida indicaba el grado de atención que ponía en lo que hacía. Serio, con una expresión grave en el rostro, escribía. Hay contagios que son inmediatos, espontáneos. Dana comprendió que no era una broma, ni un juego para una noche insomne. Se trataba de un pacto para borrar el pasado. Miró el papel mientras intentaba poner en orden sus ideas. Entonces se dejó llevar por el ansia de sacar todos los miedos. Con una escritura pausada, se sucedían las frases. No había una ilación lógica, ni ponía demasiado esmero en la redacción. Sólo escribía: anotaba el agravio y la indignación, las mentiras, el miedo a la soledad, la desconfianza. Cada pensamiento quedaba reflejado allí. Habló de los meses vividos, de los viajes sin rumbo, de la llegada al Trastevere, de las personas que había encontrado, de la presencia del otro, que la había perseguido hasta aquella noche. Cuando alguien que hemos dejado atrás se niega a abandonar el espacio que ocupaba en nuestra vida, es preciso desterrarlo. Lo comprendió junto al Pasquino.

Hacía frío cuando regresaron a casa. Un aire ligero se metía a través de la ropa. Cogidos de la mano, desanduvieron las calles. Caminaban sin decirse nada, con una sensación de descanso que les daba alas. El día nacía en Roma. Una luz incipiente se posaba sobre todas las cosas; era un alegre amanecer. Marcos la miraba con una sonrisa. Ella sonreía también. No tenía la sensación de haberse pasado la noche sin dormir. No estaba cansada, ni tenía ninguna prisa. Como todavía faltaban unas horas para ir a la librería, se sentaron en un café y pidieron un capuchino. Dana le dijo:

– Gracias, nunca lo olvidaré.

– Mal hecho. -Sonreía-. Quiero que lo olvides. El Pasquino será un pacto entre los dos. No volveremos a hablar de ello nunca más.

– Aunque no lo mencionemos, sabremos que nos ha cambiado la vida.

– Nos ha servido para poner en claro ciertas ideas. Sobre todo a ti, que te sentías muy perdida. Vivir desconcertado siempre es un mal negocio.

– Mi vida ha cambiado: una ciudad nueva, un piso al que he tenido que adaptarme, un trabajo que no tiene nada que ver con el que hacía antes. Quizá son demasiados cambios.

– Recuerda que tú los buscaste.

– Sí, tenía que encontrar un lugar donde poder empezar de nuevo. Los espacios de toda la vida pueden convertirse en enemigos.

– Nuestros peores enemigos somos nosotros mismos.

– Es cierto. Creía estar escapando de los viejos fantasmas, pero los llevaba conmigo.

– Arrastrabas su carga.

– Los tenía pegados a mi piel. Ahora me siento más ligera.

– Pasquino se los quedó. Es lo que tienes que recordar siempre.

– Sí.

– ¿Qué harás? ¿Has tomado alguna decisión?

– Hay decisiones que hace tiempo que tendría que haber tomado. He ido retrasándolas, como se aplaza la vida cuando nos resulta incómoda. No sé si ya es demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde para la conversación que tienes pendiente?

– No sé si Gabriele querrá escucharme.

– Tienes que intentar hablar con él.

– Lo sé.

Aquella misma mañana marcó el número de su teléfono. Le dijo que tenía ganas de verle, que hacía un tímido sol en la piazza della Pigna. Le habló con voz insegura, porque hay reencuentros difíciles. Aunque no se habían dejado de ver, era como si se descubrieran de nuevo. Recuperar a quien hemos tenido siempre a nuestro lado resulta extraño: quiere decir mirarle con otros ojos. Significa permitir que el otro nos mire de forma distinta. Es ofrecernos sin excusas ni antifaces.

Dana se puso un vestido rojo. Lo había comprado en una tienda que anunciaba el buen tiempo. Tenía las mangas anchas y un escote de barco. Se pintó los labios con un toque de luz. En el espejo, veía reflejada la imagen de una mujer joven. Preparó una cena de pasta fresca y vino tinto. Puso un mantel de hilo blanco en la mesa del comedor. Colocó con esmero las copas, los platos con las cenefas de color dorado viejo, los cubiertos. En el centro de la mesa, dos rosas del mercado de las flores. Le recordaban los primeros paseos romanos, la sonrisa de Matilde, la vida que se estrena. A pesar de la noche en vela, se encontraba bien. Una serenidad nueva le hacía observarlo todo sin impaciencia.

Gabriele la miraba con curiosidad desde el umbral de la puerta. Se abrazaron. Desaparecieron los recelos antes de que pronunciasen una sola palabra. Los viejos fantasmas, que habían poblado el mundo, se marchaban lejos. Las nieblas, las dudas, la incertidumbre, todo ello convertido en un rastro imperceptible de polvo. Cuando la besó, ella fue consciente por primera vez de la intensidad del beso. No había las comparaciones absurdas que se imponen en la mente y que borran el instante convirtiéndolo en un calco de lo que se vivió en otro lugar y con otra piel. Ella se rió, mientras él recorría su cuerpo. Exploraba las cumbres y los valles. Hizo volar la camisa y los pantalones de Gabriele, mientras se sumergía en el descubrimiento de su cuerpo. Respiró su olor, y no apareció el de ningún otro interponiéndose. Rodaron por la cama, deshaciéndola, olvidada la cena sobre la mesa. Se amaron sin prisas, más allá del tiempo. A partir de esa noche, nunca hubo relojes en aquella casa. Intuían que les esperaban días felices. Él le dijo:

– Creía que nunca regresarías.

– ¿Regresar? ¿De dónde?

– No lo sé. Estabas cerca de mí, pero leía la ausencia en tus ojos.

– Nunca me marcharé, si tú no lo quieres.

– Te quiero. Te quise desde el momento en que te vi. Más que a nadie, más que a nada.

– Yo también te quiero.

Empezaron días venturosos. Un tiempo de complicidad, de vida intensa junto al otro. Gabriele se trasladó al piso. Llevó su ropa y sus libros, los cuadros, algunos muebles antiguos. Se repartieron el espacio mientras compartían la existencia. Todo el mundo se alegró: Marcos y Matilde, los compañeros de la librería, los amigos de él. Ella no se preguntó qué pensaría el hombre de la camisa amarilla. Desde lejos, oía su música. La fiesta de las marionetas se había transformado en un simple decorado de la piazza Navona. La vida real era otra cosa. Se levantaban temprano todas las mañanas. A veces, iban al mercado. Compraban fruta y verduras de muchos colores, porque Gabriele decía que la comida tiene que entrar por los ojos, además de por la boca. Trabajaban con energía. Él entre antigüedades, y ella rodeada de libros, cada vez más vinculada a las actividades literarias del Instituto Cervantes. Cuando volvían a encontrarse al atardecer, se contaban historias. Le telefoneaba para decirle que la amaba. Recorrían las calles de siempre. Se perdían por las plazas. Comían pasta y bebían vino en un restaurante que les gustara. Se dormían junto al cuerpo del otro. Notaban su respiración, se acariciaban la piel, guardaban los sueños. Fueron pasando los años. Hubo días de sol, días de lluvia. Proyectos que se cumplieron; otros que les enseñaron a vivir la derrota. Se amaron mil y una veces, lo que, según ciertas creencias, quiere decir hasta el infinito.