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QUINTA PARTE

XXV

Han transcurrido diez años desde que llegó al Trastevere. El abrigo que llevaba cuando recorría las calles con una maleta es hoy un andrajo que no se pone nunca. Todavía debe de tener los bajos manchados de aquel barro que ningún producto podía limpiar por completo; un rastro de lluvia y de tristeza que se niega a recordar. Pertenece a otra vida e ignora por dónde anda. No sabe a quién se lo regaló en un momento que queda muy lejano. El piso ha perdido el aire de provisionalidad de los primeros tiempos. Se ha convertido en la casa que comparte una pareja que tiene buen gusto y ganas de vivir. Los muebles del salón muestran la solidez de las piezas escogidas con esmero. Hay buenos cuadros en las paredes, esculturas situadas en puntos estratégicos. El encanto que nace de la improvisación se ha transformado en armonía de formas. El conjunto es un reflejo de sus personalidades. Se respira el afán de orden de ella y el gusto por las proporciones de él. Comparten la devoción por los objetos antiguos, que han sabido combinar con acierto. Es una casa confortable. El diseño está presente en la cocina, en los complementos, en las luces. Se sienten bien, contentos de vivir en ese refugio romano. Ella ya no trabaja en la Librería Española. Se dedica a coordinar las actividades culturales que organiza el Instituto Cervantes de Roma. Es un trabajo intenso, que realiza con entusiasmo. El esfuerzo y la creatividad son las herramientas que usa para llevar adelante los proyectos que imagina.

Esta noche, Gabriele acaba de volver de un viaje de negocios a Barcelona. Está cansado, pero tiene el mismo aspecto jovial que a ella tanto le gusta. Ha tenido que estar mucho tiempo en el aeropuerto antes de coger el avión. Aunque está acostumbrado, las esperas cansan. Los aeropuertos le dan una impresión de inútil puente que se apresura en dejar atrás. Nunca le ha interesado observar el trasiego, de modo que se centra en sus pensamientos. En el momento en que termina las gestiones, le gusta volver a casa para encontrarse con ella. Cuando bajó del coche, descubrió que había perdido la cartera. Se lo tomó con sentido del humor, porque es difícil que algo pueda ponerle nervioso. Está acostumbrado a los imprevistos, a salir airoso de situaciones que parecen complicadas, a dar a las dificultades su justa medida. Se divirtió cuando ella le instó a que anulase las tarjetas de crédito, a que llamara por teléfono. Ha tomado las medidas oportunas, con esa sensación de calma que sabe transmitir, de confianza en sí mismo.

Están en el comedor con Marcos y Antonia. Dana y Marcos mantienen la amistad de siempre. No olvidan cómo se ayudaron cuando vivían solos. Ahora la situación es muy distinta. Cada uno ha construido su propio espacio. Tienen una relación de vecinos que acuden a la casa del otro, que comparten a menudo el vino y los manteles. Nunca hablan del pasado, aunque ni se lo propusieron, ni responde a una consigna. ¿Por qué tendrían que esforzarse en recordar? Desde la noche del Pasquino, decidieron escribir de nuevo su historia. Cada uno empleó una caligrafía distinta, pero con idéntica firmeza. Las horas vividas a la intemperie, junto a la estatua de piedra, les sirvieron para ahuyentar a los fantasmas. El presente los arrastra con una intensidad que no admite paréntesis. A esas alturas de la vida, no se permiten momentos para viejas nostalgias. Los momentos vividos se mantienen ocultos en el fondo de un armario, en un ropero de madera que conserva el olor a lo que guarda. No hace falta abrirlo con demasiada frecuencia, porque hay aromas de otras épocas que, fuera de su contexto, resultan incómodos.

Marcos y Antonia tienen una curiosa relación, hecha de altibajos, de oscilaciones anímicas que Dana no acaba de entender. A ella le resultaría duro vivir una historia en la que no hubiera lugar para la confianza absoluta, en la que los protagonistas vivieran constantes duelos de palabras. Ella agradece la seguridad que le inspira Gabriele, la certeza que sabe comunicarle. Hace tiempo que las dudas se han borrado del mapa. Ha aprendido que la vida puede ser grata y sencilla, si nos proponemos no complicarla. La voluntad de no crear conflictos, de vivir una felicidad basada en hechos minúsculos, le calma la desazón. Piensa que Marcos no ha tenido su suerte. Se merecería un juego limpio, sin cartas en la manga, lejos de ese tira y afloja que es la convivencia con Antonia. Se pregunta cómo puede permanecer tranquilo, casi indiferente, frente a las salidas de tono, los ataques soterrados, la sonrisa que evita dar explicaciones.

Recuerda cómo se conocieron porque Marcos se lo contó con detalle. Hablaba con el entusiasmo de una persona que ha sido rescatada del aislamiento en que vivía. No había una ilusión desbordante en sus palabras, sino la chispa de la curiosidad que se despierta al descubrir a alguien. Eran las ganas de saber, el deseo de verla de nuevo; sentimientos que hacía tiempo que no experimentaba, que sorprendían al hombre escéptico en que se había convertido. Cuando supo las circunstancias del encuentro con Antonia, Dana disimuló su sorpresa. «Es increíble -pensó- cómo la vida juega a repetir las mismas escenas con actores y decorados distintos.» No hizo ningún comentario, porque él no parecía darse cuenta del evidente paralelismo. Si lo veía, actuaba como si fuera una casualidad sin importancia. No se entretenía en analizar ningún hecho que pudiera vincularse con el pasado. Dana se preguntaba qué era lo le había fascinado: ¿la mujer o la situación que estaba viviendo con ella? Pese a la duda, se esforzó por ignorar una posible coincidencia, mientras ejercía de corazón el papel de amiga fiel, que está contenta con la alegría del otro.

Antonia estaba en la sección de libros de unos grandes almacenes. Entre las estanterías, leía las páginas de un volumen, la contracubierta. Marcos se encontraba junto a ella. Inmerso en la búsqueda de un libro, no se fijó en aquella mujer de pelo corto. El rostro era una mezcla entre la gracia de unos rasgos regulares y la insolencia de su expresión. Ella parecía concentrada en la lectura; él estaba buscando un volumen concreto. No le molestaban el ruido de la tienda ni sus propios pensamientos, concentrados en un único objetivo. Le distrajo un hecho. Lo vio sin querer. La intuición nos hace captar escenas que hemos protagonizado nosotros mismos, en otro lugar, en otro tiempo. Ella abrió el bolso con un movimiento rápido. Sin interrumpir la lectura del libro que tenía en la mano izquierda, con la otra mano metió en el bolso algunos volúmenes. Echó a andar sin inmutarse. Se alejó de la sección de libros mientras Marcos la observaba desde lejos.

Un instante antes de que desapareciera de su radio de visión, cuando casi iba a perderla entre la gente, fue tras ella. Se apresuró a encontrar a la mujer que robaba libros y que estaba a punto de perder entre la multitud. Necesitaba hablar con ella, saber cómo se llamaba. Se movió guiado por un impulso que no se paró a analizar. Antonia estaba ya en la salida cuando notó una mano en el hombro. Sin perder la calma, se volvió. Frente a ella, había un hombre que le sonreía. Era alto, atractivo. Tenía los cabellos castaños y una expresión despistada que le hizo pensar que la confundía con alguien. No pensó que formara parte del personal de seguridad de los almacenes, que la hubieran pillado a través de una cámara oculta. Sólo al mirarle lo supo. El desconocido le inspiraba confianza. Él le dijo:

– Creo que tenemos las mismas aficiones.

– ¿A qué te refieres?

– Te he observado. -Sonrió con complicidad-. Creo que te gusta leer.

– Mucho.

– Me llamo Marcos. Estaba pensando en la posibilidad de tomar un café. ¿Me acompañas?

– Tengo prisa.

– Casi todo puede esperar, ¿no crees…?

– Me llamo Antonia. De acuerdo. -Y le sonrió también, atraída por su encanto-. Me apetece tomar algo caliente. Hace frío.