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– No cambies de tema. Sabes que no puedo soportar las evasivas -dice Antonia.

– Creo que estás muy tensa. ¿Te apetece una infusión? ¿Tila, quizá? -Dana pretende ser conciliadora.

– No quiero tomar nada. Mis nervios están perfectamente, gracias. No… no estoy bien. -La voz le flaquea-. Queríamos contaros lo que nos pasa. La verdad es que no vivimos un buen momento. Ha sucedido algo que me desborda. Marcos no quiere hablar de ello. Se pasa las horas ausente, sin reaccionar. Querría ayudarle, pero no me lo permite.

– ¿Qué os pasa? -Dana intenta mantener la serenidad-. Creía que estabais bien.

– Lo estábamos -se apresura a responder Antonia-, hasta que Marcos recibió esa llamada. Hará unos quince días. No lo sé con exactitud, porque no me lo contó. ¿Cómo se puede esconder un descubrimiento así a tu pareja?

– ¿Qué descubrió? -pregunta Gabriele, interesado en la historia.

– Le llamó una psicóloga. Le dijo su nombre y le contó que estaba tratando de ayudar a una persona a reconstruir su vida. -Hace una pausa-. ¡Como si eso fuera tan sencillo! Le dijo que necesitaba su ayuda. Él la escuchó y no me dijo ni una palabra.

– No acabo de entender qué significado tiene esa llamada. Si no te habló de ello, no sería muy importante. -Dana se esfuerza en poner paz.

– ¿Era importante? -Hay rabia en la voz de Antonia-. ¡Respóndeme! ¿Lo veis? Calla como un muerto. La segunda vez que llamó, yo estaba en casa. La escuché, sin imaginarme qué iba a decirme.

– ¿Y qué te dijo? ¿Qué puede ser tan terrible? -En la voz de Gabriele, harto de las estridencias de la mujer, se esconde un toque de ironía.

– Me dijo que era la psicóloga de Mónica.

– ¿De quién? -Dana cree que no ha entendido bien el nombre. O, en todo caso, que se refiere a otra persona.

– Mónica está viva. Él lo sabía y no me había dicho nada.

– ¿Viva? -Dana pronuncia la palabra en un tono balbuceante, como el de un niño que no entiende las cosas, que se siente perdido-. ¿Cómo es posible? -se pregunta.

Mira a Marcos buscando respuesta, pero no la hay. Parece concentrado en la copa que sostiene entre las manos. «No puede ser -se dice-. Hace muchos años que murió, me lo contó él mismo, cuando compartíamos la desesperanza. ¡Qué broma más absurda!»

En ese momento, siente rabia contra Antonia, un sentimiento que sube del estómago hasta la boca. Está segura de que delira. Es una mujer exagerada, capaz de mentir para llamar la atención. Piensa que tiene que decir alguna frase contundente que sirva para poner las cosas en su lugar, que cierre el tema. Respira honda y exclama:

– Eso es imposible: los muertos están muertos. No quieras hacernos creer historias absurdas. -Hay un punto de terquedad en sus palabras, una voluntad inconsciente de proteger a Marcos, de salvarle de la posibilidad de que el pasado vuelva a abrirse como un abismo.

En ese momento, Gabriele interviene en la conversación. Es el único que no ha perdido la calma:

– ¿Es cierto? ¿Mónica no está muerta?

Los minutos transcurren con lentitud. Dana se da cuenta de que le tiemblan las manos. Hacía años que no percibía ese temblor, leve como el aleteo de un pájaro, imperceptible a los ojos de los demás, presente para recordarle su propia vulnerabilidad.

– Sí, es cierto. -La respuesta de Marcos es un murmullo.

– ¿Y qué piensas hacer? -Gabriele pregunta con suavidad, mientras Dana tiene la impresión de que el mundo se tambalea.

– Nada. No liare nada. Para mí, todo continúa como antes: hace nueve años, ocho meses y siete días que mi mujer se murió.

Se hace el silencio, pero hay muchas maneras de callar. Alguien puede enmudecer debido a la sorpresa. Es el caso de Gabriele, que no sabe qué puede decir, pero que mantiene las ideas claras, el pensamiento frío. También nos puede acallar el pánico. Dana tiene miedo. El miedo que creía vencido, abandonado en un papel en el Pasquino, vuelve para demostrarle que todo es incierto. La rabia a menudo deja sin palabras: Antonia siente que cien diablos le golpean el pecho. La ausencia va de la mano de la mudez. Como Marcos está lejos, no dice ni una palabra.

Podría haber sido una noche como otra cualquiera, una cena con vino y conversaciones. Se habrían divertido con los comentarios inteligentes de Marcos, con la mordacidad algo malévola de Antonia. Se habrían reído con las anécdotas de Gabriele y los chismes de Dana. Hubiera habido un breve espacio para las confidencias, cuando el alcohol les hubiera hecho efecto, porque ninguno de ellos es demasiado aficionado a confesar las debilidades del corazón. La sobremesa habría sido plácida. Una repetición de otras muchas escenas que constituían la vida cotidiana, la existencia alejada de inesperados sobresaltos. Se miran sin decir una sola frase que les sirva de consuelo. Cada uno interroga a los demás con la mirada, como si esperase unas palabras para aligerar el ambiente de tensión, pero no son capaces de mantener la compostura. El silencio es una forma de protección. Si hablaran, las emociones podrían desbordarse. Temen los llantos, los gritos, los reproches.

Cuando suena el teléfono, respiran casi al unísono. El sonido del timbre, que les resulta familiar, aporta un aire de normalidad. Gabriele se apresura a contestar. Satisfecho de tener una excusa para abandonar la compañía de los otros, sale al pasillo. Sus palabras, pronunciadas en un tono discreto, no los distraen. Están demasiado concentrados en sus propias obsesiones. Antonia mantiene el rostro oculto entre los brazos, incapaz de resistir los nervios. Dana pone una mano sobre el hombro de Marcos, que no reacciona. No se dan cuenta del cambio de actitud de Gabriele. Se ha apoyado en la pared, como si las piernas le fallaran. El rostro que no ven está lívido; tiene una tonalidad grisácea. Las palabras le salen entrecortadas; hace preguntas rápidas que alguien responde desde el otro extremo del hilo telefónico. El tampoco cuenta nada cuando entra en el salón. Los mira. No son necesarias las explicaciones, porque no hay preguntas. No les dice que era Matilde, que los llama desde la pensión para advertirles de que Ignacio está en Roma.

XXVI

Hay ciudades que son escondrijos donde meternos cuando soplan malos vientos. Cuando Marcos y Antonia se van, Dana se queda sentada en el sofá, incapaz de decir nada. No ha asimilado la noticia que acaban de recibir. Tiene una sensación de fragilidad que resulta incómoda. Hace años que vive una existencia en la que cada pieza encaja en el lugar que le corresponde. No hay espacio para las sorpresas que transforman el esquema de su vida. En la puerta, mientras despedía a Marcos y a Antonia, ha intentado mostrar una sonrisa conciliadora. Pretendía transmitirles que no tenían que preocuparse, porque probablemente hubiera una confusión de identidad. Deben de ser víctimas de un absurdo malentendido. Mónica se fue muriendo muy lentamente en el corazón de Marcos. No era posible resucitarla cuando su amigo había aprendido a vivir con su ausencia. Una burla del destino para Antonia, para el hombre que querría proteger, incluso para sí misma. El olvido de su propio pasado va unido al olvido de Marcos. Los dos protagonizaron junto al Pasquino un ritual para borrarlo, una noche que parece muy lejana.

Mientras tanto, Gabriele se mueve por el piso. Deshace su equipaje, cuelga la americana en el armario. El hombre seguro de sí mismo se siente indeciso. Cuesta mucho reconocer que las cosas no son como quisiéramos. Se pregunta si tiene que decirle a Dana que Ignacio está en Roma. Quizá ella tiene derecho a saberlo. Pero ¿y él? ¿No es suya la responsabilidad de protegerla, de salvarla de un personaje que la destruyó? Tiene buena memoria. Se acuerda de la mujer que conoció hace diez años, desvalida. La ama con una pasión que nunca podría haber imaginado. Son felices en un mundo que tienen que preservar de estúpidos intrusos. Ignacio ha venido a despertar viejos fantasmas, pero él no se lo permitirá. Desde la habitación, levanta la voz y pregunta: