Hay una vida tranquila, hecha de momentos que van encadenándose. Transcurre con la convicción de que las emociones encuentran la respuesta de otras emociones. Hay una vida desasosegada, donde todo se pone en duda. La primera nos evoca ese tiempo dorado, cuando creíamos que nunca nos moriríamos. La segunda nos descubre que la muerte está detrás de la esquina. La muerte significa la desaparición, el olvido o la pérdida. Gabriele habría dado la vida por no perder a Dana. Hay frases que suenan a tópico, que se dicen para quedar bien. Hay otras que ocultan la verdad más secreta. Ella le pregunta:
– ¿Podré acompañarte a tu cita?
– Discúlpame, amor, ¿qué decías? Estaba distraído.
– Me gustaría acompañarte a ver el cuadro, compartir contigo el momento de saber si es una obra de Tura.
– ¿El cuadro? No lo creerás, pero ya no me parece tan importante.
– Hace meses que hablas de él. ¿Qué te pasa? ¿Dónde está el hombre apasionado por el arte a punto de alcanzar la obra que tanto ha perseguido?
– Es verdad… Es una pieza que he buscado como en un juego. Claro que me haría feliz. Por cierto, ¿qué te parece si prolongamos unos días nuestra estancia en este rincón del paraíso?
– Perfecto, pero ese juego del que hablas es tu vida.
– Te equivocas. Mi vida eres tú.
Le sonríe, halagada por unas palabras que interpreta como un cumplido amoroso. Le gusta su delicadeza, la seguridad que sabe transmitirle. No vuelve a pensar en ello. Se acordará más adelante, cuando ya no estén en Ferrara, cuando la vida se precipite y los coja desprevenidos. Habitan un universo de petunias, una habitación en un palacete lleno de encanto, los paseos por las murallas de la ciudad. Ella no desea otras historias. No le apetece averiguar el futuro, que se imagina como la continuación perfecta de un presente hecho de pórticos con cafés, plazas y bicicletas.
De vez en cuando, suena el móvil de Gabriele. Ocurre cuando desayunan en un saloncito del hotel Duchessa Isabella. Las puertas son doradas y blancas. En las ventanas, cortinas de rayas azules, recogidas con una lazada para que entre la luz. En un extremo hay una barra de madera, coronada por un bodegón. En la pintura, una combinación curiosa de flores, frutas y piezas de caza. La comida es casera. Hay pasteles, confituras, embutidos y quesos. Cuando suena el móvil, Gabriele se aleja. Le dice que no hay cobertura, que tiene que atender una llamada de negocios. La voz de Matilde le recuerda que Ignacio continúa la búsqueda. Le informa todas las mañanas, con la certeza de que cumple un deber ineludible. Le describe los pasos que ese hombre loco -como le denomina- da por la ciudad. Le recomienda que no se preocupe, asegurándole que hará todo lo posible para disuadirle de la presencia de Dana en Roma. Le recomienda que prolongue la estancia en Ferrara unos días más y que, sobre todo, no le diga a ella una sola palabra. Entre los dos, Matilde está segura, conseguirán protegerla del regreso del fantasma.
Ignacio pulula por las calles de Roma. Parece una alma en pena, un desenterrado en vida que no sabe adonde ir. Tiene momentos de desaliento, cuando la pista desaparece ante sus ojos. Y otros momentos de esperanza, alimentados por la sensación intangible de que sigue el rastro correcto. Intuye que está en un entorno hosticlass="underline" las personas que encuentra le contestan con evasivas. En los lugares que visita, nunca halla respuesta. A veces, la indiferencia; a menudo, una voluntad clara de cerrarle las puertas. Decidió instalarse en la pensión. Creía que desde ese lugar le sería más fácil encontrarla. La presencia de Matilde, que estuvo amable desde el primer momento, le resulta desagradable.
Juraría que se ha propuesto complicarle la vida. No dispone de pruebas, pero es perspicaz. Se da cuenta de que le observa con una antipatía evidente. Afirmaría que oculta un rechazo hacia su persona, unas ganas de perderle de vista que no hace explícitas, pero que tampoco se esfuerza en disimular.
Todas las mañanas se encuentran en el comedor. Ella nunca ha hecho ningún gesto para invitarle a sentarse a su mesa. Tampoco ha aceptado la invitación de Ignacio. Es como si viera al diablo. Inclina la cabeza, en un saludo forzado, y se aleja. No han mantenido ninguna conversación. Alguna vez ha intentado aproximarse, pero se ha echado atrás debido a la actitud de Matilde que lo hace sentir ridículo. Vencido por su mutismo, ha mirado de nuevo las tarjetas que había en la cartera. Son direcciones de tiendas de antigüedades. Pertenecen a Gabriele Piletti, el hombre del aeropuerto. En cada una de las tiendas ha tenido la extraña sensación de que le estaban esperando. Con un trato correcto pero distante, el empleado de turno le ha repetido el mismo mensaje:
– El señor no está en Roma. Viaja mucho y es difícil localizarle. No podemos decirle nada más. Si quiere dejar un teléfono de contacto, le comunicaremos al señor Piletti su interés por encontrarlo. De todas maneras, tiene una agenda complicada. No será fácil concertar una cita en los próximos meses.
Al cuarto día de su llegada está desanimado. Después del impulso que le ha llevado a perseguir una fotografía, se pregunta si está actuando como un loco. Ha interrumpido su vida para buscar a una mujer que debe de haberle olvidado, a quien no sabe si sabría reconocer. Las personas cambian con los años. Se transforman los cuerpos, pero no las formas de ser, las reacciones; los deseos experimentan metamorfosis más profundas. La vida juega a moldear pensamientos y rostros. ¿Qué está haciendo él en una pensión? ¿Qué sentido tienen las evasivas con las que justifica a Marta su ausencia? Nunca habría creído que fuera posible que se sorprendiera a sí mismo. No es un hombre irreflexivo. No se reconoce en la persona estúpida que cambió de vuelo porque los recuerdos le asaltaron con un ímpetu salvaje. Una simple fotografía fue suficiente para comprender que todavía la recordaba. Podía evocar su cuerpo, los gestos que amaba, la sonrisa que dejó escapar. Daría la vida que le queda por vivir si pudiera escribir de nuevo su historia. El pasado no tiene remedio. No hay soluciones mágicas que sirvan para cambiarlo. Nadie puede inventarlo otra vez.
Sentado en la sala de la pensión, con el rostro entre las manos, se siente agotado. Ignora qué caminos puede recorrer. Esta huida le ha servido para comprender que ha vivido una comedia de imbéciles en la que él es el mayor imbécil. Se levanta con un gesto de desaliento y se dirige a la habitación. Intuye que volverá al mismo escenario, que ocupará el lugar que le corresponde en un teatro absurdo. Llena la maleta con las prendas de ropa que recoge de la mesita, de la silla. Hay un lío de pantalones y camisas. Todo es caótico, confuso. Mira por la ventana que da a las calles romanas. Habría querido preguntarle por qué eligió Roma, pero se imagina que no tendrá ocasión. Coge la maleta y sale al pasillo, justo después de hacer una reserva telefónica para el próximo vuelo a Barcelona. No puede soportar continuar un solo minuto más en ese lugar. Paga la cuenta sin dar explicaciones, con el rostro marcado por unos días de vorágine. Cuando está a punto de marcharse, se abre la puerta y aparece Matilde. Lleva una falda que le parece ridícula, los cabellos teñidos de rubio. Se miran con un odio que no acaba de entender, pero cuya causa ha renunciado a averiguar. Ella ve la maleta. No puede evitar preguntarle: