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– Sí.

– Estoy contento. Tu abuela también sería feliz, si pudiera saberlo. Quizá nos ve desde algún lugar. Quién sabe.

Con un gesto instintivo, Dana se ha puesto la mano sobre el brazo izquierdo. Percibe su desnudez, pero la piel tiene memoria. La epidermis conserva sensaciones que evocan recuerdos conocidos. Hay momentos en la vida que no olvidaremos. Pertenecen a una esfera que se aleja de la cotidianeidad, de la línea horizontal que nos proporcionan los días. Son el punto de inflexión de la línea, cuando inicia la ascensión hasta el infinito. Vivimos escasos instantes muy cerca de las nubes, porque la mayoría de nuestros intentos se quedan en un vuelo a ras de tierra. Tenemos que saber aprovechar los episodios de gloria que aparecen sin buscarlos, que nos hacen felices, que nos dejan bellos recuerdos. Lo ha aprendido con Gabriele. Querría agradecérselo, precisamente hoy, que sabe de su tristeza. Se limita

a quedarse quieta, en la penumbra que ha elegido para pasar desapercibida.

El pensamiento vuela. La piel le dicta las imágenes hacia las que tiene que dirigirse. La memoria del cuerpo se impone a las ideas. Recuerda. Hacía un año que vivían juntos, en la piazza della Pigna. El piso empezaba a tener el estilo de los dos, aquella pátina difícil de describir que es el resultado de un espacio compartido. Se mezclaban los libros, la música, las antigüedades que él había situado en lugares estratégicos. Perduraba el color verde manzana en las paredes de la entrada, que ella había pintado un día melancólico, cuando todavía no se conocían, y que Gabriele hizo adornar con una cenefa de flores renacentistas, que seguía los perfiles de las molduras. Destacaba la complicidad de una pareja que había aprendido a acoplar sus cuerpos entre las sábanas, que buscaba durante el sueño la mano del otro. Se había acostumbrado a despertarse con el perfume de sus cabellos. Ella le acariciaba la espalda, mientras pronunciaba bajito palabras secretas.

Se fueron a dormir tarde. Habían cenado en un restaurante donde les sirvieron ostras y gamba blanca. Bebieron vinos que desprendían sabores cálidos, buenos aromas. Prolongaron la sobremesa porque tenían que decirse muchas cosas. Tenían ganas de contarse los detalles del día, de la existencia. Ella se había puesto un vestido largo. Hay historias que se construyen con gestos y con palabras. Nadie sabe la proporción exacta. Ellos lo hacían con paciencia. Acabaron en L'Arciliuto, una sala de música en directo, donde bailaron hasta que se quedaron solos en medio de la pista. No les importaba. Vivían la plenitud de habitar en un mundo hecho a la medida de ambos. Celebraban que habían vivido doce meses bajo el mismo techo, que querían vivir muchos más.

– La vida entera -susurraba Gabriele mientras seguían ti ritmo de la canción.

Volvieron a casa con la alegría en el cuerpo. Hicieron el amor lentamente. Tenían todo el tiempo del mundo. No había prisas. Cuando los amantes se quieren reprimir, la impaciencia puede espolear el deseo. Él no pudo evitar preguntarle:

– ¿Añoras algo del pasado, amor mío?

– Nada.

La respuesta surgió rotunda. Hay preguntas que nunca tendrían que ser formuladas. Sin quererlo, volvió a recordar a Ignacio. Sintió una punzada de dolor. Ningún gesto la delató.

La cabalgó mientras ella le rodeaba la cintura con sus piernas. El galope fue aumentando de intensidad. Se tumbaron y, con una contorsión de sus cuerpos, hicieron el amor. Se durmieron cuando nacía el sol. Reposaron desnudos, entre las sábanas desordenadas. No tuvieron pesadillas ni hubo interferencias que les molestaran. El universo continuaba su rueda. Habían conseguido escaparse del mundo. Era pleno día cuando Dana extendió su mano buscando el cuerpo de Gabriele. Medio dormida, lo intentaba a tientas. Cegada por la claridad, miró el espacio que los separaba. «¿Dónde está?», se preguntó, todavía no del todo consciente. Recuperar el dominio de los sentidos no era una tarea sencilla. Rozó un objeto. En un acto reflejo, retiró la mano y abrió los ojos. Había algo desconocido en la cama. Vio el cofre, luminoso como un regalo que nos ha traído el día. Lo observó sorprendida, con una mirada que divirtió a Gabriele, que estaba de espectador sentado en una butaca de la habitación. Se miraron: él con ternura; ella interrogándole sin decir nada. No lo sabía todavía, pero era el cofre mágico; el legado que el abuelo había confiado a su nieto para que algún día se lo diera a su amada.

Abrir el cofre no resultaba un juego de niños. Dana pudo comprobarlo. Sentada en la cama, con una expresión de sorpresa infantil que no desaparecía de su rostro, aunque intentara aparentar un aire de naturalidad, se esforzaba por dominar los mecanismos de aquella caja poliédrica, aparentemente inaccesible. Con el camisón arremangado hasta los muslos, las manos recorriendo los dibujos geométricos, parecía una niña concentrada en lo que hace, decidida a salirse con la suya. Gabriele se divertía. Le hacía gracia el gesto terco, las ganas de descubrir el secreto. Habría querido decirle que el cofre llegaba de lejos. Había hecho un viaje en el tiempo y en la geografía. Sus orígenes eran lejanos, porque el abuelo lo consiguió una noche, en una tasca de una ciudad portuaria. En una mesa de madera antigua, marcada por las señales que dejaban las navajas de los marineros, se desperdigaba un juego de naipes. Cinco hombres estaban sentados a ella. Poco amigos de las bromas o de los chistes fáciles, con una botella de ron, eran conscientes de estar jugándose un tesoro. La voluntad de poseer el objeto los cegaba. Fuera, la tormenta. El abuelo era sesenta años más joven. Su cuerpo robusto no se doblaba ante nada. Se movía con la agilidad de los gatos, y poseía la agudeza de quienes tienen la mente rápida. La partida duró horas. Amanecía cuando salió de aquel tugurio con el cofre bajo el brazo. Prestó atención al ruido de la mesa tirada por el suelo; alguno de los contrincantes le hacía pagar su furia. Oyó blasfemias mientras apresuraba el paso. Los vencidos hacían bajar a Dios a la tierra con sus maldiciones. Había hecho un recorrido lleno de dificultades, hasta encontrar la joya. Estaba dispuesto a defenderla a capa y espada.

Tras muchos intentos, Dana encontró la combinación correcta. La forma acertada de coordinar las figuras geométricas que activaban el resorte de apertura. El cofre se abrió con una facilidad de fábula. El interior era de terciopelo verde. En el fondo, la pulsera. Era de oro amarillo y rojo, cincelada con filigranas. La adornaban diamantes rosados, que brillaban como luceros. Cruzándola, una rama de coral rojo. Enmudeció. La belleza provoca reacciones diversas. Gabriele, que no la había visto antes, no pudo contener una exclamación. La cogió y se la puso a Dana. Ocupaba una superficie considerable de su brazo. Desde la muñeca hasta casi la articulación del codo. Era un escudo de oro afiligranado, delicadísimo. Podría haber formado parte del tesoro de Alí Baba o de las arcas de Helena de Troya. Una Helena enloquecida por un amor desgraciado, vestida como una reina y que, a pesar de los oropeles, perderá el trono.

Gabriele le dijo que había sido de su abuela, una dama veneciana de quien el abuelo se enamoró. Sus vestidos eran de lo más selecto. Tenía los brazos finos, y había lucido la joya en los salones de la ciudad. Cuando murió, el abuelo ocultó la pulsera. Estaba convencido de que nadie merecía verla. Era una prueba de amor que no quería desvelar, aseguraba. Dana era la depositaría. Con el brazo cubierto de oro, parecía otra mujer. No importaban ni el camisón ni el rostro sin maquillar. Seguía teniendo la expresión de incredulidad que no había conseguido hacer desaparecer. Le preguntó:

– ¿Crees de verdad que me la merezco? Soy una persona sencilla. Es excesiva para mí.

– Es tu pulsera.

Se abrazaron y volvieron a hacer el amor. Los cuerpos desnudos y la joya en su brazo. Aunque no lo dijeron, sentían la alegría de haber hecho realidad un viejo deseo. El sueño del aventurero que se había jugado la vida en la búsqueda de los objetos más bellos. El hombre que ahora estaba muriendo.