Sale por la puerta principal del edificio y se dirige hacia el hombre de la farola. Es Ignacio, que le sale al encuentro. Predomina una sensación de irrealidad. El mundo le parece surgido de un sueño. Como si una neblina opaca ocultara el sol cuando ya es mediodía. Hace el recorrido convencida de que habita un espacio imaginario. Se repite que no puede ser cierto. Los sentidos perciben su presencia; el corazón se niega a reconocerla. Cuesta describir un reencuentro después de diez años. Han pasado muchos días. Ha aprendido a vivir sin el hombre que consideraba imprescindible para poder respirar. Le mira a la cara, fijamente. El otro parece conmovido, pero no le importa. Constata que tiene arrugas alrededor de los ojos, que hay signos de fatiga en el rostro afilado. Los años le han robado jirones de la cara, como cuando la luna mengua. Están uno frente al otro. Dana se pregunta qué pueden decirse. Le observa sin hablar, hasta que le oye murmurar:
– Tenía un deseo inmenso de encontrarte. Tengo que contarte muchas cosas.
– Son unas explicaciones que llegan con un cierto retraso, ¿no crees? -La frase es un reproche, pero pronunciado con indiferencia, como si todo lo que viven no estuviera sucediendo realmente.
– Tienes que perdonarme.
– ¿Perdonarte? ¿Por qué? ¿Tengo que perdonarte que me juraras un amor eterno que duró pocos meses, que me mintieras mil veces, que eligieras entre los otros y yo, naturalmente a favor de ellos, que no tuvieses la dignidad de decírmelo a la cara, que me despacharas por teléfono, como se manda a rodar un asunto sin importancia que nos ha ocupado demasiado tiempo? ¿Es todo eso lo que tengo que perdonarte? ¿O todavía quieres que añada más cosas? -Hay un contraste terrible entre lo que dice y cómo lo dice. Las frases son hirientes, pero las pronuncia sin ninguna entonación, con una cadencia de letanía que va encadenando una palabra tras otra.
– Tendría que hacerte entender cómo he padecido, hasta qué punto he llegado a añorarte. Me pusieron entre la espada y la pared.
– Es tarde para las explicaciones. ¿Quieres que te perdone? Estás perdonado, ya puedes marcharte. Has dejado pasar demasiado tiempo para que algo tenga sentido. No lo tienen ni las explicaciones ni los perdones.
– No hablas con el corazón. No puedes haber cambiado tanto. Antes me habrías dado la oportunidad de hablar contigo.
– No me hagas reproches, cretino. -Pronuncia el insulto con una sonrisa que desconcierta todavía más a Ignacio.
– Vamos a dar una vuelta. Tengo el coche aparcado ahí mismo. Hace días que te busco; ya debes de saberlo. Dame unos minutos, aunque sea como un regalo o una limosna.
– ¿Quieres que sienta lástima de ti? No es tu estilo. De acuerdo. Vamos.
Suben al coche y circulan por las calles transitadas del centro. Ignacio intenta salir del caos circulatorio. Guiándose sólo por la intuición, busca alguna dirección por donde alejarse. La actitud de Dana le pone nervioso. El aire de ausencia, de lejanía, de incredulidad ocultan el rostro de la mujer que recuerda. ¿Dónde está la pasión que ponía en cada gesto? ¿Dónde la vehemencia que le enamoró, la energía para vivir? Se pregunta si él destruyó todo eso al abandonarla. En el fondo sabe que no es posible. Amó a una mujer fuerte, que padeció el más profundo dolor, pero que era capaz de renacer de la tristeza. Era una criatura tierna, pero dura a la vez, como las rocas del paisaje isleño. No puede evitar preguntárselo:
– ¿Echas de menos Mallorca?
La respuesta es concisa. No refleja emoción:
– A veces.
– ¿Regresarás algún día?
– No.
Está sorprendida. Con los años, llegamos a creer que nos conocemos a nosotros mismos. Adivinamos nuestras reacciones, sabemos qué nos atrae y qué nos desagrada. Nunca habría imaginado que experimentaría esa frialdad. Observa la escena desde lejos, sin implicarse en ella. Espectadora atenta de la película de su vida, contempla un episodio que tendría que cerrar un círculo. Nada se cierra. Mira a Ignacio, y se dice: «Ha envejecido.» No le causa alegría ni pena. Sólo el estupor de comprender que la vida nos puede enseñar a no sentir.
De pronto, Ignacio lo comprende: Dana no ha cambiado. Actúa. Lo hace sin darse cuenta, protegida por una coraza que le permite mirarle con una expresión pétrea. Tiene los sentimientos dormidos. Ha aprendido a poner la vida en formol. Es imposible que sea de otra manera. ¿Dónde está la rabia que tendría que inspirarle? ¿No hay ni una chispa de deseo de venganza cuando le mira? Probablemente le ha olvidado, como se olvidan las viejas historias, pero una indiferencia tan absoluta no puede ser cierta. Experimenta una mezcla de sentimientos que le hacen daño. Tiene que forzarla para que salgan al exterior. Si emerge la furia, podrá acercarse a ella. Si hace volar el dolor, tendrá la oportunidad de consolarla. Será una mujer real, y no un ser de cartón piedra. Le dice:
– Me odias.
– No es verdad.
– Me odias por todo lo que te hice.
– No.
– Sí, porque te dije que estaría siempre a tu lado, que construiríamos un mundo para nosotros solos y te fallé.
– Me fallaste, y no lo podía creer. Quería morirme.
– Habrías querido matarme.
– No. Desaparecer, dejar de vivir en silencio. Me obligaste a abandonar la isla, a mis padres, a mis amigos. Tuve que cerrar para siempre la puerta del piso de la calle Sant Jaume. Quería aquellas paredes. Yo, que había elegido vivir en un lugar, me veía convertida en una vagabunda sin destino.
– Te hice daño.
– Mucho, hijo de puta.
– Repítemelo.
– No, no. No sé por qué te lo he dicho. No quería.
– Pégame.
– ¿Qué dices?
– Pégame en la cara con todas tus fuerzas.
– Estás loco.
– Recuerda todo lo que te hice y pégame.
Ella le da tres bofetones. Están en una planicie verde, desde donde se contempla la ciudad. Tienen el verde y el gris en los ojos. El aire es luminoso. No bajan del coche. Dana está rígida. No ven pasar a mucha gente. Un grupo de monjas cruza el camino, un poco más lejos. Parecen una bandada de nubes. El primero es un golpe indeciso, tímido. Piensa que tiene que contenerse. No quiere dejarse llevar por las palabras de un hombre que ha perdido la cabeza. Apenas le roza. Siente vergüenza, pero también una liberación momentánea. En el segundo bofetón, descarga la fuerza que dan el dolor y la humillación. Los caminos que tuvo que recorrer, el polvo de su abrigo, la añoranza de todo cuanto perdió. Le sale una profunda rabia. El tercero es como un puñetazo, directo a la cara.
XXIX
Dana se empequeñece en el asiento. Con la mano izquierda se sujeta la diestra. Es un gesto instintivo, del que no es consciente. Una dentro de la otra, como si no formaran parte de un mismo cuerpo, como si no recibieran órdenes de un único cerebro. Los dedos que han marcado la cara de Ignacio han quedado inertes. Temblarían, si los otros dedos no los retuvieran. Rígidos, enmarcan una mano que tiene miedo. A veces, descubrimos en nosotros reacciones que nunca habríamos imaginado. Pensaba que tenía un control absoluto de sus propios actos. Creía que la vida era un lago plácido de aguas transparentes. Había tenido que conquistarlo durante muchos días. Estaba tan confiada que no ha pedido ayuda. Ha dejado atrás a Matilde y a Gabriele con el aire ausente de quien no quiere luchar en ninguna batalla, sin armas ni escudo protector. Se lo ha repetido, mientras salía a la calle: «No es un fantasma. Es un hombre que vuelve a mi vida, cuando ya no tiene espacio en ella. Los dos somos más viejos, deberíamos ser más sabios. No tiene que producirse ninguna escena. Una conversación, y basta.»
Ha aceptado el reto que él le lanzaba desde la piazza della Pigna. Verle allí le ha causado una sensación de irrealidad que ha falseado sus percepciones. Ha sido sencillo reconocerle, pero ocupa espacios que le resultan extraños, porque forman parte de otra historia. Ha tenido la tentación de decírselo: «Los amores del pasado no tienen que intentar entrar en los paisajes del amor presente. Es una cuestión de falta de sincronía, de imposibilidad de coincidencia. Incluso de mal gusto.» ¿Qué está haciendo él por las calles de Roma? El marco donde se sitúa la escena de un regreso incomprensible no va con Ignacio. Son los lugares de Gabriele. Todavía conservan el rastro de sus pasos, de las conversaciones, de los abrazos de verano, cuando el tiempo transcurre bajo la luna, de las carreras de invierno, cuando escapan de un chubasco.