XXXI
Esquivar a dos personas a la vez no es sencillo. Huir de los intentos de diálogo de Gabriele y de los encuentros con Ignacio se convierte en un ejercicio casi de acrobacia mental. Intervienen el ingenio y la necesidad de ganar tiempo. Dana convierte su vida en una escapada. La historia vivida parece un círculo que vuelve. Hace años, se escabullía de sí misma. Buscaba paisajes que la ayudaran a dejar atrás la tristeza. El tiempo la fue borrando. Ahora huye de dos hombres. Tiene una conversación pendiente con ambos, pero no encuentra fuerzas para enfrentarse a ella. «¿Qué debo decirles?», se pregunta. El pensamiento confuso cae en la contradicción más profunda. El ánimo oscila entre el pesar por la traición a uno y la euforia del reencuentro con el otro. Oscila entre la mala conciencia de quien se siente traidora y la sorpresa en mayúsculas. Se tambalea cuando es incapaz de sostener la mirada de Gabriele, que busca sus ojos. Vacila mientras recorre caminos poco habituales para ir al trabajo, deja de frecuentar los lugares de siempre, da órdenes estrictas a sus compañeros para que, cuando alguien pregunta por ella, digan que no está.
Esconderse por las calles no resulta agradable. Tampoco lo es colgar el teléfono al oír la voz de Ignacio. Se acostumbra a vivir con el móvil desconectado. Si está sola en casa, cierra la puerta con llave y no la abre nunca. Elude cualquier posibilidad de contacto. No quiere volver a verle.
Está decidida a no encontrárselo hasta que haya tenido tiempo para reflexionar. La relación con Gabriele pasa por un momento difícil. Se ven todos los días, comparten techo, pero es como si ella no estuviera. Le intuye expectante; nota cómo sigue cada uno de sus movimientos, los gestos, las palabras escasas. Aunque sea un hombre paciente, adivina que la situación le desborda. ¿Qué le dirá cuando le pida explicaciones? Se lo pregunta a menudo. ¿Cómo puede hacerle entender que le quiere como antes, pero que un elemento imprevisible ha interferido en sus vidas? ¿Cómo decirle que lo siente, pero que el pasado irrumpe con fuerza? A veces, se autoflagela. La mala conciencia le golpea el cuerpo como un látigo. A menudo intenta relativizarlo. Se justifica pensando que vivió un momento de locura, que no siempre se puede controlar todo. Recuerda la sensación de vida que experimentó en los brazos de Ignacio, mientras bendice la hora de su regreso. Por un instante piensa blanco, pero en seguida se inclina por el negro. Cuando está a punto de marcar el número de Ignacio para decirle que se marche de Roma, cuelga el aparato. Si se acerca a Gabriele, conmovida y arrepentida, algo desconocido la detiene. Cree estar loca. Desconfía de sus propios actos, duda de lo que quiere. Por eso se escapa, mientras espera que el tiempo -el gran aliado- le devuelva la capacidad de saber qué busca.
Gabriele vive un calvario. Él, que es un hombre de reacciones contundentes, tiene que hacer un esfuerzo por reprimirse. ¿Cuántas veces ha estado a punto de pedirle por compasión, o de exigirle en nombre del derecho que dan la lealtad y la vida en común, que le diga qué piensa hacer? ¿Le abandonará como a un perro, sin ningún pesar? ¿Recuperarán lo que construyeron? Se pregunta cómo ha podido suceder. Las historias no se diluyen en la nada; no desaparecen, perdidas en el aire. Había creído que habitaban en una fortaleza inexpugnable. Procura trabajar muchas horas, porque la compañía de Dana le entristece profundamente. Es otra mujer. Habría querido convencerla. Podría hacer una larga lista de todas las cosas que está a punto de lanzar por la borda. Dosis proporcionadas de prudencia y de orgullo herido hacen que se calle. ¿Cómo ha podido olvidar Ferrara? ¿Cómo se borran diez años en un solo instante? Antes de precipitarse, opta por la contención. No sabe si es una estrategia o un acto de cobardía.
Visita al abuelo moribundo. El hombre conserva un hilo de voz, la cabeza lúcida. Ha sentido el deseo de confesarle lo que les pasa. Le gustaría actuar como el niño que fue: reclinar la frente sobre el pecho del más anciano de los Piletti, sentir su mano cansada dándole consuelo. Querría decirle que no puede soportarlo. El hombre, incluso enfermo, tiene una intuición difícil de describir. Cuando era un niño, Gabriele estaba convencido de que podía leerle el pensamiento. Como si retrocediera en el tiempo, ahora lo cree de nuevo. Le ha preguntado por Dana. Le ha dicho en un tono preocupado que parece triste. Vencida la tentación de la confidencia, se lo niega. Se esfuerza por improvisar una broma absurda. En el último momento, se calla. Lo ha decidido. Tendrá toda la paciencia del mundo. La esperará por una única razón: es la mujer a la que ama.
Ignacio ha pasado de la euforia al desconcierto. El proceso se ha prolongado durante días de búsqueda y noches de insomnio. Cuando se despidió de Dana, se sentía pictórico. Volvía a ser el hombre de antes, aquel que había llegado a olvidar. Sentía la juventud en sus venas; una inyección de vida en el corazón. Pocas veces la existencia nos ofrece una segunda oportunidad. Era consciente y agradecía al azar, al destino, a los dioses, aquel prodigio. Era un hombre reconciliado con el mundo, dispuesto a reescribir su propia historia.
Al día siguiente inició la persecución. Las primeras llamadas sin respuesta no le alarmaron. La imaginó agobiada, confusa. Era lógico que necesitara tiempo. Aunque hubiera actuado a fuerza de impulsos, intuía que tenía que reprimir tanta excitación. Tras recapacitar sobre el tema, decidió que tenía que actuar con delicadeza. Aprender a ser sutil para no asustarla, para no ponerla entre la espada y la pared. Él había tenido tiempo de hacerse a la idea del encuentro, mientras que Dana no esperaba verle. Partían de posiciones diferentes. Él había preparado una estrategia, pero ella no lo sabía. Tenía que entenderla, no permitir que tuviera miedo.
En cuanto en el Instituto Cervantes le dijeron, por tercer día consecutivo, que no sabían si Dana iría a trabajar, y que les era imposible transmitirle mensajes, Ignacio pasó de la extrañeza a la incredulidad. Recelaba de los compañeros de la mujer, de los vecinos que le espiaban, de aquella estúpida llamada Matilde, convertida en un vigilante que no pierde la pista de su víctima. Fue a los bares que antes de todo eso le habían asegurado que frecuentaba. Nadie sabía nada. El quinto día se apostó en la puerta del instituto, decidido a interceptar su paso. Avisada por una colega, Dana se encerró en casa. Pretextó un problema de salud para no tener que salir a la calle. No mentía: su estado físico era el de una persona enferma. Tenía el ánimo bajo cero, la tristeza en los ojos. No podía moverse, era incapaz de pensar. La presión de Ignacio le resultaba insoportable. La presión sutil de Gabriele la angustiaba. Una pregunta la obsesionaba: ¿cómo puede desbocarse la vida en un instante? «Diez años para rehacerla y pocos minutos para mandarlo todo al garete», pensaba. No quería ver a nadie.
Ha pasado una semana justa. Siete días cilicios de jugar al escondite, de rehuir las conversaciones, de negar la realidad. Son las ocho de la mañana. Gabriele se ha levantado. No ha permitido que el despertador sonara demasiado rato, porque ella tiene el sueño ligero. Antes de meterse en la ducha la ha besado en la frente; un beso suave. Finge estar dormida, aunque no ha podido conciliar el sueño en toda la noche. Inmóvil, su cabeza es una noria de feria. Hay una suma de imágenes que mezclan el pasado y el presente. Los escenarios de la isla se superponen con los de Roma. Se confunden el piso de Sant Jaume y el de la piazz.a della Pigna. ¿Con quién mantuvo aquella conversación? No tenían demasiados puntos en común. El buen gusto, que se inclina hacia la vertiente más práctica en Ignacio, y que opta por las sutilezas en Gabriele. Los dos saben escoger un buen vino, son generosos, amables. Estas cualidades, que enumeradas genéricamente pueden parecer fáciles de identificar, se distancian a la hora de concretarse en cada uno de ellos.