Se saca la cartera del bolsillo y se la da a Gabriele, que hace un gesto de sorpresa mientras la deja en el asiento de atrás. Exclama:
– La perdí. ¿Dónde la encontraste?
– En el aeropuerto. Tú cogías un avión con destino a Roma. Yo estaba a punto de salir hacia Palma. Estabas sentado frente a mí, leyendo un periódico. Cuando te levantaste, se te cayó. Entonces descubrí la fotografía.
– En el aeropuerto… Es curioso. Nos encontramos en uno y nos despediremos en otro. Me alegra que esto se acabe.
– Me lo imagino.
Se hace el silencio. La expresión de sus rostros es grave. Tiene la rigidez de las máscaras, que no expresan ni alegría ni dolor; rasgos sin vida. Gabriele está impaciente por llegar. Piensa que se asegurará de que coge el avión. Quiere verlo facturar, pasar el control de pasajeros, desaparecer de su vista. Mirará cómo el aparato despega, y volverá a casa con la sensación de que el mundo es nuevo. Esa noche llevará a Dana a un restaurante que han abierto hace poco. Le regalará un collar antiguo de oro y campanillas de cristal. Lo compró en una subasta pensando en ella, pero todavía no ha tenido ocasión de dárselo. Dedicará el resto de su existencia a hacerla feliz. Mientras tanto, una idea se impone al caos que es la mente de Ignacio: se pregunta si quiere renunciar a la mujer que ama. ¿Se siente vencido o ha claudicado en un instante de flaqueza? Vuelve a recordar el cuerpo de ella entre sus brazos. No había mentiras, ni miedos. Compartieron la verdad secreta de un amor que regresa en contra de los demás, pese a sí mismos. La quiere, pero volverá a actuar como un cobarde. Ya lo hizo una vez. La dejó por una vida que no desea, por una historia acabada. Nunca volverá con Marta. Se pregunta cómo ha podido aceptar irse. Si se va, le acompañará para siempre el mal sabor de la derrota, la culpa de la inconstancia. El deseo de hablar toma protagonismo. Exclama:
– Quiero volver a Roma.
El otro tiene una reacción agresiva:
– ¿De qué me hablas? Estás loco.
– No me importa lo que pienses, pero no estoy dispuesto a coger ningún avión.
– ¿Qué dices?
– Da la vuelta, si no quieres que salte del coche.
– ¿Ves como desvarías?
– Para inmediatamente.
Gabriele pisa el acelerador. Una niebla se le pone ante los ojos. No sabe si son nubes o una lluvia de lágrimas. El coche se desvía del carril de la autopista. Intenta controlarlo. Ignacio da un giro brusco al volante antes de que se produzca la catástrofe. Cualquier tentativa es infructuosa. La carrocería choca contra el asfalto. Una, dos, tres vueltas de campana. Se disparan los airbags. Todo es oscuridad. El estrépito se oye desde lejos. Quién sabe si llega hasta el verde del horizonte, o incluso más allá.
Acaba de salir de la ducha. Lleva el pelo húmedo y una bata ceñida a la cintura. Se mira al espejo. Ve las huellas de los últimos días. Sin maquillaje, su rostro es un reflejo del miedo. Pese a las facciones desencajadas, los ojos imponen su profundidad. Intenta pellizcarse las mejillas, en un afán de recobrar el color. Se pregunta adonde se han marchado, pero no encuentra explicaciones. La sensación de liberación, aunque sea momentánea, vence la curiosidad. Ha oído el ruido de la puerta al cerrarse. Pasa el tiempo. Tras mucho silencio, se ha decidido a salir. Con un temor absurdo, ha recorrido las habitaciones. Ha comprobado lo que ya intuía: no hay nadie en casa. Se para delante de los tres cuadros. Mira a la mujer de la primavera, a la del verano, a la del otoño. Recuerda cuánto las deseó, con qué ilusión acudía a su cita, cuando aún no conocía a nadie en la ciudad. Piensa en Gabriele. Su expresión era alegre cuando fue a visitarla con las pinturas. Es como si lo oyera de nuevo: «La mujer del invierno eres tú.» Le tiemblan las manos al evocar aquellos días. Era un amor que nacía para transformarle la vida. Han sido diez años buenos. Piensa que la felicidad debe de ser algo muy parecido. Evoca sus rizos y sonríe sin quererlo. El rostro de Ignacio se superpone al de Gabriele. No es una sustitución de rasgos, sino una suma. Rechaza estos pensamientos al oír de nuevo el timbre.
Hay dos hombres en la puerta de su casa. No los conoce, pero tienen un gesto serio que le inspira desconfianza. Van vestidos de uniforme. «¿La policía?», se pregunta con extrañeza. Son altos, inexpresivos. Se ciñe mejor la bata, cuando los mira. Tiene la impresión de que estuvieran examinándola con la mirada. No adivina curiosidad ni lascivia; una rutina conocida por la que se dejan llevar. Van directos al grano:
– ¿Es éste el domicilio del señor Gabriele Piletti?
– Sí.
– ¿Es usted familiar suyo?
– ¿Por qué? ¿Le buscan?
– No exactamente. Hemos encontrado su documentación.
– Ya lo entiendo. Han encontrado su documento de identidad. -Suspira, antes de continuar-. Hace días que perdió la cartera. Gracias por traerla, son muy amables.
– No, no. Ha habido un accidente en la autopista que va al aeropuerto.
– ¿Un accidente?
– En el coche, un Alfa Romeo verde oscuro, viajaban dos hombres. Uno está muy grave. El otro ha muerto.
Dana cae al suelo, desplomada. Ellos se miran. No han tenido tiempo de sujetarla. Antes de perder la conciencia, tiene la sensación de que se le desmenuza la vida.
XXXII
Tumbada en el sofá, Dana recupera la percepción de las cosas. Es un regreso lento, porque no querría despertar. Intuye que significa encararse con el horror, hacerle frente. No abre los ojos ni mueve un solo músculo. Esa quietud contrasta con la marea de los pensamientos, que no descansan. Se concentra en un deseo. Cuando era pequeña, lo hacía a menudo: desear algo con todas las fuerzas, para que se produzca un milagro que nos salvará la vida. Ella quiere que el tiempo dé marcha atrás. Las agujas del reloj tienen que girar al revés. ¿Es una exigencia absurda? ¿Pide demasiado? Está a punto de gritar que no, que unas horas no significan nada en el transcurso del universo, que no es un capricho.
No costaría demasiado. No suplica que pasen años, ni meses, ni que los días vuelvan atrás. Sólo el tiempo justo para que suene el despertador. Gabriele se levantará de la cama como todas las mañanas. Volverá a sentir el roce de sus labios, pero no fingirá estar dormida. Se levantará y le abrirá la puerta a Ignacio. Impedirá que se marchen juntos en un viaje infernal. A través de los párpados cerrados, se le escapan las lágrimas. «¿Quién es el muerto?», se pregunta con angustia. Desde que ha recuperado la percepción de la realidad, no se atreve a formular el interrogante. La pregunta es terrible; la respuesta, demasiado dura. No quiere que haya un muerto. Ese ser anónimo que ya no existe pronto tendrá una identidad. Será uno u otro, no hay más alternativas. ¿Por qué tiene que ser así, inevitablemente? Gabriele o Ignacio han desaparecido del mundo de los vivos. ¿Cómo puede continuar viva, con esa incógnita? Es dolorosa la lucidez con que se da cuenta de lo que pasa, aunque haga creer a los demás que no está consciente. Querría morirse. Lo había deseado hace mucho tiempo, antes de abandonar Mallorca. Cambiaría su propia vida por la de quien, en algún momento, tendrá nombre propio. Será un rostro condenado a vivir por siempre jamás en el recuerdo. No puede soportar pensarlo. Estaría dispuesta a un intercambio sin palabras. Nadie tendría por qué saberlo.
Figuras silenciosas se mueven a su alrededor. Percibe su presencia, pero no las identifica. Hablan en voz baja, como si no quisieran estorbarle el sueño. Forman parte de una escenografía que no reconoce desde esa ceguera autoimpuesta. Haciendo un esfuerzo, abre los párpados, pero el contraste de sombra a claridad es muy brusco. Un fino rayo de luz la deslumbra. En un movimiento instintivo, frunce la frente. Alguien se da cuenta y se apresura a cerrar las cortinas. Un murmullo recorre el salón. Reconoce a Antonia, que tiene una expresión inquieta en los ojos. Intenta incorporarse, pero el movimiento resulta demasiado brusco. Todo le da vueltas. Extiende la mano a la vecina, y le ruega: