– Tú lo sabes. ¿Qué ha pasado? Dímelo.
La otra tiene un aspecto irreconocible. Ha vivido una metamorfosis desafortunada. Golpeada por las circunstancias, la mujer fuerte se ha convertido en una criatura. Le aprieta los dedos mientras la observa con el rostro desencajado. Habla:
– No lo sé. Te lo juro.
– ¿Qué haces aquí, entonces?
– Me han avisado. Me han dicho que Gabriele ha tenido un incidente en la autopista. He venido en seguida.
– ¿Quién hay aquí?
– La vecina del tercero y una enfermera. Habías perdido el sentido.
– ¿Dónde están los policías?
– Hace rato que se han ido. Son personas de pocas palabras. Me he cruzado con ellos en la puerta, pero no me han querido dar explicaciones. Han dejado un papel para ti.
– ¿Y Marcos? ¿Por qué no ha venido?
– Tampoco lo sé. Se fue anoche. No me dejó ni una nota. No puedo localizarle.
– Tienes que encontrarle. Tienes que decirle que le necesito, que hicimos un pacto. Recuérdale al Pasquino, aunque hayan pasado los años. Tiene que acordarse; hoy más que nunca.
– No contesta a ninguna llamada. Tiene el móvil desconectado. -Antonia baja los ojos-. Ni siquiera sé si está en Roma. ¿Sabes?, yo también le necesito.
– Quiero que se vayan esas mujeres. Hazlas salir.
En ese preciso momento, la enfermera se acerca. Lleva una píldora en una mano. En la otra, un vaso de agua. Dana hace un movimiento de rechazo. La mira con desconfianza, recelosa.
– ¿Qué me quiere hacer tomar? -le pregunta.
– Es un tranquilizante. No se preocupe. -Habla en un tono educado.
– ¿Que no me preocupe, dice? -La mira con odio-. No me dormirá. He perdido demasiado tiempo, ¿me oye? No permitiré que me deje fuera de juego. Quiero saber lo que pasa. No me ahorraré ni un minuto de sufrimiento, si eso supone no vivir lo que estoy viviendo. ¿Se lo tengo que repetir? Ahora, váyase. Antonia, sé amable y acompaña a estas señoras a la puerta.
Cuando Antonia regresa, la encuentra incorporada en el sofá. Tiene el cuerpo inclinado hacia adelante, con el balanceo de quien no se atreve a ponerse en pie. La ayuda a levantarse, ofreciéndole el brazo para que se apoye. Dana se da cuenta de que aún lleva puesta la bata.
– Tengo que vestirme. ¿Puedes acompañarme a la habitación?
– Sí, claro.
– Escucha, ¿qué pone el escrito? Me has dicho que los policías habían dejado un papel para mí.
– Sí. -Es un monosílabo que parece un suspiro.
– Dámelo.
– Vístete primero.
– No. Quiero ver ese maldito papel.
– Haz un esfuerzo por calmarte. No tiene sentido que te precipites. Tienes que ser fuerte.
– ¿Qué dice el papel? Lo quiero saber.
– Hay dos direcciones: la de un hospital y la del tanatorio. -La voz se rompe al acabar la frase.
Dana levanta la cabeza mientras se muerde el labio inferior. Da algunos pasos. Mira a la vecina, que rehúye su mirada. Aprieta los puños y murmura:
– Me tengo que vestir en seguida. Iremos al tanatorio.
No se atreve a contradecirla. Por las cortinas, que casi se besan, entra un rayo de luz.
En la habitación, abre el armario con un gesto de autómata. No coordina los movimientos y, de sopetón, descuelga algunas prendas. Son vestidos de colores que le hacen daño a la vista en cuanto los ve. De un manotazo, lo retira todo de su vista. Convierte la habitación en un caos. No se da ni cuenta. Antonia, que querría ser útil, contribuye a aumentar la confusión. Como si actuara a tientas, intenta encontrar un conjunto para ayudarla a vestirse. Hay una blusa que le recuerda la última noche que cenaron los cuatro, y que le produce una profunda tristeza. Las cosas, que antes no tenían significado, que no eran buenas ni malas, adquieren ahora un sentido diferente. Tienen connotaciones calladas que despiertan el dolor. Cada una conserva el recuerdo de un encuentro en el que los dos hombres estuvieron presentes. La vecina se queda inmóvil, con una tela en las manos; parece hecha de humo, como la vida. Se abraza al vuelo de la falda. Querría apoyarse, porque le fallan las fuerzas, pero no dice nada. Dana hace que vuelva a la realidad actuando con la contundencia que había perdido. Elige una falda negra hasta las rodillas, una blusa blanca que le da un aspecto de la colegiala inocente que ya no es. Se pone unas medias oscuras, unos zapatos de puntera fina. Se recoge el pelo en una cola baja. Piensa que no hay más excusas, que ya está a punto para salir a enfrentarse con la muerte. Antonia le dice:
– Llamaré a un taxi.
Es evidente que no están en condiciones de conducir. Se miran en silencio, y las dos se sienten muy solas.
– Si por lo menos estuviera Marcos -murmura Dana.
Se acuerda entonces de Matilde; es la amiga que necesita. La acompañará al tanatorio. Irá con la mirada firme. Exclama:
– Primero tenemos que llamar a Matilde. Tiene que prepararse para acompañarnos. Pasaremos a recogerla por la pensión.
La otra hace un gesto de asentimiento con la cabeza. Tiene la impresión de que la presencia de alguien más es imprescindible. Servirá para aligerarle la carga de estar a solas con Dana. Es la mejor solución. Antonia hace un esfuerzo por mantener la compostura. Querría guardar las formas, ahogar las ganas de decir palabras malsonantes, de esconderse en el último rincón del planeta. Le dice:
– ¿No quieres avisar a nadie más?
Dana se encoge de hombros, con indiferencia.
– ¿A quién podría pedirle que me acompañara a identificar un cadáver? Mis padres están en Mallorca. La gente del trabajo son compañeros y nada más. Marcos ha desaparecido en combate. Nunca se lo perdonaré.
– Yo tampoco -dice con resentimiento.
– Sé sincera. Tienes que saberlo. La policía te lo tiene que haber comentado. ¿Cuál de los dos está muerto?
– Te he dicho que no lo sé.
– Permitirás que vaya al tanatorio ignorándolo, que lo tenga que comprobar con mis propios ojos.
– La policía te lo habría dicho. Has perdido la conciencia, antes de que pudieran decirte quién había muerto. Seguramente, la familia del muerto está avisada. En el tanatorio no estaremos solas. Hazte a la idea. ¿Lo habías pensado?
– ¿Tú qué crees?
– Diría que no. Juraría, además, que no te importa.
– Tienes razón. No me importa quién sea la comparsa. Lo único que me obsesiona es qué muerte tendré que llorar. ¿Te extrañas? ¿Te parezco un monstruo?
– No. Eres una mujer que sufre.
– Llama a Matilde: me fallan las piernas, casi no puedo dar dos pasos seguidos. Necesito que esté allí.
Antonia no hace más preguntas. Querría saber cómo ha podido suceder. ¿Qué caminos les han llevado a ese destino absurdo? Puede sentir muy próximo el dolor de Dana, aunque el propio padecimiento adquiera un protagonismo desmesurado. ¿Dónde está Marcos? Contempla el rostro triste, la cabeza gacha, el cuerpo rendido. La tristeza une más que la alegría. Al fin y al cabo, han sufrido pérdidas semejantes. Una llora la muerte; la otra, la ausencia. Dos formas distintas de ver a alguien irse, sin remedio. Coge el teléfono y marca el número de la pensión.
El timbre resuena por las paredes. Tiene un sonido intenso, largo, que llega a todos los rincones de la casa. La propietaria de la pensión está entretenida dando instrucciones en la cocina. Hace un gesto con la mano que es una mezcla de impaciencia y de ahora voy, el mundo puede esperar. Los años de regentar el negocio le han dado una capacidad extraordinaria de relativizarlo casi todo. Es un hostal familiar, donde a menudo los clientes son las mismas caras que vuelven de forma cíclica. Hay quienes viven allí permanentemente, pero otros pasan largas temporadas. El ambiente es plácido. Matilde está viviendo una mañana tranquila, sentada en una butaca, con una novela en las manos. Ha hecho el ademán de coger la taza de café que tiene humeante en la mesita. El timbre de la puerta reclama ahora la atención de alguien. Sale de la habitación, mientras se pregunta quién debe de ser. En esa casa, las sorpresas forman parte de la vida.