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XXXIII

La tarde anterior, Marcos caminaba por Roma. No era un paseo tranquilo, como los que se permitía cuando se cansaba de trabajar en casa, encerrado entre cuatro paredes. Aprovechaba los ratos de fatiga frente al ordenador para salir a la calle. Iba al quiosco a comprar la prensa, tomaba un café en el bar, o buscaba el calor del sol. Eran simples actividades sin importancia que le aligeraban el trabajo alegrándole la vida.

La situación ahora era distinta sin pretenderlo. En el cerrado mundo de sus inercias, siempre idénticas, lo suficientemente sencillas para no tener que hacerse preguntas, lo suficientemente gratas para vivir tranquilo, no había lugar para lo inesperado. A Marcos no le gustaban las sorpresas. Todo tenía que ser previsible: las discusiones con Antonia, que le divertían, la compañía de Dana y Gabriele, el trabajo hecho con rigor, las traducciones cada vez más apreciadas por la crítica. No se hacía preguntas absurdas. No se cuestionaba si era feliz. La convivencia con Antonia no podía considerarse un camino de rosas. Tenía la impresión de que eran dos desconocidos que compartían pocos sentimientos. Acaso, el miedo a la soledad. La tarea de traductor, pese al reconocimiento público de los últimos años, era un camino fácil para sobrevivir. ¿Dónde estaban los tiempos en que soñaba con convertirse en un buen escritor? La comodidad se había convertido en la premisa básica. Para vivir ligero de equipaje se necesitaban tener demasiadas expectativas. Bastaba con ir tirando, centrado en una época sin contratiempos.

La llamada telefónica de una mujer le transformó el panorama del mundo. Se identificó como psicóloga, le dijo que tenía que hablarle de un tema delicado. Ayudaba a una persona a reconstruir su vida: era Mónica. Se negó a creerla. Alguien enfermo aparecía para gastarle una broma estúpida. Sin pronunciar palabra, cortó la comunicación. Procuró no pensar en ello, pero las llamadas fueron sucediéndose. Una voz femenina le aportaba datos cada vez más perturbadores: le aseguraba que Mónica no había muerto, le daba detalles sobre una reincorporación lenta a la vida. Después de escuchar algunas frases contra su voluntad, colgaba el aparato. No decía nada. Se limitaba a recibir las explicaciones de la otra en silencio. Cuando Antonia descubrió lo que pasaba, iniciaron una batalla que duró muchos días. En cada discusión, le replicaba que no quería saber nada de aquella historia. Contarla en voz alta era una forma de aclarar la confusión de los pensamientos que le perseguían; una terapia que le hacía reforzar las posiciones, reafirmarse en la actitud de quien no busca problemas. Remover el pasado querría decir, a la fuerza, tener que sufrir. Hacía tiempo que no estaba dispuesto a ello. En una curiosa paradoja, la insistencia de ella propiciaba que los recuerdos tomaran forma. Iban avanzando de puntillas, casi a tientas, por los rincones de su mente.

Era una tarde de suave claridad. Había tenido dificultades con una frase del libro en el que trabajaba, circunstancia que le ponía nervioso. Habitualmente paciente con la aventura de buscar la palabra adecuada, de encontrar la expresión correcta, podía notar cómo ahora las palabras se le escapaban. Decidió recorrer unas calles que nunca le resultaban inhóspitas, porque se imponía la gracia de las plazas. Andaba sin rumbo fijo, perdiéndose por los lugares conocidos, con el deseo de que le retornaran la calma. A medida que avanzaba entre fachadas ocres, Mónica muerta iba persiguiéndole. Era la última imagen que tenía de ella. Un cuerpo inerte, la ausencia de respuesta a cualquier estímulo. Una mujer sin vida que todavía respiraba porque los aparatos la unían a un mundo que ya no era el suyo. Podía evocar la palidez del rostro amado, el esfuerzo con que intentaba hacerle despertar la antigua emoción por los versos, los monólogos sin respuesta en la cabecera de una cama del hospital. Eran secuencias dolorosas que había rechazado muchas veces. Conseguía librarse, pero volvían con precisión. ¿Quién podía asegurarle que Mónica vivía, si él había sido testigo de una muerte lentísima? Atravesaba calles con balcones llenos de flores, tiendas de sedas, de quesos, de libros. En un alud todopoderoso, surgían nuevas imágenes. Mónica le hablaba. Acercaba el cuerpo a su cuerpo, que nunca había sabido acoplarse mejor a otra piel. Volvía el eco de los paseos por Palma. La risa que no había olvidado, que nunca olvidaría. La cabeza de ella inclinada sobre su hombro; la invasión de un olor perdido. Si cerraba los ojos, todavía podía recuperarlo.

Dio vueltas por una Roma laberíntica. Tomó por la via della Stelletta y sonrió, pensando que el nombre habría hecho sonreír a Mónica. El azar le guiaba por calles asimétricas, a través de curvas inacabables. Se paró en l'Antico Caffé della Pace, un local pequeño con las mesas de mármol. El techo y la barra eran de madera. Había un piano. El ambiente le contagiaba una cierta calma, un simulacro de calidez en el aire, a pesar de sus manos de hielo. Pidió un whisky y se lo bebió. Miraba a la gente que llenaba el local, con la sensación de pertenecer a otra galaxia. Él venía de lejos, de una historia que no se acababa de creer. Los otros seguían con su vida normal, inmersos en una cotidianeidad próxima. Se sacó el móvil y el papel que guardaba en el fondo del bolsillo. Había anotado un número de teléfono. Había tenido el impulso de tirarlo, pero lo había ocultado en la americana. Marcó los dígitos. Una mujer le respondió:

– Dígame. -Era la voz que le perseguía. La reconoció.

– Buenas noches. Soy Marcos.

– Me alegra que quieras hablar conmigo.

– Estoy desconcertado. Disculpa mis reacciones. He sido muy descortés, pero la situación es difícil. Para mí, Mónica está muerta.

– Lo entiendo muy bien. Mi obligación era decirte que vive. Cualquier decisión es cosa tuya.

– ¿Dónde está?

– En Mallorca, en el pueblo de sus padres.

– ¿En Llubí?

– Sí.

– He reflexionado mucho sobre ello. No puedo pensar en nada más desde que me telefoneaste. ¿Crees que tendría que verla?

– No lo sé. ¿Tú qué crees?

– Hay momentos en que me da miedo pensarlo. En otros momentos, vencería cualquier obstáculo para volver a la isla. Me gustaría.

– Tienes que decidirlo tú.

– ¿Cómo está? No puedo imaginarme su reacción si me decidiera a ir.

– Te seré sincera: no sé cómo reaccionaría. Lo único cierto es que ella te recordó. Nadie le había hablado de ti. Pregunta a menudo dónde estás, qué haces. Tengo la impresión de que te espera.

– Gracias.

Se sentía cansado. La conversación le había resultado difícil. Ocultó el rostro entre las manos, mientras el ruido de los demás tomaba protagonismo. Se dejó mecer por palabras que pertenecían a historias que no le implicaban. Era grato permitir que le invadiera aquella pereza de vivir. No luchaba contra su propia incapacidad para reaccionar, sino que se dejaba llevar. Le acompañaban las frases simples de la gente: dos amigas que manifestaban alegría por encontrarse; un hombre que insistía para que el camarero le llevara la cuenta; una pareja que decía que se amaba. Observó el perfil de la mujer. El rostro desconocido le recordó el rostro que volvía a revivir. Tenía una forma parecida de inclinar la cabeza mientras insinuaba una sonrisa. Las luces difusas del local acentuaban las coincidencias. Recordó con qué intensidad había llegado a añorarla. Volvió a añorarla con la misma fuerza, quién sabe si con una nueva energía. El desconcierto es capaz de intensificar antiguas sensaciones.