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Salió del local y paró un taxi. Le dio la dirección de la piazza della Pigna, porque no quería volver a pie. El trayecto por la ciudad se le habría hecho interminable. Deseaba hundirse en el asiento mientras las fachadas pasaban por su lado. No tenía ninguna prisa. Era fácil imaginarse las facciones tensas de Antonia, los reproches a flor de piel. Estaba cansado de las desavenencias perpetuas. Ya no le hacían gracia unos combates dialécticos que antes le divertían. Quizá porque ya no eran sólo simulacros. El taxista intentó un par de veces iniciar la charla. Desistió pronto cuando se dio cuenta de que estaba lejos. Tenía el pensamiento perdido. Miraba las casas, los peatones. Pese a las ganas de retrasar el encuentro, llegaron. Con un gesto de fatiga, Marcos pagó el importe de la carrera. Abrió la puerta del coche y se inclinó hacia el mundo. Allí le esperaban Antonia y la vida que conocía, que había querido defender. Volvió a cerrarla. Su voz resonó fuerte ante la propia indecisión, frente a una voluntad demasiado débil. Dijo:

– Lléveme al aeropuerto. De prisa.

Ir a Mallorca significaba recuperar antiguas percepciones. Los acontecimientos se sucedían con una naturalidad prodigiosa. El regreso tenía visos de plan bien definido. Las rutas que no se planifican se perfilan con más contundencia. El azar fue como un viento que sopla a favor del retorno. Tuvo que esperar algunas horas para poder volar hacia la isla, pero no le importó. Amanecía cuando subió al avión. El viaje, que había hecho diez años atrás, se repetía. No era el hombre que se fue, lleno de tristeza. Habían transcurrido los días, las historias. Aun así, todavía pensaba en la misma mujer. La evocaba con nitidez como si la memoria sustituyera el olvido. Miró por la ventanilla. «¿Habrá algún lugar en que el cielo sea del mismo azul?», se preguntó. Cuando optó por vivir en otra tierra, alejó la nostalgia. No se permitía flaquezas inútiles. A la hora de volver, no podía evitar un sentimiento de gratitud. Volvería a encontrarse con su entorno. La cita se producía de una forma calmada; no había aspavientos. Las emociones pueden manifestarse con sutileza, convertidas en gotas minúsculas de agua en los cristales, polvo dorado en el aire o turbación en el pensamiento.

Alquiló un coche en el mismo aeropuerto. Condujo hasta Inca, donde se paró a comer algo. Tenía que tomar el desvío hacia Santa Margalida. Nueve kilómetros de distancia le alejaban del pueblo. Llubí aparecía tras las curvas de una carretera bordeada por árboles. Destacaba el campanario de la iglesia, en uno de los cerros que configuraban el paisaje. Había dos plazas, calles empinadas, gente que observaba el mundo. Buscó la calle Son Bordoi, número 2. Allí vivía la familia de Mónica. En la parte de atrás, había un pequeño huerto donde cultivaban verduras y algunos árboles, y tenían gallinas. Lo recordaba vagamente. Hacía mucho tiempo, fue con ella por primera vez. Eran dos jóvenes enamorados, que proclamaban una ilusión de vivir que se le hacía insólita. Todo le parecía extraño al contemplarlo: las fachadas grises, las cuestas ondulantes, las persianas de un verde carruaje. El entorno no tenía nada que ver con el que acababa de abandonar. La gracia esplendorosa de Roma era sustituida por un encanto mucho menos obvio, hecho de sutilezas y de recuerdos. Llegó hasta el portal, pulsó el timbre. Desde fuera no podía vislumbrar ni una rendija de luz.

Le abrió la madre de Mónica. Era la mujer vestida de negro del hospital. Constató que los años no habían sido benévolos con ella. El paso del tiempo no le había suavizado la expresión. Rictus de fatiga le marcaban la piel. Se preguntó si le había identificado, porque no manifestó que le reconociera. Él gesticuló mucho, como si quisiera hacerse entender sin palabras. Se dio cuenta de que sí sabía quién era cuando le instó a que entrara, tras mirar a la calle, temerosa de que algún vecino descubriera quién los visitaba. La entrada era amplia, con muebles de madera oscura. No le invitó a sentarse, sino que fue directa al grano:

– ¿Qué has venido a buscar?

– No lo sé. Me imagino que no me esperaba, después de tanto tiempo. Puedo entender que me reciba con desconfianza. Me telefoneó la psicóloga de Mónica y me dijo que está viva. No podía dejar de pensar… Querría verla.

– ¿Habías llegado a creer que estaba muerta? -Había reproche en la voz, que hablaba muy bajito.

– ¡Naturalmente! Cuando me fui del hospital, estaba seguro de que se moría. Los médicos me lo aseguraron.

– No pudiste esperar ni una hora, ni un minuto más.

– No, señora, no podía sentarme a verla morir.

– Se salvó.

– Me lo han dicho. Por eso he venido.

– Tendría que echarte de esta casa. Quién sabe si sería lo mejor para ella. Es lo que querría mi marido.

En un extraño juego de coincidencias, se oyeron los pasos de alguien que bajaba la escalera del comedor. Una voz de hombre se impuso:

– ¿Quién es? ¿Tenemos visita?

La mujer se apresuró a contestar:

– No, no. Vete tranquilo al huertecito. Estoy hablando con la vecina. En seguida iré contigo.

Marcos la miró, extrañado.

– ¿Por qué no se lo ha dicho?

– No quiero que haya peleas.

– Nadie lo quiere.

– Ella nunca nos habla de ti. Intuye que nos haría daño, que no lo permitiríamos, pero puedo adivinar su tristeza. Pienso en ello todas las noches, antes de dormirme. Esa pobre hija mía, que ha perdido tanta vida, merece ser feliz. No puedes imaginarte lo lento que ha sido su regreso. No se murió, pero la perdimos porque era otra persona. Desde que te recuerda, vuelve a ser la misma. Lo sé.

– Yo también he cambiado.

– Todos cambiamos. Es el paso del tiempo. Su transformación fue mucho más dura. En casa no hablamos mucho: mi marido padece del corazón y se altera fácilmente; por esa razón no he querido que os encontrarais. Se lo diré después. Si le digo las cosas con calma, llega a entenderme. Es un buen hombre que ha padecido mucho. Nunca hiciste ningún esfuerzo por acercarte a él. Mónica y tú erais tan jóvenes. Estabais convencidos de que todos los vientos os irían a favor. Mira por dónde… No es un reproche. Cuando se es joven, la vida parece muy sencilla. ¿Quieres verla?

– Sí.

– Está en la ermita. Va muchos días para andar un rato. Le gusta sentarse a leer versos a la sombra de los pinos. ¿Recuerdas el camino?

– Hay dos.

– Ella siempre va por el más estrecho.

– Iré a buscarla.

– Hazlo con cuidado. Piensa que todo es nuevo para ella. Cuando te vayas, sabré si he hecho bien ayudándote a encontrarla. Este pensamiento me torturará, aunque sé que no podría actuar de otra forma. No hagas que tenga que arrepentirme.

– De acuerdo.

A menos de dos kilómetros del pueblo, sobre una colina, estaba la ermita del Santo Cristo del Remedio. Dos caminos serpenteantes llegaban hasta allí. Uno de ellos, La Canastreta, era peatonal, angosto, y tenía una gran pendiente. El otro era el camino Ancho. Allí, la inclinación se hacía más suave, y podían circular los coches. Los caminos se unían en el puente del torrente, donde nacía una subida que llegaba hasta la ermita. Delante del portal de la entrada, rodeada de pinos, había una cisterna. Al fondo, podía contemplarse la silueta de Llubí. Marcos fue al encuentro de Mónica. Cuando se dio cuenta de que estaba corriendo pendiente arriba, intentó contenerse. Se preguntó a quién buscaba. Tras hablar con la psicóloga, había intuido que era una mujer distinta. Las palabras de su madre se lo confirmaron. ¿Cómo podía no serlo, si había vivido en la desmemoria más profunda? Sería un encuentro curioso: el hombre que quiso olvidar una historia; la mujer que la olvidó sin quererlo. Sus ritmos eran antagónicos, porque mientras él se había esforzado en borrar los recuerdos, ella iniciaba la aventura de redibujarlos. El miedo nos hace sentir absurdos, poca cosa. Se paró de golpe, a punto de dar la vuelta. Podía hacerlo: retroceder unos metros, entrar en el coche y marcharse. Sería fácil desandar el camino hacia el aeropuerto. Volvería a Roma sin haber padecido el dolor de una nueva pérdida. Se refugiaría en los textos que tenía que traducir, en el esfuerzo de volver a la realidad. Miró el azul del cielo, las colinas, las casas. Era capaz de negar que hubiera existido ese día, la hora absurda en que volvió a ser vulnerable. Se lo negaría incluso a sí mismo. «Las cosas acaban siendo como nos dicta la voluntad -se dijo-. Si no lo contamos a nadie, nuestro secreto va perdiéndose entre las arrugas de la piel, a medida que el tiempo nos transforma.