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Tres portaladas redondas de hierro dan paso al recinto. Alzándose sobre columnas, cuatro figuras de mármol reciben a los visitantes. Son alegorías del Silencio, la Caridad, la Esperanza y la Meditación. Las de los dos extremos tienen una actitud triste. Las de en medio abren los brazos, como una invitación a entrar. Dana va vestida de negro. En el brazo lleva la pulsera de oro y coral que él le regaló. La joya mágica. Cuando bajan del taxi, coge la mano de Matilde. Sus padres la acompañan. Han venido de Mallorca para asistir al entierro de Gabriele. Los mira con tristeza, sin saber qué decirles. La abrazan. Han llegado acompañados por Luisa, la amiga farmacéutica, que ya ha compartido con ella otros dolores. Cuando cruzan la entrada, recorren un camino con una suave pendiente. Las tumbas son de mármol y están rodeadas de cipreses, que dan la bienvenida. En el centro, una explanada abierta como un abanico. Caminos transversales la cruzan. Empieza a llegar gente. Alguien comenta que, a la derecha, en el primer sendero, está la tumba de Garibaldi. La familia y los amigos recorren el camino en silencio, tras el ataúd que llevan en hombros los más íntimos. Dana los observa desde la lejanía, aunque esté junto a ellos. Le cuesta identificar las caras, ponerles nombre. El abuelo no está. El viejo patriarca de los Piletti se ha negado a acudir a la cita. Antonia llega cuando la comitiva ha empezado a andar; tiene el aspecto de quien no ha podido dormir.

Dana se fija en la tumba de una mujer joven; es de mármol oscurecido por los años. Siempre había creído que en los cementerios se respiraba paz, pero en esa lápida puede percibir la desolación. Allí está enterrada la condesa Gina Mattias Benedettíni. Su epitafio reza: «Bella come un angelo / hai lasciato sulla terra / la tua giovinezza.» «La tua giovinezza», murmura. Aunque no lo habría creído posible, la tristeza se hace más profunda. Gabriele era demasiado joven para morir. Una sensación de injusticia la llena de furia. Dura poco tiempo: no tiene suficiente espacio en el cuerpo para meter la rabia. En el cementerio hay una plaza rodeada de columnas. Son de color amarillo muy pálido. Aquí y allá, imágenes de ángeles con alas inmensas. Algunas esculturas de mármol representan a mujeres postradas. En el centro, un ángel más grande que los demás. Lleva una túnica, abre los brazos. Intuye que la invita a abrazarlo. Tiene los cabellos rizados de Gabriele.

La tumba es una superficie de mármol. Tiene dos anillas de hierro cubiertas por una pátina verdosa, que indica el paso del tiempo. En la piedra, grabadas con letras mayúsculas, está el nombre de un antepasado: Domenico Piletti. Descubren una abertura vertical en la tierra. Es un abismo profundo. Sin pensarlo, Dana intenta asomarse. Inclina el cuerpo, pero sólo ve oscuridad. Se pregunta cómo puede dejarle allí, en un lugar tan tenebroso. ¿Qué ocurrirá cuando caiga la lluvia y forme regueros sobre la piedra? Tendrá frío, estará solo. Alguien reza oraciones que tienen cadencia de letanía. Con el impulso, está a punto de caer en el agujero. Se dejaría llevar sin temor, con el deseo de ocupar un espacio a su lado. Le contaría historias en voz queda, para que no le diera miedo la negrura. Unos brazos la retienen por los hombros, mientras extiende las manos hacia el féretro. No verá nunca más el rostro que ama. Ha bajado el telón, se apagan las últimas luces de esa absurda representación que es la vida. Es perfectamente consciente de la dimensión de la despedida. Entonces se abraza a la caja con una fuerza que no reconoce como propia. No ve a nadie ni oye ninguna voz. Está sola.

Los brazos que la han sostenido la levantan. Con la espalda apoyada en un cuerpo que todavía no identifica, ve cómo bajan el ataúd a la fosa. Oye el ruido brusco de la piedra al cerrarla, sigue el sonido del albañil que cierra la abertura con cemento. Una niña ha lanzado una rosa blanca. Es una tímida pincelada de luz, que la oscuridad se traga. Las manos que impiden que caiga se hacen todavía más firmes, dispuestas a protegerla. Los ojos de Dana captan con dificultad los movimientos de la gente, los rostros que la rodean. Los presentes susurran palabras de condolencia que parece que escucha, pero que se le deslizan por la ropa, y caen al suelo convertidas en piedrecillas diminutas. Un poco más lejos, le parece distinguir el rostro lloroso de su madre, y se da cuenta de que ha envejecido. Una conciencia feroz del paso del tiempo se impone. Lo agradece en silencio. Algún día se mirará en el espejo y será una mujer mayor. Tendrá la piel del cuerpo rugosa, con los surcos que la vida se habrá entretenido en grabar. No faltará mucho para que le llegue la hora. Una sensación de consuelo la invade momentáneamente.

Las manos que le rodean la cintura la estrechan. Entonces se fija de pronto, y le resultan familiares. Cuando se vuelve, se encuentra cara a cara con Marcos. Ha sido quien la ha retenido junto al abismo de la tumba de Gabriele. No esperaba que estuviera allí. Antonia no había vuelto a hablar de él, ni ella había tenido ánimos de preguntarle. Al verle, oculta el rostro en su pecho. Llora en silencio, sujetándose al cuello de su americana. Tiene la sensación de haber encontrado un refugio. Querría ocultarse de la multitud que rinde homenaje al más joven de los Piletti, escaparse del sol que se atreve a iluminar la mañana, cuando tendría que dejar el mundo en tinieblas. Marcos la abraza, incapaz de pronunciar palabra. Pasan algunos minutos, hasta que le dice:

– Lo siento, querida. Discúlpame por no haber podido estar antes a tu lado. He vuelto en seguida que lo he sabido.

Le mira. Sin demasiada sorpresa, intuye de dónde viene. Se dice que la vida es extraña. Cuando todo parece plácido, sopla un viento del norte que transforma los paisajes. Murmura:

– ¿Has ido a buscar a Mónica?

– Sí -le responde él con voz serena.

– ¿Y ahora?

– No es el momento de hablar. He vuelto a encontrar a alguien que creía perdida para siempre. Te pareceré un estúpido, pero estoy decidido a retomar aquella historia.

– No eres un estúpido. Eres afortunado: la vida te ofrece la opción de rectificar, de elegir. Eso es un gran privilegio. Yo no tendré nunca esa opción. Mis ojos han visto cómo le enterraban. Gabriele está muerto.

– Nunca me perdonaré haberte dejado sola. Si lo hubiera sospechado, te aseguro que no me habría ido.

– No eres un adivino. Tenías que ir a Mallorca. ¿Estás decidido a vivir allí de nuevo?

– Sí. Pero antes tenemos que volver al Pasquino.

– No.

– Hace años nos ayudó. Necesitas vomitar tu dolor, Dana. Las penas que se encierran en el corazón nunca llegan a salir. Ya lo sabes.

– Me gusta sentir tristeza. Es la única sensación real que me llena. Ahora soy incapaz de ir a visitar el Pasquino. Cuando pase el tiempo, quizá iré sola.

– ¿Por qué sola?

– Tú estarás en Mallorca.

– Había pensado decírtelo más adelante, pero no puedo esperar: quiero que vuelvas conmigo a la isla. Allí tienes a la familia, a los amigos. Es el lugar donde naciste. El entorno ayuda a superar las cosas. Estoy seguro de que el mar de Mallorca te servirá de consuelo.