– Es igual -ella parpadeó; la lluvia se deslizaba por su rostro como una cascada de lágrimas-. No lo entenderías.
– Vamos -se dio la vuelta y tiró de ella, en dirección a la casa. Habría sido mejor que le diera una bofetada, que negarse a decirle qué había hecho. No iba a seguir allí empapándose.
– Tengo que ocuparme de Shadow -protestó ella, forcejeando. No consiguió liberarse.
– ¿Ahora te preocupas por la yegua? -movió la cabeza-. Uno de los hombres se ocupará de ella.
– ¿Quieres soltarme, Adam? -discutió ella, clavando los talones en el suelo-. Puedo andar sola. Yo cuido de mí misma. Y de mi yegua.
– ¿Sí? -la miró de arriba abajo-. Parece que estás haciendo un gran trabajo, Gina -miró por encima del hombro y señaló con la mano-. Sam ya tiene a Shadow. La secará y le dará de comer. ¿Satisfecha?
Ella echó un vistazo. Observó cómo guiaban a su yegua al establo seco y caliente. La poca fuerza que le quedaba se desvaneció. Se tambaleó y a Adam le dio un vuelco el corazón. Había revolucionado su vida y acababa de hacerle gritar como un poseso cuando él no gritaba nunca.
– Vamos -masculló. Volvió a agarrarla y tiró de ella sin detenerse hasta llegar a la puerta. Abrió, se quitó el barro que pudo de los zapatos y entró en la casa-. ¡Esperanza!
La mujer mayor salió de la cocina al vestíbulo y corrió hacia Gina.
– ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí? ¿Está bien, señorita Gina?
– Sí -dijo Gina, aún intentando librarse de la sujeción de Adam-. Lamento este desastre -añadió, señalando el agua y el barro que se deslizaban por el antes reluciente suelo.
– No importa, no importa -Esperanza miró a Adam con dureza-. ¿Qué le has hecho?
– ¿Yo?
– No -interrumpió Gina rápidamente-. No fue Adam. Me pilló la tormenta.
Aun así, Esperanza lanzó a Adam una mirada fulminante que decía con claridad: «Podrías haber evitado esto si lo hubieras intentado». A él le dio igual. No iba a quedarse allí parado defendiéndose mientras Gina se helaba hasta morir.
– Voy a llevarla arriba -dijo Adam, yendo hacia la escalera-. Nos vendrá bien algo caliente dentro de, digamos una hora. Tal vez un tazón de tu sopa de tortilla, si hay.
– Sí, sí -dijo Esperanza-. En una hora -chasqueó la lengua cuando Adam alzó a Gina en brazos y empezó a subir los escalones de dos en dos.
– Puedo andar -protestó ella.
– No digas una palabra más, ¿me oyes? -rugió él.
Cuando llegó arriba, echó un vistazo y vio que Esperanza estaba limpiando el desastre que habían dejado a su paso. Hora de volver a subirle el sueldo a su ama de llaves.
– Maldición, Adam, no soy una inválida -dijo Gina, golpeándole el pecho con una mano.
– No. Sólo estás loca -dijo él, yendo hacia el dormitorio. Entró y fue directo al cuarto de baño. Era una habitación enorme, alicatada con azulejos blancos y verdes, con lavabo doble, una ducha lo bastante grande para celebrar una orgía y un jacuzzi junto al mirador que daba a los espectaculares jardines traseros. En ese momento, con la lluvia chorreando por los cristales, la vista era una borrosa mezcla de gris y negro.
– Desnúdate -ordenó, dejándola en el suelo.
– No pienso hacerlo -replicó ella.
– Bien. Entonces lo haré yo por ti. Como si no supiera manejar tu cuerpo -llevó las manos a los botones de su camisa, pero Gina le dio un palmetazo. No muy fuerte, porque tiritaba y le castañeteaban los dientes-. Te valdría más esperar a tener algo de fuerza si quieres pelear -dijo él, cortante, inclinándose para abrir los grifos de la bañera. Puso el tapón y se volvió hacia ella-. Estás medio congelada -abrió la camisa de un tirón y se la quitó. Luego le desabrochó el sujetador. Gina se puso un brazo sobre los pechos, en un inútil ejercicio de modestia-. Es un poco tarde para los ataques de timidez, ¿no crees?
– No te quiero aquí -afirmó ella. Sus palabras habrían tenido más fuerza si no le temblara la voz.
– Peor para ti -se arrodilló ante ella y empezó a quitarle una bota-. ¿Qué diablos estabas pensando? ¿Por qué has salido hoy? Sabías que venía tormenta. Oíste el parte meteorológico.
– Creí que tendría tiempo -dijo ella poniendo una mano en la encimera para equilibrarse mientras él le alzaba un pie y luego el otro-. Necesitaba…
– ¿Qué? -la miró desde el suelo. Aún debatiéndose entre la furia y el alivio, gruñó-. ¿Qué necesitabas?
– Ya no importa -ella movió la cabeza.
Lo irritó que no le dijera lo que estaba pensando. Dónde había estado. Qué había puesto esa expresión devastada en sus ojos y su rostro. Quería… hacer que se sintiera mejor, maldita fuera. Se preguntó cuándo había empezado a preocuparle lo que ella pensaba, cómo se sentía. Y también cómo podía dejar de hacerlo.
Sacudiendo la cabeza, le quitó los calcetines y empezó a ocuparse de los pantalones. La tela vaquera estaba tan empapada que era difícil de manejar. Tuvo que esforzarse para conseguir bajárselos. Ella volvió a tiritar y Adam curvó los dedos para no acariciarla, para no calentarla con sus manos.
– Estás helada hasta los huesos -siseó.
– Creo que sí.
A sus espaldas, el agua caliente iba llenando la gigantesca bañera y el vapor empañaba los cristales, dejando fuera la noche y el mundo exterior.
– Métete -ordenó Adam.
– Antes vete de aquí.
– Ni lo sueñes -respondió él.
La alzó en brazos como si pesara menos que una pluma y la metió en la bañera. Gina tragó aire cuando el agua caliente tocó sus piernas heladas, pero un instante después se sentó y dejó que el calor la rodease, esperando que llegase también a su corazón.
Gina cerró los ojos y recostó la cabeza, centrándose en la deliciosa sensación del agua caliente alrededor de su cuerpo cansado, dolido y helado. Oyó a Adam pulsar el botón de los chorros de hidromasaje; un segundo después, notó cómo el agua masajeaba su maltratado cuerpo.
Sin duda era irritante, mandón y, en ese momento, el último ser del planeta con quien deseaba estar a solas, pero había tenido razón en lo del baño. Quiso agradecerle que hubiera encendido los chorros, pero cuando abrió los ojos vio que Adam se estaba desnudando.
– ¿Qué estás haciendo?
Él la miró con furia, se bajó los vaqueros y los dejó en el suelo, junto a la camisa mojada y las botas. Gotas de agua caían de su pelo y corrían por su torso desnudo.
– ¿A ti qué te parece?
– Sé bien lo que me parece -dijo ella, alejándose hasta el otro extremo de la bañera.
Su cuerpo empezaba a encenderse sólo con verlo. Era un imperativo biológico: ver a Adam desnudo y sentir un excitante cosquilleo.
Se preguntó si eso duraría para siempre.
Pensó que si podía aguantar sin verlo durante diez o quince años, seguramente llegaría a controlar la reacción. Pero en ese momento empezaba a sufrir el embate de sus hormonas, a pesar de las advertencias y predicciones negativas que le gritaba su cerebro.
Él entró en la bañera y se sentó frente a ella.
– Estaba preocupado -dijo.
Gina sintió una punzada de algo cálido y dulce durante un instante. Unas semanas antes, incluso unos días antes, habría adorado oír esas palabras de boca de Adam. Le habrían dado esperanza, haciéndole pensar que aún había una oportunidad para ellos.
Pero eso se había terminado.
Gina lo miró a los ojos y sólo pudo pensar que ya no era suficiente. La preocupación y el miedo a que estuviera herida habrían sido iguales en el caso de un vecino. O un conocido.
Ella quería más.
Y no iba a conseguirlo.
– Sigues teniendo frío -dijo él.
– Sí -admitió Gina. Era un frío intenso. El mayor que había sentido en toda su vida. Pensó que más le valía acostumbrarse a sentirlo.
– Eso puedo solucionarlo.