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– Maldición, Sal. ¿A qué ha venido eso? -gritó-. ¿Querías ver si podías reírte de mí?

– Era una especie de prueba -admitió Sal, deteniéndose frente a él-. Para saber si amabas a mi Gina -entrecerró los ojos-. Ahora lo sé.

Adam se pasó una mano por el pelo y después por el rostro. Amor. Era una palabra en la que había evitado pensar durante las últimas semanas. Incluso cuando yacía insomne planeando bien volar a Colorado para secuestrar a Gina, bien enterrarse en trabajo hasta el cuello, se había prohibido pensar en esa palabra.

No entraba en su plan.

Había probado el amor antes y no se le daba bien. El amor confundía a las personas. Arruinaba vidas. Acababa con algunas de ella. No quería repetir. Aunque el corazón estuviera otra vez vivo y dolido.

– Siento decepcionarte. Por supuesto, me he preocupado por ella. Pero si está bien no entiendo la razón de esta visita -volvió a sentarse, alzó un bolígrafo y miró los papeles que tenía delante-. Gracias por venir.

Pero Sal no se marchó. Se inclinó, apoyó las manos en el borde del escritorio y esperó a que Adam volviera a mirarlo antes de hablar.

– Tengo algo que decirte, Adam. Algo que tienes derecho a saber.

– Entonces dilo y acabemos de una vez -masculló Adam, preparándose para recibir la noticia que hubiera ido a llevarle.

Tal vez Gina ya se había enamorado de otro; la idea le dolió como una puñalada, a pesar de que la rechazó enseguida. Aunque pareciera que Gina faltaba hacía años, sólo habían pasado unas semanas.

– Gina ha perdido al bebé.

– ¿Qué? -susurró la palabra y el bolígrafo cayó de sus dedos inertes-. ¿Cuándo?

– Ayer -dijo Sal con expresión de dolor.

«Ayer». Adam se preguntó cómo podía haber ocurrido algo así sin que él lo percibiera. Lo intuyera de algún modo. Gina había estado sola y él había estado encerrado en su mundo. Ella lo había necesitado y él no había estado allí.

– ¿Y Gina? ¿Cómo está Gina? -Adam pensó que era una pregunta estúpida. Sabía cómo estaría. Había deseado mucho ese bebé. Estaría devastada. Destrozada. Con el corazón roto.

Un momento después comprendió, para su sorpresa, que sentía esas mismas emociones. Una profunda sensación de pérdida para la que no estaba preparado y que lo dejó sin habla.

– Se recuperará con el tiempo -le dijo Sal con suavidad-. Ella no quería que te enterases, pero a mí me pareció que lo correcto era decírtelo.

– Por supuesto que sí.

Claro que tenía que saberlo. El bebé que habían concebido había muerto. Aunque no había llegado a respirar, Adam sintió su pérdida con tanta intensidad como había sentido la de Jeremy, años antes. No era sólo la muerte del bebé. Era la muerte de sueños, esperanzas y futuro.

– También quería decirte que Gina se quedará en Colorado -añadió Sal, cuando Adam lo miró.

– Ella. Se quedará. ¿Qué? -Adam sacudió la cabeza, intentando concentrarse a través de la niebla de dolor que paralizaba su cerebro.

– No va a volver a casa -dijo Sal-. A no ser que algo consiga hacerle cambiar de opinión.

* * *

Adam no se percató de la marcha de Sal. En su mente destellaban imágenes de Gina y un dolor insoportable atenazaba su corazón. Llevaba semanas pensando sólo en ella, a pesar de que intentaba aislarse del mundo y volver a la solitaria existencia a la que se había acostumbrado.

Por más que lo había intentado, ella invadía su mente. Tentándolo y torturándolo. Llevándolo a preguntarse cómo estaba, dónde vivía y qué le diría a su hijo de él.

Pero ya no había bebé. Gina estaba sufriendo, sintiendo aún más dolor que él y estaba sola. A pesar de su familia, estaba tan sola como él. De repente, Adam supo qué era lo que más deseaba en el mundo: quería abrazarla, secar sus lágrimas, consolarla y dejarse envolver por su calidez.

Quería dormirse abrazándola y despertarse y ver sus ojos. Se puso en pie y miró por la ventana. Los árboles centenarios que bordeaban el camino de entrada se movían al viento y sus hojas, ya doradas, se soltaban y volaban por el aire. El otoño ya estaba allí, pronto los días serían fríos y, las noches, demasiado largas.

Igual que su vida sería larga, fría y vacía sin Gina.

– Esperanza tiene razón -masculló, llevando la mano al teléfono-. Al menos a medias. Soy un idiota, pero eso se acabó.

Gina rió al ver al niño botar en la silla. Estaba tan emocionado siendo un «vaquero» que no había dejado de sonreír desde que lo había montado en el caballo.

Por suerte, aunque su hermano Nick era entrenador de fútbol, tenía un pequeño rancho en las afueras de la ciudad. Pensó que se podía sacar al chico del rancho, pero era imposible sacar el rancho del chico. Y estar allí, trabajando en la pequeña propiedad de Nick y de su esposa la había ayudado mucho. Había pasado tiempo con sus sobrinos y su sobrina y se había mantenido tan ocupada que sólo había podido pensar en Adam cada cinco minutos.

Sin duda eso podía considerarse un progreso.

– Estás pensando en él otra vez.

– Sólo un poco -se dio la vuelta y sonrió a su hermano mayor.

– Anoche hablé con Tony -dijo Nick, apoyando los antebrazos en la valla del corral-. Si te sirve de algo, dice que Adam tiene un aspecto horrible.

No era un gran consuelo, pero Gina lo aceptó. Apoyó la espalda en la valla.

– ¿Estaría mal decir «me alegro»?

– No. En absoluto. Tony está dispuesto a ir a darle una paliza. Sólo tienes que dar la orden.

– Sois dos tipos geniales.

– Siempre te lo hemos dicho -sonrió y sus ojos chispearon.

Ella le devolvió la sonrisa. En ese momento un coche llegó por el sendero. No reconoció la furgoneta amarilla, así que su corazón no se aceleró hasta que el conductor descendió.

– ¿Quién iba a decirlo? -farfulló Nick.

– Adam -suspiró Gina, enderezándose y deseando estar mejor vestida. Era una tontería, pero su parte femenina no podía evitar sentirse irritada por lucir vaqueros ruinosos y botas sucias en el momento de la visita sorpresa de Adam.

– Nick, ¿podrías vigilar a Mikey?

– Desde luego -afirmó su hermano-. Si me necesitas para librarte de Adam, dame un grito.

Gina no quería librarse de él. Quería disfrutar con sólo mirarlo. Era penoso. Pero él estaba impresionante, incluso más guapo que en las imágenes que veía cada vez que cerraba los ojos.

Se obligó a ir hacia él con pasos cortos, aunque su instinto le gritaba que corriera a sus brazos y no lo dejara marchar nunca. Gina se preguntó cuánto tiempo tenía que pasar para que el amor se desvaneciera. Meses, años…

– Gina -la saludó. Ella tuvo la sensación de que su voz grave le reverberaba en el pecho.

– Adam. ¿Qué haces aquí?

– Tenía que verte -se frotó la nuca con una mano-. Vine en uno de los jets de la familia. Alquilé un coche en el aeropuerto… -miró la furgoneta con desagrado.

– Ya veo. Bonito color.

– Era lo único que tenían.

– No te he preguntado cómo has venido -Gina sonrió-. Sólo por qué estás aquí.

– Para verte. Para decirte…

Sus ojos brillaban de emoción, más de la que Gina había visto nunca en ellos. Gina se preguntó qué ocurría. Sintió un destello de esperanza, pero lo contuvo de inmediato. No tenía sentido crear una burbuja que Adam haría estallar de un momento a otro.

– ¿Estás bien? -Adam la miró de arriba abajo, con preocupación-. ¿Deberías estar en pie?

– ¿Qué? -se rió de él-. Estoy bien, Adam. ¿Puedes decirme qué ocurre?

– Te he traído algo -sacó un papel doblado del bolsillo y se lo ofreció-. Esto es tuyo.