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Ella saltó a la superficie detrás de él, mirando alrededor. Lo podía oler pero no verlo. Alzo la vista. Dominic cayó del techo aterrizando a horcajadas sobre su espalda, enredándole las piernas alrededor del vientre y los brazos fuertemente envueltos alrededor del cuello. Ella giró al instante, repetidas veces, hasta que sintió que aflojaba su agarre. Utilizando su enorme fuerza, ella saltó unos buenos tres metros en el aire, bajó la cabeza hacia la tierra y lo lanzó sobre su hocico. Él aterrizó de espaldas y antes de que pudiera volver a disolverse, Solange se abalanzó sobre su pecho.

Riéndose, él literalmente la levantó, arrojándola por el aire, dio un salto mortal y se puso de pie. Ella era rápida y fuerte y él podía sentir la alegría estallar por su cuerpo ante el juego áspero y rudo. Casi había olvidado como jugar.

Solange giró en medio del aire, atravesó el cuarto y cargó, levantándose sobre sus patas traseras en el último momento cuando se juntaron, apoyó las grandes patas delanteras sobre sus amplios hombros, con las manos de Dominic sobre sus patas. Bailaron en círculo, cada uno ejerciendo su fuerza sobre el otro, tratando de empujarlo. Dominic se encontró de repente más cerca, vientre contra vientre, envolviéndola con sus brazos, anhelándola de improviso.

Cambia. Quiero sentirte cambiando en mis brazos. Él sabía que había seducción en su voz. Su cuerpo era implacable ante su necesidad de ella, las urgentes demandas eran cada vez más difíciles de ignorar, aún con sus siglos de disciplina. Quería excitar su suaves y exuberantes curvas, aunque no pudiera tenerla todavía. Necesitaba besar la perfecta boca, y si había usado inconscientemente su voz hipnótica, que tenía poco efecto en su real… línea de sangre, no podía evitarlo.

Ella se rió suavemente, el sonido tarareó por cada terminación nerviosa del cuerpo de Dominic. Él sintió el deslizamiento de la mente de ella en la suya. Estabas pensando “real dolor en su culo”, pero cambiaste de opinión por si acaso yo escuchaba ¿verdad?

Él frotó su cabeza contra el grueso y rico pelaje del hocico del jaguar. Estaba pensando en tu hermoso trasero, es cierto. Cambia, ahora mismo mientras te sostengo. Esta era una maniobra muy difícil, como lo era el cambio corriendo.

¿Me retas? Puedo hacerlo, lo sabes.

Él la sintió brillar ante su seguridad. Su mente se torno más suave, más íntima, abriéndose más a él, como si su aprobación le permitiera relajarse en su compañía solo un poco más.

Seré de más ayuda cazando de esta forma.

Es verdad y puedes volver a cambiar cuando nos vayamos, pero ahora mismo me gustaría abrazar a mi mujer y darle las buenas noches. Lo cual era totalmente cierto, aunque él quisiera trazar un mapa de su cuerpo con las manos y la boca, además de aprenderse de memoria cada curva y cada valle para siempre.

Él sintió el movimiento en su mente primero, ese impresionante momento cuando la mujer alcanzaba su forma; la mente rápida e inteligente, el suave y casi temeroso principio de su sensualidad, de su conciencia; la vacilación al descubrirse desnuda en sus brazos; la rápida reunión de valor para realizar lo que él le había pedido, porque adoraba complacerlo. Ansiaba la aprobación en sus ojos, en su mente, y la pequeña sonrisa que él siempre le otorgaba cuando hacia lo que le pedía. Lo cual no solo era humillante, sino también una tremenda responsabilidad.

Sintió el tirón de sus huesos, el estallido y el crujido de la transformación de un cambiaformas. La piel retrocedió a lo largo de sus brazos y pecho. El hocico se retrajo. El jaguar giro la cabeza apartándola de él, dejando caer la barbilla para proteger su garganta expuesta.

Mírame. Mírame a los ojos. No podía perderse la intensidad del momento. Verla viniendo a él. Necesitaba este momento. Tenía que examinar los ojos de su gata y ver aparecer a su mujer. Surgir solo para él. Porque ella nunca haría tal cosa con nadie más, dejar que alguien atestiguara su total vulnerabilidad en ese instante, cuando estaba completamente a su merced, incapaz de protegerse como jaguar o humana.

Esos asombrosos ojos verdes brillaron para él. Toda inteligencia. Mirándolo a él, a su interior. Él mantuvo la mirada fija en la de ella, sosteniéndola en su momento más indefenso, viendo el miedo desgarrador, inhalando su lucha por confiarle su vida, con la misma esencia de quien ella realmente era. Sabía que ella luchaba con su propia naturaleza, esa naturaleza evasiva y salvaje que insistía en que permaneciera sigilosa, escondida del mundo. Pero por él, luchaba para exponerse en su posición más débil. Sus ojos cambiaron de manera sutil, todavía rasgados, todavía enormes, pero mucho más humana. Parecía casi aterrorizada, pero no apartó la mirada, tampoco se separó cuando su forma menuda se deslizó contra la de Dominic.

Dominic sostuvo las suaves y sedosas curvas apretadas contra la dureza de su cuerpo, mirando la expresión cambiante de esos ojos, del miedo a la alegría. Sus largas pestañas se agitaron y la dulce timidez asomó en esos brillantes ojos verdes, una mirada que sacaba apresuradamente a la superficie cada instinto protector de él. Todavía sosteniendo su mirada inclinó la cabeza hacia la suya, tomándose su tiempo, lentamente centímetro a centímetro, queriendo verla encontrar su natural sensualidad. Necesitaba que ella lo deseara tanto como él necesitaba el suelo que día a día lo rejuvenecía.

Los ojos de ella se volvieron somnolientos, atractivos. Sus labios se separaron con anticipación. La dejó sin aliento cuando sus labios se apoderaron de los de ella. Sus manos se deslizaron hacia las curvas de su real trasero y la levantó por la cintura, mientras tomaba posesión de su boca.

Estaba muy duro; su erección llena y dolorosa, y por un momento la entrada acalorada descansó sobre la punta palpitante de su miembro, tentándolo más de lo que podía soportar. Pero ella tenía que saber a ciencia cierta lo que quería, por mucho que él no quisiera admitirlo para sí mismo, ella todavía no confiaba plenamente en él. No se había entregado completamente a él.

Poniéndola sobre la manta tejida, sus manos le rozaron el cuerpo mientras la besaba. Cuando levantó la cabeza, ella parecía un poco aturdida, confundida y hasta decepcionada.

– Buenas noches, Solange -saludó.

La medio sonrisa de Solange se convirtió en un ceño fruncido cuando posó la mirada sobre la pesada erección que rozaba su estomago.

– No entiendo. Claramente me deseas.

– Sí. -Le sonrió, deslizaba el pulgar por el pequeño ceño fruncido de su cara.

– .Te deseo.

– Un poco. No lo suficiente. Solange, tienes dudas.

Ella lo recorrió con su mirada, solo un pequeño y rápido movimiento, pero fue bastante para decirle que tenía razón. Solange sacudió la cabeza.

– Realmente te deseo. Mi cuerpo está en un constante estado de excitación.

Fue difícil para ella confesarlo. Podía ver que había tenido que hacer un tremendo esfuerzo para decirle la verdad. Pero se sentía victorioso porque lo hubiera hecho. Estaba mucho más cerca de aceptarlo de lo que él pensaba.

– Como está el mío -estuvo de acuerdo él-. La diferencia es, kessake, que debo cuidar de tus necesidades. Tú también quieres cuidar de tus propias necesidades.

Ella abrió la boca para protestar y luego la cerró de repente, su ceño se hizo más profundo. Le estudió la cara y luego su mirada se desvió hacia su desvergonzada y gran erección.

– ¿No se supone que debe ser mutuo?

– No para mí. Necesito sentir tu aceptación Solange. En tu mente, en tu corazón, en tu misma alma. Cuando ardas por complacerme, cuando sea la única cosa que te importe, entonces sabré que me aceptas.