Tomó un profundo aliento y admitió la verdad ante él.
– No puedo pensar de lo mucho que te deseo.
La mirada de Dominic saltó a la de ella.
– ¿Confías en mí lo suficiente, Solange? No sólo deseo tu cuerpo. Quiero que te entregues completamente a mí. Cualquier cosa que te pida. Cualquier cosa que necesite. Incluso si te asusta un poco, si confías en mí, podemos tenerlo todo. No va a haber marcha atrás una vez que nos comprometamos. Nos uniré y no hay retirada de esa posición. Nuestras almas estarán unidas y no habrá salida para ninguno de los dos. No puedes cometer un error. Mis necesidades serán las tuyas. Cada momento de tu vida estará dedicado a mí. A mi placer y comodidad. Te entregarás a mi cuidado, tu salud y felicidad, toda a mi cargo.
Ella se tragó el miedo que se estaba alzando. Se negaba a ser derrotada en esto, su única posibilidad de felicidad.
– Porque tu cuidado está en mis manos.
Ella quería que él viera que entendía lo que estaba intentado decirle. Todo lo que pensaba, todo lo que le importaba, era importante para él… y él quería ser igual de importante para ella.
Él asintió lentamente. La habitación parecía muy tranquila y extremadamente silenciosa, como si incluso su guarida contuviera la respiración. La mirada de él permaneció firme en la de ella.
Solange tomó un aliento y sonrió, el martilleo de su corazón se tranquilizó buscando encontrar el ritmo del de él. Nunca se había sentido tan segura de nada.
– Te deseo con todo mi corazón, Dominic. Puede que tenga miedo a veces, pero confío en que me prestarás ayuda. Y te lo prometo, haré todo lo posible por hacerte feliz.
Los ojos de él se volvieron de un azul profundo y penetrante. Su voz descendió a una nota baja y seductora con la que Solange había llegado a familiarizarse.
– He esperado mucho tiempo para oírte decir eso.
Sus dedos le acariciaron el pecho. El pezón se tensó y se inclinó hacia delante para capturarle el pecho en el caldero hirviente de su boca.
Ella gritó, arqueando la espalda, subiendo las manos para acunarle la cabeza. El cabello sedoso de él fluyó por sus brazos y echó la cabeza hacia atrás mientras el fuego la envolvía y ardía en su interior. Dominic tenía una boca mágica, ardiente y tan talentosa.
Se sintió un poco aturdida cuando él la levantó de la silla y la llevó al medio de la cámara. Un ondeo de su mano cambió la habitación entera. Las velas volvieron a la vida a lo largo de las paredes, con llamas tan altas que sólo un suave brillo lanzaba luz por la habitación. La alfombra pareció espesarse bajo sus pies desnudos, aunque en realidad todo lo que Solange veía era al hombre que estaba de pie frente a ella.
Muy suavemente él le deslizó la bata de gasa del dragón de los hombros, dejando que la tela elástica se amontonara alrededor de sus pies. El aliento se le quedó atascado en la garganta cuando sintió el trozo de encaje bajar por su piel desnuda. Él la cogió por los hombros, bajando la mirada a su cara girada hacia arriba. El corazón de Solange atronaba en su pecho, casi hipnotizada por el control absoluto de él, por su enorme fuerza, pero sobre todo por el calor de sus ojos. Se estremeció bajo su toque, incapaz de apartar la mirada de la creciente intensidad de esos ojos. Él deslizó las manos por los brazos hasta las muñecas, estudiándola con toda su atención.
La miró a los ojos unos momentos más, manteniéndole la mirada cautiva mientras entrelazaba gentilmente sus dedos con los de ella y le apartaba los brazos del cuerpo. Muy lentamente, su mirada cayó en una larga inspección del cuerpo femenino.
Ella sintió como se ruborizaba y los pezones se pusieron de punta bajo tan hambrienta mirada. Donde antes podría haberse sentido avergonzada, ahora que podía ver la apreciación en esos ojos, el deseo absoluto, se sentía más sensual que nunca. Más mujer que guerrera. Se enorgullecía del hecho de excitarlo.
– Me encanta la forma en que tu cuerpo se humedece por mí -dijo él, inhalando su fragancia de bienvenida.
Ya le había dicho esto muchas veces, pero esta vez lo sentía diferente, sabiendo que le estaba diciendo la pura verdad. Se ruborizó hasta un tono más profundo de rosa. Estaba húmeda por él. Dispuesta. Él no la había tocado y su cuerpo había respondido con una necesidad urgente, tensándose, sus terminaciones nerviosas ardientes y en carne viva. Descubrió que también estaba orgullosa de lo excitada que él la ponía cuanto estaba cerca de él. Dominic necesitaba que respondiera… y ella lo hizo.
– No puedo evitarlo -respondió-. Mirarte me hace sentir así.
Él le sonrió, una sonrisa lenta y sexy que hizo que el corazón se le tensara en el pecho. Dominic tiró de su cuerpo desnudo, lenta e inexorablemente, hasta el suyo completamente vestido.
– Desvísteme, kessake.
Ahí estaba, todo lo que había estado esperando… anhelando. Los ojos de él se habían vuelto negros con una mezcla potente y muy intensa de amor y lujuria. Sintió la respuesta instantánea de su propio cuerpo, ya completamente concentrado en el de él. Podía contar las pulsaciones del corazón de Dominic. Conocía el fluyo y reflujo de la sangre en sus venas. Conocía su mente y su corazón. Por fin tenía la oportunidad de conocer su cuerpo, de memorizar cada músculo, cada zona erógena.
Le deslizó la elegante chaqueta de los hombros, doblándola cuidadosamente y colocándola casi reverentemente sobre el pequeño asiento junto a la charca. Una ráfaga de calor le coloreó la piel cuando deslizó las manos hacia abajo por la camisa y luego fueron hacia los botones. Apenas podía respirar mientras abría cada uno para revelar el pecho desnudo. Una vez más le apartó la tela de los hombros. Sostuvo la seda blanca contra su cara, inhalando la fragancia profundamente a los pulmones antes de doblarla y colocarla pulcramente en el banco.
El calor explotó a través de su cuerpo cuando pasó las manos por el pecho y bajó por el plano estómago antes de caer en la parte delantera de los pantalones pulcramente planchados. Estaba de pie descalzo, con los zapatos colocados bajo el banco como si los hubiera puesto allí ella misma, lo que le permitió arrodillarse ante él mientras le bajaba los pantalones por las piernas largas. Él le colocó la mano gentilmente sobre el hombro mientras salía de ellos, una pierna cada vez.
El aliento de Solange se le quedó atascado en la garganta cuando la pesada erección se liberó. Estaba grueso y lleno, cada centímetro tan hipnotizante como el resto de él. Dobló los pantalones casi ausentemente, con la mirada fija en él. Apenas fue consciente de que la tela abandonaba sus manos para unirse a la pila de ropa sobre el banco. Sólo podía mirar, hipnotizada, irresistiblemente atraída por la prueba de su excitación por ella.
Acunó su pesada bolsa en las palmas y se inclinó hacia adelante para lamer casi impotentemente la pequeña gota perlada que brillaba en la amplia cabeza de su miembro. El aliento abandonó los pulmones de Dominic en una ráfaga explosiva mientras su pene tironeaba con las feroces sensaciones que le atravesaban. Ella se inclinó hacia delante y le arrastró profundamente a la boca, sintiendo satisfacción cuando todo el cuerpo de Dominic se estremeció de placer.
Adoraba lo increíblemente ardiente y liso que lo sentía contra la lengua, el peso que llenaba su boca, deslizándose, oh, tan lento, un poquito más adentro cada vez. Él le permitía controlarlo todo, dejándola acostumbrarse a su tamaño y sensación. Terciopelo sobre acero, llenándole la boca con su calor y su fuego, con su deseo por ella. Se tomó su tiempo, deseando conocerlo íntimamente, cada pulso de su dura carne.
Él gimió profundamente en su garganta cuando ella le pasó la lengua sobre la cabeza amplia y procedió a retirarse para lamer delicadamente una vez más. Lo recorrió con la mirada y la satisfacción se disparó ante la tensa excitación que llevaba tallada en la cara. Él le aferró el cabello en el puño, una luz roja titilaba en las profundidades de sus ojos mientras le empujaba la pene contra la boca. Ella le acarició la cadera desnuda con una mano mientras con la otra trazaba círculos en la base de la pesada erección, y deliberadamente curvó la lengua alrededor de la base de la amplia cabeza.