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Él dio un tirón contra su boca y el aliento le abandonó los pulmones en una ráfaga áspera. Un gruñido de advertencia retumbó en su pecho y garganta. De nuevo, la satisfacción la atravesó. Ella siempre había prestado atención al detalle. Podía hacer esto bien. No iba de ella, iba de él y su placer, e iba a averiguar cómo darle placer.

Lo miró a los ojos, observó los músculos de su mandíbula mientras, con infinita lentitud, tomaba la sensible cabeza de su pene en el hirviente calor de la boca. Las caderas masculinas saltaron involuntariamente, desesperado por que le acogiera más profundamente. Sintió el pellizco erótico de dolor en su cráneo donde los dedos de él apretaron como acto reflejo, y gimió. La vibración atravesó su boca directamente hasta la carne dura y sintió el tirón de respuesta. Permitió que la dura longitud se hundiera en la boca y fue recompensada con un tirón de sus caderas y el sonido de su respiración áspera llenando la cámara.

Las velas titilaron, la suave luz lanzaba sombras a lo largo de las profundas líneas talladas en la cara de él. Su pecho subía y bajaba, brillando como bronce a la luz. Él le ajustó el ángulo de la cabeza para poder deslizarse un poco más profundamente, utilizando pequeños y casi indefensos empujones. Ella sabía que él controlaba sus movimientos, pero adoraba la forma en que no podía estarse quiero, necesitando el ardiente apretón de su boca.

Él latió contra su lengua, y ella adoró la cruda sensación, la textura lisa y el calor ardiente y sexy. Sabía a hombre, un sabor especiado, erótico y muy masculino al que sabía que sería adicta para siempre. Sabía a Dominic, pasión y deseo, amor y aceptación. Le acarició por encima y alrededor, volviéndose más descarada mientras sentía su reacción. Mantuvo la mirada fijada en la de él, observando cada signo de placer, y cuando vio brillar sus ojos, los párpados cayendo pesadamente, aplanó la lengua y frotó el sensible punto justo bajo la corona, el cual había descubierto por puro accidente.

Movió la cabeza, una retirada lenta, todo el rato observando el calor en sus ojos, juzgando su placer mientras acariciaba con la lengua pasándola a lo largo de ese punto dulce. Se detuvo por un momento con la punta entre los labios, observándole contener el aliento, cómo sus ojos se volvían de un azul más profundo, casi negro medianoche, y muy lentamente lo tomó de nuevo. Ardía por la necesidad de complacerlo, de darle el placer exquisito que él le había dado a ella, el mismo cuidado concentrado.

Observar su cuerpo, sus ojos, sentir como crecía la sensación, era tan afrodisíaco para ella. Sintió la respuesta de su propio cuerpo, la presión ardiente entre sus piernas, el dolor en sus pechos y la necesidad que se alzaba tan urgentemente por él. Había una aguda satisfacción en su propia respuesta, pero se mantuvo concentrada solamente en complacerle.

Incrementó la succión, lenta y luego rápida. Dura y luego suave, todo el tiempo su lengua jugueteaba y danzaba. La voz ronca y musical de él se volvió gutural, excitándola. Su empuje se volvió un poco más profundo mientras él patinaba al borde del control. Lo tomó un poco más profundamente y succionó más fuerte, provocando un gemido áspero.

Solange se quemaba viva, por dentro y por fuera. Sentía la boca ardiente, pero entre las piernas estaba en llamas con la urgente necesidad. Deseaba… necesitaba… el cuerpo de él dentro del suyo. Su cuerpo anhelaba el de él, el anhelo era tan abrumador que deseaba saborearlo para siempre en su boca, el cuerpo de él impreso en el suyo para siempre.

La mirada de Dominic se fijó en la de ella, manteniéndola cautiva mientras comenzaba a asumir el control del ritmo, empujando un poco más profundamente. Ella apretó la boca alrededor de él, incrementando la succión, desesperada por él. El empujón rápido y duro le quitó el aliento, pero mientras él penetraba más profundamente ella aprendió rápidamente cómo respirar cuando podía porque no quería parar… ahora no, ni nunca. Adoraba lo que le estaba haciendo, adoraba poder arrebatarle así el control y reemplazarlo con un placer tan descontrolado que no podía concentrarse en nada más.

Él gimió, con la respiración acelerada.

– Basta, kessake, no puedo aguantar.

La mano en su cabello comenzó a tirarle de la cabeza hacia atrás, aunque las caderas se negaban a cooperar, utilizando estocadas rápidas y duras para empujar profundamente en la apretada boca.

Pasó la lengua danzando sobre él, acariciando y rozando, llevándolo al borde mismo de su control. Él apretó la mandíbula y la obligó a echar la cabeza más hacia atrás.

– Esto es demasiado peligroso, Solange.

Ella lo soltó a regañadientes, respirando con dificultad, confusa.

– No entiendo. Deseabas esto. Me deseabas…

– Deseo -corrigió él con los dientes apretados-. Te deseo. Pero no puedo ponerte en peligro. Tengo parásitos en mi sangre que podría pasarte.

– No pueden hacerme daño -señaló ella, frustrada y sintiéndose más molesta por momentos. Se dejó caer al suelo y lo fulminó con la mirada-. Tú comenzaste esto.

– Pensaba que podría mantener el control lo bastante para separar los parásitos y evitar que entraran en contacto contigo, pero se quedan inmóviles cuando estás cerca y no puedo pensar con claridad. Lo siento, Solange. Creí que haría el amor contigo este alzamiento.

Ella levantó el brazo, sus dedos acariciaron la dura y larga erección, observando con una mirada ardiente el estremecimiento que recorría el cuerpo masculino.

– ¿Alguna vez has oído hablar del condón? ¿Los Carpatos no tenéis condones? Porque se me ocurre que si estás tan preocupado, un condón podría ser justo la solución.

La sonrisa fue lenta en llegar.

– No había pensado en eso. Por norma general los Carpatos no necesitan tales cosas.

Capítulo 17

Mírame… ahora mírate a través de mis ojos.

Mírate: la más hermosa sobre la tierra.

De Dominic para Solange

Dominic extendió la mano hacia Solange. Su cuerpo ardía por ella. Apenas podía razonar por la necesidad de su toque, la necesidad de su piel suave deslizándose contra él. Necesitaba desesperadamente estar dentro de ella. Su alma le rugió para que la atara a él, para que reclamara lo que le pertenecía. Para que se unieran por siempre. Su disciplina estaba agotada y nada se interponía entre él y la mujer que amaba.

La levantó en brazos, acunándola. Amada Solange. Ella parecía excitada, sexy y temerosa a la vez. Cada instinto protector de él emergió a la superficie. La mezcla de mujer sensual, tan desesperada por él como él lo estaba por ella, combinada con la inexperiencia inocente sólo se añadía a su necesidad de ser tierno. Había esperado que con la intensidad de su celo felino, ella fuera muy experimentada en hacer el amor, pero estaba claro que no lo era.

El amor era casi abrumador, amenazaba con ponerlo de rodillas. Ella no tenía noción de lo bella y atractiva que resultaba para él. Los carpatos veían lo que había en el interior. El cuerpo era simplemente una cáscara. Quizás porque podían cambiar a cualquier forma que eligieran, el exterior les importaba poco. Pero él podía ver dentro de su corazón y de su mente, y se había enamorado profundamente. Solange era la mujer perfecta para él, con su lealtad feroz, su valentía a toda prueba y su sensualidad natural.

Había esperado durante tanto tiempo, tantos siglos, hasta que toda esperanza por esta única mujer se había desvanecido. La sostuvo acunándola contra su pecho desnudo, apenas capaz de asimilar que ella por fin era suya. Su cuerpo sufría por ella, la sangre caliente palpitaba en su ingle, el pene sufría un dolor constante y fuerte que se negaba a remitir. Su piel, toda esa suave extensión de seda y satén, lo llevaba al borde de la locura. Había sido paciente, esperando a que ella se entregara, que confiara en él lo suficiente, pero los demonios que rabiaban en los machos Carpato nunca se habían calmado, nunca lo dejaban en paz, exigiendo que la atara a él, que la reclamara como suya.