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Ella pasó las manos sobre su torso, levemente, sólo el susurro de un toque mientras él la acostaba suavemente en la cama. Estaba tan alterado por la necesidad, que casi se olvida de la cama. Atrapó su corto gemido en la boca mientras la besaba, su sedoso cabello agarrado en el puño. Se permitió el lujo de perderse en las sensaciones de Solange mientras la besaba una y otra vez. Seda caliente, una promesa de las cosas por venir. Esa fantástica boca se movió contra la suya, toda miel, especias y únicamente ella.

Una fiebre de amor y deseo rugía en su cuerpo. Dominic Buscador de Dragones, perfectamente controlado y disciplinado, no podía controlar durante más tiempo su propia temperatura. La deseaba tanto que apenas podía respirar. Disciplina y control eran su modo de vida. Era una experiencia única arder por dentro y por fuera, tener el corazón martilleando en el pecho y el pene temblando de pura necesidad por una mujer… la necesidad de una compañera.

Adoraba el aspecto que ella tenía bajo él, los ojos tan aturdidos y hambrientos, el deseo desnudo en su rostro. El rubor que se extendía por su cuerpo le encantaba. Los pechos eran preciosos bajo la luz de las velas, una tentación a la que no podía resistirse. Bajó la cabeza, el pelo se deslizó por su cuerpo de tal modo que ella se retorció bajo él, con las terminaciones nerviosas ya inflamadas.

Sus pequeños gemidos entrecortados lo volvían loco y deseaba, necesitaba, más. Cerró la boca alrededor de la suave elevación de su pecho y atrajo dentro el pezón. Un temblor la recorrió y gritó, un pequeño sonido, suave y roto, que casi hace añicos los últimos vestigios de su control. Adoraba los suaves y tentadores pechos, y más aún adoraba su reacción cuando tironeaba y hacía rodar el pezón con sus dientes y dedos. Ella estiró el cuerpo hacia él, se retorció bajo su asalto, y él no pudo evitar fundir las mentes y así sentir cada sensación que manaba de su cuerpo. Debajo de él, el estómago y los músculos de ella se tensaron, meneaba la cabeza salvajemente sobre la almohada. Las caderas se agitaban, buscando su cuerpo.

Él succionó, alentando los suaves gemidos de placer indefenso. El calor se precipitaba por sus venas y ya sentía las contracciones en la matriz de ella.

– Dominic. -Susurró su nombre, una y otra vez, con los puños apretados en el pelo de él, sujetándolo hacia ella.

El sonido necesitado en su voz le elevó la temperatura unos cuantos grados más hasta que pensó que quizás sería posible arder de dentro afuera. Se tomó su tiempo, prodigándole una tierna atención a los pechos, atormentando y tironeando, la lengua danzando, tirando con fuerza con la boca y pasando la lengua con delicadeza, dando diminutos mordiscos y calmando el escozor con un golpe cariñoso de lengua.

Una mano se deslizó sobre el estómago plano, sintiendo cómo los músculos de allí se tensaban y contraían de excitación. Su corazón repiqueteaba bajo la boca, un frenético y rítmico latido que llamaba a su sangre. Los colmillos le llenaron la boca espontáneamente, la tentación invalidó toda disciplina. La lamió a lo largo de la cremosa elevación de su pecho y la mordió con delicadeza. Ella se quedó completamente inmóvil.

Él levantó la cabeza para capturarle la mirada con la suya. Sus ojos de gata habían pasado del verde al dorado. Le cubrió el sexo con la mano, el calor húmedo lo llamaba tan fuerte como el latido de su corazón. Expuso los colmillos, dejando que los viera, sabiendo que el demonio en él estaba cerca de la superficie; le brillaban los ojos. Nada importaba excepto su aceptación… su total confianza.

La respiración de Solange salió en una ráfaga explosiva mientras él empujaba dos dedos profundamente dentro de su caliente vagina. Abrió la boca y los ojos de par en par.

¡Dominic!

Quédate conmigo, kessake. Esto será bueno para ti.

La acarició con delicadeza, sintiendo los temblores que le recorrían el cuerpo. Inclinó la cabeza y le lamió el pecho cremoso justo a lo largo de la dulce elevación.

Le encontró el clítoris con el pulgar mientras le hundía los colmillos. El cuerpo de ella casi se convulsionó. Sintió la explosión que la sacudió, tensando los músculos bajo los dedos de él. Su cuerpo casi se encorvó. El dolor del mordisco dio paso al éxtasis erótico. Sabía que no podía tomar mucho, pero deseaba darse un festín con ella de todos los modos posibles. Era deliciosa, su sabor meloso y especiado llenó sus sentidos. Su pene latió y ardió. Ella se retorcía bajo él, la necesidad urgente ardía candente y brillante, rugiendo a través de sus venas como una tormenta de fuego. Solange gimió suavemente y el cuerpo de Dominic reaccionó con agresividad salvaje, hinchándose tanto, que el dolor se volvió un suplicio brutal.

Le pasó la lengua por los pequeños pinchazos y bajó a besos hasta la barriga, en una ráfaga casi frenética. Quería el control y lo intentó, pero en el instante que agarró su trasero y levantó las caderas hacia la boca, en todo lo que pudo pensar fue en darse un festín. Se obligó a comprobar el estado de su mente sólo una vez, su mirada clavada en la de ella. Los ojos relucían con conmocionada excitación.

Solange inspiró ante la pura sensualidad grabada en el rostro de Dominic, y el hambre en sus relucientes y siempre cambiantes ojos. No podía negar que estaba perdiendo el control, y aunque estaba aterrorizada, su cuerpo estaba entusiasmado. Se sentía como si hubiera estado esperando este momento toda la vida. Él se detuvo, la contempló con los párpados medio cerrados, las gruesas pestañas intensificando el vívido azul de sus ojos.

Con la mirada fija en la suya, él pasó la lengua lentamente a través de los suaves pliegues aterciopelados. El cuerpo entero de ella se estremeció. Su jadeo fue fuerte en el silencio de la habitación. Se agarró a los amplios hombros, intentando encontrar un ancla cuando ya era demasiado tarde. Él hizo un sonido, un bajo y primitivo gruñido, antes de darse el gusto. Y esto era un gusto. Se dio un banquete con ella, extrayendo el líquido caliente de su núcleo con caricias de la lengua. La lamió y acarició. La chupó y mordisqueó. Con las manos le controlaba las caderas mientras ella me sacudía impotente, gritando por el orgasmo, rogándole que parara, que no parara nunca, mientras él la llevaba más y más alto hasta que se sintió al borde de la locura.

La fiebre ardió caliente y intensa, y aún así ella no podía alcanzar el orgasmo que necesitaba sin importar lo alto que creciera la presión. No podía parar de empujar hacia él, retorciéndose, meneando la cabeza, agitando las caderas, tan fuera de control como parecía estar él. Dominic hacía sonidos, profundos gruñidos animales mientras la devoraba, la lamía, la succionaba, de modo que su matriz se contrajo, llorando y tensándose, derramando más de la crema caliente que él necesitaba para intentar saciar el hambre feroz.

El placer onduló por el vientre de Solange, se extendió por sus muslos y se concentró en lo más profundo de su ser, fuertes olas ondeantes que le estremecieron todo el cuerpo y tensaron cada músculo y célula. Oyó su propio y desesperado grito mientras él le chupaba el sensible clítoris una última vez antes de alzarse de rodillas sobre ella.

– Espera. -Ella apenas pudo sisear la orden. Su cuerpo todavía temblaba con los efectos secundarios y su mente se negaba a despejarse.

Aún así, Dominic, siempre consciente de sus necesidades, se quedó quieto, los ojos le brillaban casi de un rojo rubí, la lujuria y la impaciencia estaban estampadas en su rostro sensual rostro. Pero no se movió, la respiración llegaba en irregulares y ásperos jadeos mientras la observaba luchar por hablar.