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Horza dejó escapar un grito de ira. Los fragmentos de comida salieron despedidos de su boca y chocaron contra la pantalla. Desconectó el comunicador de banda ancha y fue al comedor.

* * *

—¿Cuándo llegaremos a la Barrera del Silencio?

—Dentro de unas horas. Puede que medio día.

—¿Estás nervioso?

—No. Ya he estado allí antes. ¿Y tú?

—Si tú dices que todo irá bien… Te creo.

—Todo debería ir bien.

—¿Conoces a algunas de las personas que hay ahí?

—No lo sé. Han pasado unos cuantos años. No cambian al personal con mucha frecuencia, pero la gente se va. No lo sé. Tendré que esperar a que lleguemos.

—Hace mucho tiempo que no ves a nadie de tu especie, ¿verdad?

—Sí. Desde que me marché de allí.

—¿No tienes ganas de volver a verles?

—Quizá.

—Horza… Mira, ya sé que te dije que no debíamos hacernos preguntas sobre el pasado…, sobre todo lo que ocurrió antes de convertimos en tripulantes de la Turbulencia en cielo despejado pero…, eso fue cuando…, antes de que muchas cosas cambiaran..

—No nos ha ido mal, ¿verdad?

—¿Quieres decir que no quieres hablar de eso ahora?

—Puede. No lo sé. ¿Quieres que te hable de…?

—No. —Le puso la mano sobre los labios. Horza sintió el roce de sus dedos en la oscuridad—. No, está bien. No tiene importancia. Olvídalo.

* * *

Estaba sentado en el asiento central. Wubslin ocupaba el asiento del ingeniero a la derecha de Horza, y Yalson estaba a su izquierda. Los demás se habían quedado de pie detrás de ellos. Había dejado venir a Balveda. Ahora apenas si podía ejercer ninguna influencia sobre lo que fuese a ocurrir. La unidad flotaba cerca del techo.

La Barrera del Silencio estaba aproximándose. Tenía el aspecto de un campo espejo situado justo delante de ellos, y debía de medir como un día luz de diámetro. Había aparecido de repente en la pantalla cuando se encontraban a una hora de ella. Wubslin temía que estuviera indicando su posición, pero Horza sabía que ese campo espejo sólo existía en los sensores de la Turbulencia en cielo despejado. Allí fuera no había nada visible.

Cuando estaban a unos cinco minutos de distancia todas las pantallas se ennegrecieron. Horza ya les había advertido de que ocurriría, pero en cuanto las pantallas dejaron de mostrar las imágenes habituales incluso él se puso algo nervioso. Era como si se hubiera quedado ciego de repente.

—¿Estás seguro de que esto es normal? —preguntó Aviger.

—Si no hubiera ocurrido me sentiría mucho más preocupado de lo que estoy ahora —replicó Horza.

Aviger se agitó nerviosamente a su espalda.

—Creo que todo esto es increíble —dijo Dorolow—. Esta criatura es… Es una especie de dios. Estoy segura de que puede captar nuestros pensamientos y nuestros estados de ánimo. Ya empiezo a sentirlo.

—Bueno, en realidad no es más que una colección de sistemas autoreferenciales que…

—Balveda… —dijo Horza.

Se volvió hacia la mujer de la Cultura. Balveda no llegó a completar la frase. Se llevó una mano a los labios y le miró con ojos que echaban chispas. Horza se volvió hacia la pantalla vacía.

—¿Cuándo se supone que…? —empezó a decir Yalson.

NAVE QUE SE APROXIMA, dijo la pantalla en varios idiomas.

—Bueno, vamos allá… —dijo Neisin. Dorolow le hizo callar.

ESTÁS APROXIMÁNDOTE AL PLANETA LLAMADO MUNDO DE SCHAR, UN PLANETA DE LOS MUERTOS DRA'AZON. EL AVANCE A PARTIR DE ESTE PUNTO SE ENCUENTRA SOMETIDO A VARIAS RESTRICCIONES.

—Lo sé. Me llamo Bora Horza Gobuchul. Deseo que se me permita volver al Mundo de Schar durante un breve período de tiempo. Hago esta petición con el máximo respeto.

—No cabe duda de que sabes cómo convencer a la gente, ¿eh? —dijo Balveda.

Horza le lanzó una rápida mirada de soslayo. El comunicador sólo transmitiría sus palabras, pero no quería que olvidara su condición de prisionera.

HAS ESTADO AQUÍ ANTES.

Horza no estaba muy seguro de si aquello era una pregunta o una afirmación.

—He estado en el Mundo de Schar antes —confirmó—. Era uno de los centinelas Cambiantes.

Explicarle cuándo había estado allí en calidad de centinela no serviría de mucho. El idioma de los Dra'Azon poseía tiempos verbales, pero para los Dra'Azon cada momento de la eternidad era «ahora». La pantalla quedó en blanco unos segundos antes de repetir el mensaje anterior.

HAS ESTADO AQUÍ ANTES.

Horza frunció el ceño. No sabía qué decir.

—Senilidad irreversible, está claro —murmuró Balveda.

—Puedo sentirlo, puedo sentir su presencia —susurró Dorolow.

HAY OTROS HUMANOS CONTIGO.

—Muchísimas gracias —dijo Unaha-Closp desde algún punto cercano al techo.

—¿Veis? —dijo Dorolow casi gimoteando.

Horza oyó como Balveda lanzaba un bufido. Dorolow empezó a tambalearse. Aviger y Neisin tuvieron que agarrarla para impedir que cayera al suelo.

—No he podido desembarcarles en ningún sitio antes de venir aquí —dijo Horza—. Pido tu indulgencia. Si es necesario, se quedarán a bordo de esta nave.

NO SON CENTINELAS. SON DE OTRAS ESPECIES HUMANOIDES.

—Yo soy el único que necesita pisar el Mundo de Schar.

LA ENTRADA ESTÁ RESTRINGIDA.

Horza suspiró.

—Soy el único que pide permiso para desembarcar.

¿POR QUÉ HAS VENIDO AQUÍ?

Horza vaciló. Oyó el bufido casi imperceptible de Balveda.

—Busco a alguien que está allí.

¿QUÉ BUSCAN LOS OTROS?

—Nada. Vienen conmigo.

ESTÁN AQUÍ.

—Ellos… —Horza se lamió los labios. Todos sus ensayos anteriores y todo el devanarse los sesos pensando en lo que diría cuando llegara aquel momento le parecieron inútiles—. No están aquí por voluntad propia, pero no tenían alternativa. Tenía que traerles conmigo. Si lo deseas, se quedarán a bordo de la nave en órbita alrededor del Mundo de Schar, o un poco más lejos dentro del perímetro de la Barrera del Silencio. Dispongo de un traje, puedo…

ESTÁN AQUÍ CONTRA SU VOLUNTAD.

Que él supiera, el Dra'Azon nunca había interrumpido a nadie. Tuvo la impresión de que no era buena señal.

—Las… circunstancias son… complicadas. Ciertas especies de la galaxia están en guerra. En ese tipo de situaciones la libertad de elección queda severamente limitada. Haces cosas que nunca harías en circunstancias normales.

AQUÍ HAY MUERTE.

Horza contempló las palabras que acababan de aparecer en la pantalla con tanta atención como si fueran ojos capaces de ver en lo más profundo de su ser. El silencio más absoluto se adueñó del puente durante unos segundos. Después oyó el sonido de dos cuerpos removiéndose nerviosamente.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Unaha-Closp.

—¿La…, la hay? —preguntó Horza. Las palabras seguían en la pantalla. El Dra'Azon estaba comunicándose en marain. Wubslin pulsó unos cuantos botones en su parte de la consola. Normalmente esos botones servían para controlar lo que aparecía en las pantallas situadas ante él, pero ahora todas repetían las palabras que iban apareciendo en la pantalla principal. El ingeniero se reclinó en su asiento. Parecía estar muy tenso, como si el asiento se hubiera vuelto repentinamente demasiado pequeño para su cuerpo. Horza carraspeó en un intento de aclararse la garganta.