—Hubo una batalla… Un enfrentamiento cerca de aquí —dijo—. Justo antes de que llegáramos. Quizá aún no haya terminado. Puede que haya muertes.
AQUÍ HAY MUERTE.
—Oh… —dijo Dorolow, mientras se derrumbaba en los brazos de Neisin y Aviger.
—Será mejor que la llevemos al comedor —dijo Aviger mirando a Neisin—. Se le pasará si puede acostarse un rato.
—Oh, de acuerdo —dijo Neisin.
Sus ojos recorrieron el rostro de la mujer. Dorolow parecía estar inconsciente.
—Quizá yo pueda… —empezó a decir Horza. Tragó una honda bocanada de aire—. Si hay muerte aquí quizá yo pueda detenerla. Quizá pueda impedir que se produzcan más muertes.
BORA HORZA GOBUCHUL.
—¿Sí? —preguntó Horza tragando saliva.
Aviger y Neisin transportaron el fláccido cuerpo de Dorolow a través del umbral y se alejaron por el pasillo que desembocaba en el comedor. El mensaje de la pantalla cambió:
ESTÁS BUSCANDO LA MÁQUINA QUE SE HA REFUGIADO EN EL PLANETA.
—Jo, jo —dijo Balveda, volviendo la cabeza con una sonrisa en los labios mientras se llevaba la mano a la boca.
—¡Mierda! —exclamó Yalson.
—Parece que nuestro dios no es tan estúpido —dijo Unaha-Closp.
—Sí —dijo secamente Horza. ¿Para qué seguir fingiendo? Al parecer no serviría de nada—. Sí, estoy buscando esa máquina. Pero creo que…
PERMISO CONCEDIDO.
—¿Qué? —dijo la unidad.
—Bueno… ¡Yuuuupi! —gritó Yalson.
Se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el mamparo. Neisin volvió a aparecer en el umbral y se quedó quieto en cuanto vio el mensaje de la pantalla.
—Vaya, sí que han cambiado las cosas —dijo volviéndose hacia Yalson—. ¿Qué le ha dicho?
Yalson se limitó a menear la cabeza. Horza sintió como una inmensa oleada de alivio invadía todo su ser. Observó atentamente las dos palabras de la pantalla como si temiera que aquel breve mensaje podía contener alguna negación oculta.
—Gracias —dijo sonriendo—. ¿He de bajar yo solo al planeta?
PERMISO CONCEDIDO.
AQUÍ HAY MUERTE.
CUIDADO.
—¿A qué clase de muerte te refieres? —preguntó Horza. El alivio estaba empezando a desvanecerse. La obsesión del Dra'Azon con la muerte hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo—. ¿Dónde? ¿Quiénes han muerto o van a morir?
El mensaje de la pantalla volvió a cambiar. Las dos primeras líneas desaparecieron. Ahora sólo decía:
CUIDADO.
—Esto no me gusta ni pizca —dijo Unaha-Closp.
Las pantallas volvieron a funcionar como siempre. Wubslin dejó escapar un suspiro y se relajó. El sol del sistema del Mundo de Schar brillaba ante ellos a menos de un año luz de distancia. Horza comprobó los datos del ordenador de navegación mientras su pantalla se encendía y apagaba hasta volver a la normalidad al mismo tiempo que las demás, ofreciéndole todo un surtido de números, gráficos y hologramas. En cuanto hubo terminado la comprobación, el Cambiante se reclinó en su asiento.
—Hemos pasado sin problemas —dijo—. Hemos atravesado la Barrera del Silencio.
—Ahora nada puede tocarnos, ¿verdad? —preguntó Neisin.
Horza contempló la pantalla. La enana amarilla ocupaba todo el centro de la imagen, un punto de luz que ardía sin vacilaciones ni parpadeos. Los planetas seguían siendo invisibles. Asintió con la cabeza.
—No, estamos a salvo. Al menos, nada que esté al otro lado de la Barrera del Silencio puede hacernos daño…
—Estupendo. Creo que lo celebraré tomando un trago.
Neisin saludó con la cabeza a Yalson y su flaca silueta desapareció por el umbral.
—¿Crees que eso quiere decir que sólo puedes bajar tú o podemos bajar todos? —preguntó Yalson.
Horza meneó la cabeza sin apartar los ojos de la pantalla.
—No lo sé. Nos pondremos en órbita y entraré en comunicación con la base de los Cambiantes poco antes de que intentemos acercarnos con la Turbulencia en cielo despejado. Si al Señor Corrección no le gusta, estoy seguro de que nos lo hará saber.
—Vaya, has llegado a la conclusión de que es un varón, ¿eh? —dijo Balveda, y Yalson habló casi al mismo tiempo que ella.
—¿Por qué no te pones en contacto con ellos ahora?
—Todo eso de la muerte no me ha gustado nada. —Horza se volvió hacia Yalson. Balveda estaba junto a ella. La unidad descendió un poco para colocarse al nivel de sus ojos. Horza miró a Yalson—. Es una precaución, nada más. No quiero precipitarme. —Volvió la cabeza hacia la mujer de la Cultura—. Que yo sepa, la transmisión regular de la base en el Mundo de Schar debía de haberse producido hace unos días. Supongo que no tendrás ni idea de si ha sido recibida o no, ¿verdad?
Miró a Balveda. Su sonrisa indicaba que no tenía muchas esperanzas de recibir respuesta o, por lo menos, de que esa respuesta fuese sincera. La agente de la Cultura clavó los ojos en el suelo, pareció encogerse de hombros y acabó alzando la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Horza.
—Sé que llevaba retraso —dijo.
Horza siguió contemplándola en silencio. Balveda no apartó la mirada. Los ojos de Yalson fueron del uno al otro. Unaha-Closp acabó rompiendo el silencio.
—Francamente, nada de todo esto me inspira mucha confianza —dijo—. Mi consejo es que… —Horza le miró con cara de pocos amigos y la unidad no llegó a completar la frase—. Hmmm —dijo—. Bueno, no importa.
Flotó hacia la puerta y salió del puente.
—Parece que todo va bien —dijo Wubslin. Al parecer, no se dirigía a nadie en particular. Se reclinó en el asiento y asintió para sí mismo—. Sí, la nave ya ha vuelto a la normalidad.
Giró sobre sí mismo y les sonrió.
Fueron a buscarle. Estaba en un estadio jugando a la pelota en ingravidez. Creía encontrarse a salvo, rodeado de amigos por todas partes (durante un segundo parecieron flotar ante él como si fueran una nube de moscas, pero no le dio importancia. Se rió, cogió la pelota, la arrojó y se anotó un tanto.) Pero fueron a buscarle allí. Les vio llegar. Eran dos. Salieron por una puerta incrustada en una angosta chimenea del estadio esférico sostenido por nervaduras. Vestían capas que no tenían ningún color determinado, y fueron en línea recta hacia él. Intentó alejarse volando, pero su arnés había dejado de funcionar. Estaba atrapado, flotando en el aire incapaz de avanzar en ninguna dirección. Intentó nadar a través del aire y quitarse el arnés para poder arrojárselo —quizá consiguiera darles, y de lo que sí estaba seguro era de que el gesto serviría para hacerle salir despedido en dirección opuesta—, pero le cogieron antes de que pudiera hacer nada.
Ninguna de las personas que le rodeaban pareció darse cuenta de lo que ocurría y de repente comprendió que no eran amigos suyos. De hecho, no conocía a nadie. Le cogieron por los brazos y un instante después, sin haberse movido y sin haber atravesado ningún espacio, se las arreglaron para hacerle sentir que habían doblado una esquina invisible y habían llegado a un lugar que siempre estaba allí pero que no podía verse. Estaban en una zona de oscuridad. Cuando miró a lo lejos vio aquellas capas que no tenían ningún color definido destacando en la oscuridad. Estaba indefenso, tan impotente como si se encontrara atrapado en un bloque de piedra, pero podía ver y respirar.