—No te preocupes —dijo Horza contemplando las inmensas extensiones de hielo y nieve que desfilaban por debajo de ellos—. Al menos ahora sabemos que está ahí.
La nave les había llevado hasta el lugar correcto. Horza había recorrido aquella zona muchas veces en el pequeño aerodeslizador de la base, y la reconoció nada más verla. Cuando la nave dio comienzo a su aproximación final el Cambiante se mantuvo atento para ver si localizaba al aerodeslizador. Siempre era posible que alguien estuviera usándolo.
La llanura recubierta de nieve estaba circundada por un anillo de montañas. La Turbulencia en cielo despejado pasó por encima del desfiladero que se abría entre dos picos, pulverizando el silencio y haciendo que chorros de nieve en polvo cayeran desde los riscos y hendiduras de las rocas que había a cada lado. La nave redujo un poco más la velocidad y fue bajando con el morro hacia arriba sostenida por el trípode de fuego que emergía de sus motores de fusión. Siguieron bajando y los chorros de aire caliente cayeron sobre la nieve que cubría el suelo helado, creando surtidores de agua, nieve, vapor y partículas de plasma. La ventisca barrió la llanura con un aullido estridente, haciéndose más y más fuerte a medida que la nave iba descendiendo.
Horza estaba guiando la Turbulencia en cielo despejado con los controles manuales. Contempló la pantalla que tenía delante, vio el falso viento y la tormenta de nieve y vapor que estaban creando y, más allá, la entrada al Sistema de Mando.
Era un agujero negro incrustado en un promontorio rocoso de contornos irregulares que asomaba de los riscos mucho más altos que tenía detrás, como si fuera una avalancha solidificada. La tormenta de nieve se agitaba alrededor de la oscura entrada como hilachas de niebla. Las llamas de la fusión empezaron a calentar el suelo congelado de la llanura, derritiéndolo y haciéndolo saltar en un chorro de tierra y barro que se fue mezclando con la tormenta hasta volverla de un color marrón.
La Turbulencia en cielo despejado entró en contacto con la superficie del Mundo de Schar sin sacudidas ni golpes, y sólo hubo una ligera vibración cuando las patas se hundieron en la ahora algo viscosa y embarrada superficie de la llanura.
Horza clavó los ojos en la entrada del túnel. Era como una inmensa pupila oscura que le devolvía la mirada.
Los motores se apagaron y el vapor empezó a dispersarse. La nieve volvió a caer al suelo, y unos cuantos copos nuevos se fueron formando a medida que el agua suspendida en el aire volvía a congelarse. La Turbulencia en cielo despejado crujió y se quejó a medida que iba perdiendo el calor provocado por la fricción de la reentrada y sus propios chorros de plasma. El agua gorgoteó sobre la martirizada superficie de la llanura, convirtiéndose en una mezcla de barro y nieve.
Horza activó el láser de proa de la Turbulencia en cielo despejado. No había ninguna señal de movimiento procedente del túnel. La nieve y el vapor habían desaparecido y podía verlo con toda claridad. Hacía un día soleado y sin viento.
—Bueno, aquí estamos —dijo Horza.
En cuanto las palabras salieron de su boca tuvo la impresión de que había dicho una tontería. Yalson asintió sin apartar los ojos de la pantalla.
—Aja —dijo Wubslin, asintiendo con la cabeza mientras sus ojos recoman las pantallas—. Las patas se han hundido medio metro. Tendremos que acordarnos de poner en marcha los motores un rato antes de que intentemos despegar cuando vayamos a marcharnos. Dentro de media hora todo volverá a estar helado.
—Hmmm —dijo Horza.
Estaba observando las pantallas. Nada se movía. El cielo de un azul claro estaba totalmente desprovisto de nubes, y no había ningún viento que pudiera agitar la nieve. El calor del sol no era lo bastante potente para derretir la nieve y el hielo, por lo que no había agua en movimiento, y ni tan siquiera avalanchas en los lejanos picos de las cordilleras.
Con la excepción del mar —que aún contenía peces, pero que ya no contaba con ninguna especie de mamíferos—, las únicas cosas que se movían en el Mundo de Schar eran unos cuantos centenares de especies de pequeños insectos, los líquenes que iban cubriendo lentamente las rocas cerca del ecuador y los glaciares. La guerra de los humanoides o la era glacial habían acabado con cualquier otra cosa capaz de moverse.
Horza volvió a emitir el mensaje codificado. No obtuvo ninguna contestación.
—Bueno, voy a salir de la nave y echaré un vistazo —dijo levantándose del asiento. Wubslin asintió. Horza se volvió hacia Yalson—. Estás muy callada —dijo.
Yalson no le miró. Estaba contemplando la pantalla y el ojo inmóvil que era la entrada del túnel.
—Ten cuidado —dijo por fin, y alzó la cabeza hacia él—. Ten mucho cuidado, ¿de acuerdo?
Horza sonrió, cogió el rifle de Kraiklyn que había dejado en el suelo y fue al comedor.
—Ya hemos llegado —dijo mientras cruzaba el umbral.
—¿Ves? —exclamó Dorolow volviéndose hacia Aviger.
Neisin tomó un trago de su petaca. Balveda contempló al Cambiante con una leve sonrisa mientras iba de una puerta a la otra. Unaha-Closp resistió la tentación de decir algo y empezó a librarse de las tiras que le sujetaban al asiento.
Horza bajó al hangar. Tenía la sensación de pesar menos que de costumbre. Había desconectado el campo gravitatorio de la nave mientras sobrevolaban las montañas, y la gravedad del Mundo de Schar era inferior a la gravedad estándar utilizada a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Horza bajó por la rampa del hangar hasta llegar al pantano en rápido proceso de congelación. La brisa era algo cortante, limpia y fresca.
—Espero que todo vaya bien —dijo Wubslin.
Él y Yalson estaban observando a la pequeña silueta que avanzaba por entre la nieve hacia el promontorio rocoso que tenían delante. Yalson no dijo nada, pero sus ojos no se apartaban de la pantalla y no parpadeaba. La silueta se detuvo, puso una mano sobre la muñeca del traje, despegó del suelo y empezó a flotar lentamente sobre la nieve.
—Ah —dijo Wubslin, y se rió—. Me había olvidado de que aquí podemos usar las unidades antigravitatorias. He pasado demasiado tiempo en ese maldito Orbital.
—No nos servirán de mucho en esos jodidos túneles —murmuró Yalson.
Horza aterrizó junto a la entrada del túnel. Las lecturas que tomó mientras volaba sobre la nieve le habían revelado que el campo de la entrada no estaba activado. El campo servía para que el interior del túnel no se llenara de nieve y para resguardarlo del aire frío, pero el campo no estaba en funcionamiento, y pudo ver que algo de nieve había entrado en el túnel. Los primeros metros del suelo se encontraban cubiertos por una especie de abanico blanco. El interior del túnel estaba mucho menos caliente de lo que habría debido estar, y ahora que se hallaba tan cerca de él la negra profundidad del ojo se había convertido en una boca inmensa.
Se volvió hacia la Turbulencia en cielo despejado. La nave se alzaba a doscientos metros de él, una reluciente masa metálica agazapada sobre las señales marrones dejadas por los motores que interrumpían la blancura del panorama.
—Voy a entrar —dijo.
No quería emitir la señal con el comunicador, por lo que usó un haz muy delgado.
—De acuerdo —dijo la voz de Wubslin en su oído.
—¿No quieres tener a nadie ahí para que te cubra? —preguntó Yalson.