—Pero eso significa que llevan meses enteros allí abajo —dijo Dorolow—. ¿Cómo se supone que vamos a encontrar algo si ellos llevan todo ese tiempo dentro de los túneles y todavía no han encontrado nada?
—Puede que sí lo hayan encontrado —dijo Horza, extendiendo los brazos y sonriéndole. Cuando siguió hablando su voz se había teñido de un leve sarcasmo—. Pero si no lo han encontrado es muy posible que sea porque no cuentan con el equipo adecuado. Tendrán que registrar todo el Sistema de Mando.
»Además, si ese animal realmente sufrió daños tan graves como he oído comentar, no debían de tener mucho control sobre él. Lo más probable es que se posaran a centenares de kilómetros de distancia y tuvieran que llegar hasta aquí abriéndose paso por entre la nieve. En ese caso, puede que sólo lleven algunos días dentro de los túneles.
—No puedo creer que el dios haya permitido que ocurriera esto —dijo Dorolow, meneando la cabeza y contemplando la superficie de la mesa que tenía delante—. Aquí debe de haber oculto algo más de lo que sabemos. Pude sentir su poder y su…, su bondad cuando atravesamos la Barrera. El dios jamás permitiría que esas pobres personas murieran de una forma tan horrible.
Horza puso los ojos en blanco.
—Dorolow —dijo, inclinándose hacia adelante y apoyando los nudillos sobre la mesa—, el Dra'Azon apenas si es consciente de que se esté librando una guerra. Los individuos les importan un rábano, tanto a él como a todos los de su especie. Sienten un gran respeto por la muerte y la podredumbre, pero en cuanto a la esperanza y la fe… Eso les importa muy poco. Mientras los idiranos o nosotros no destruyamos el Sistema de Mando o hagamos volar el planeta, les da igual quién viva o quién muera.
Dorolow se reclinó en su asiento. No dijo nada, pero estaba claro que Horza no había conseguido convencerla. Horza se irguió. Su discurso no había estado nada mal. Tenía la impresión de que los mercenarios le seguirían, pero en lo más hondo de su ser —una parte de él que apenas guardaba ninguna relación con el lugar de donde brotaban las palabras—, se sentía tan desprovisto de vida y tan incapaz de sentir interés por las cosas como la llanura cubierta de nieve que les rodeaba.
Horza había vuelto a los túneles acompañado por Wubslin y Neisin. Recorrieron toda la zona de los cubículos y encontraron más señales de que había servido como alojamiento a los idiranos. Parecía como si una fuerza muy pequeña —uno o dos idiranos y quizá media docena de medjels—, se hubiera quedado un tiempo en la base de los Cambiantes después de haberse apoderado de ella.
Al parecer se habían llevado consigo una considerable cantidad de raciones de emergencia congeladas, los dos rifles láser y las pocas pistolas que le estaba permitido poseer al personal de la base, así como los cuatro comunicadores portátiles que estaban guardados en el almacén.
Horza cubrió a los Cambiantes muertos con la tela reflectante que encontraron en la base y desnudó al medjel muerto quitándole el semitraje. También inspeccionaron el aerodeslizador para averiguar si estaba en condiciones de ser utilizado. No lo estaba. Una parte de la micropila había desaparecido y el proceso había causado daños bastante considerables. Como casi todo lo demás de la base, el aerodeslizador se había quedado sin energía para funcionar. Cuando volvieron a la Turbulencia en cielo despejado, Horza y Wubslin diseccionaron el traje del medjel y descubrieron el sutil pero irreparable daño que se le había infligido.
Y, desde entonces, cada vez que dejaba de preocuparse pensando en sus posibilidades y sus opciones o relajaba su concentración en lo que estaba mirando o aquello en lo que se suponía había de pensar, veía un rostro congelado formando un ángulo recto con el cuerpo al que estaba unido. Las pestañas de aquel rostro estaban cubiertas por una capa de escarcha.
Intentó no pensar en ella. No serviría de nada. Ya no podía hacer nada por ella. Tenía que seguir adelante. Tenía que cumplir la misión que se había impuesto, ahora más que nunca.
Estuvo pensando largo rato en qué podía hacer con los otros ocupantes de la Turbulencia en cielo despejado, y acabó decidiendo que no tenía elección. Debía llevarlos al Sistema de Mando con él.
Balveda era un grave problema. No se sentiría seguro ni dejando a toda la tripulación con ella para que la vigilara, y quería ir acompañado por los mejores combatientes, no dejarlos a bordo de la nave. Podría haber resuelto el problema matando a la agente de la Cultura, pero los demás se habían acabado acostumbrando demasiado a su presencia. Balveda empezaba a caerles demasiado bien. Si la mataba les perdería.
—Bueno, pues yo creo que bajar a esos túneles es una auténtica locura —dijo Unaha-Closp—. ¿Por qué no esperamos aquí a que reaparezcan los idiranos con o sin esa preciosa Mente?
—Para empezar —dijo Horza observando atentamente los rostros de quienes le rodeaban por si alguien daba señales de estar de acuerdo con la unidad—, si no la encuentran lo más probable es que no reaparezcan. Son idiranos y, además, se trata de un grupo de élite cuidadosamente seleccionado. Se quedarán allí abajo para siempre. —Contempló el diagrama del sistema de túneles que aparecía en la pantalla y se volvió hacia las personas y la unidad—. Pueden pasarse mil años buscando a la Mente por ese laberinto, especialmente si no hay energía y si no conocen el procedimiento que se sigue para volver a conectarla, como supongo que es el caso.
—Y tú sí sabes cómo volver a conectarla, naturalmente —dijo la unidad.
—Sí —dijo Horza—. Sé cómo hacerlo. Podemos volver a conectar la energía en tres estaciones distintas: ésta, la número siete o la número uno.
—¿Crees que el equipo seguirá funcionando?
Wubslin no parecía estar muy seguro.
—Bueno, cuando me marché funcionaba. La electricidad es producida mediante centrales geotérmicas situadas a gran profundidad. Los conductos de la energía tienen más de cien kilómetros y atraviesan toda la corteza.
»De todas formas y como ya os he dicho, ahí abajo hay demasiado espacio para que esos idiranos y los medjels tengan alguna posibilidad de registrarlo de forma medianamente concienzuda sin ningún equipo detector. Un sensor de anomalías de masa es el único instrumento con el que se puede localizar a la Mente, y los idiranos no disponen de ninguno. Nosotros tenemos dos. Ésa es la razón de que debamos bajar a los túneles.
—Y luchar —dijo Dorolow.
—Probablemente no haga falta. Los idiranos disponen de comunicadores. Me pondré en contacto con ellos y les explicaré quién soy. Naturalmente, no puedo revelaros los detalles exactos, pero poseo ciertos conocimientos sobre el sistema militar idirano, sus naves e incluso sobre algunos idiranos que ocupan puestos destacados, y podré convencerles de que soy quien afirmo ser. No me conocen personalmente, pero se les dijo que un Cambiante sería enviado al Mundo de Schar poco después que ellos.
—Estás mintiendo —dijo Balveda con voz gélida.
Horza sintió cómo la atmósfera del comedor cambiaba para volverse mucho más tensa. La mujer de la Cultura estaba mirándole fijamente con los rasgos apretados en una mueca de firmeza y decisión a la que también se mezclaba algo de resignación.
—Balveda —dijo en voz baja—, no sé qué te habrán contado, pero me encargaron esta misión cuando estaba en La mano de Dios 137, y Xoralundra me dijo que la fuerza de choque idirana enviada dentro del chuy-hirtsi sabía que pensaban mandarme allí. —Habló en el tono de voz más tranquilo de que fue capaz—. ¿De acuerdo?