—No fue lo que yo oí contar —replicó Balveda, pero Horza tuvo la impresión de que no estaba demasiado segura de sí misma y de lo que decía.
Había corrido un gran riesgo abriendo la boca, probablemente con la esperanza de conseguir que Horza la amenazase o hiciera algo que volviese en su contra a los otros miembros de la tripulación. El truco no había funcionado.
El Cambiante se encogió de hombros.
—Bueno, Perosteck, si los datos que te dieron en la sección de Circunstancias Especiales antes de encargarte la misión no son exactos… Eso no es culpa mía, ¿verdad? —dijo Horza con una leve sonrisa. Los ojos de la agente de la Cultura se apartaron del rostro del Cambiante para posarse primero en la mesa y luego en los rostros de quienes la rodeaban, como si quisiera averiguar a quién de los dos creían—. Mira, no quiero morir por los idiranos y sólo Dios sabe por qué, pero el caso es que he acabado sintiendo un considerable aprecio hacia ti —dijo Horza hablando en su tono de voz más razonable y sincero y extendiendo los brazos con las palmas de las manos hacia arriba—. Jamás te llevaría allí en una misión suicida. No nos ocurrirá nada. En el peor de los casos siempre podemos retroceder, ¿no? Volveremos a cruzar la Barrera del Silencio en la Turbulencia en cielo despejado y nos dirigiremos hacia algún lugar neutral. Podéis quedaros con la nave; yo habré capturado a una agente de la Cultura. —Miró a Balveda. La mujer de la Cultura había cruzado las piernas, tenía los brazos recogidos ante el pecho y la cabeza gacha—. Pero no creo que nos veamos obligados a acabar haciendo eso. Creo que encontraremos a esa especie de superordenador y conseguiremos que nos den una buena recompensa a cambio.
—¿Y si cuando salgamos con o sin la Mente descubrimos que la Cultura ha ganado la batalla al otro lado de la Barrera y que sus naves nos están esperando? —preguntó Yalson.
No parecía hostil, sólo interesada. Horza tenía la sensación de que era la única en quien podía confiar, aunque creía que Wubslin también le seguiría. Horza asintió con la cabeza.
—Eso es altamente improbable. Me parece difícil que la Cultura decida resistir justo aquí después de haberse retirado durante tanto tiempo, pero aun suponiendo que lo hicieran, necesitarían muchísima suerte para atraparnos. No olvidéis que sólo pueden ver la Barrera en el espacio real, por lo que no tienen forma de averiguar por qué punto de ella saldremos. Eso no es problema.
Yalson se reclinó en su asiento, aparentemente convencida. Horza sabía que daba la impresión de encontrarse muy tranquilo, pero esperar la decisión final de los demás hacía que por dentro estuviera terriblemente tenso. Su última respuesta había sido sincera, pero el resto eran mentiras puras y simples o medio verdades.
Tenía que convencerles. Necesitaba que estuvieran de su lado. Era la única forma de llevar a cabo su misión, y había recorrido demasiada distancia, matado a demasiadas personas, hecho demasiadas cosas e invertido unas cantidades excesivas de propósito y determinación para retroceder ahora. Tenía que encontrar a la Mente, tenía que bajar al Sistema de Mando con idiranos o sin ellos y tenía que convencer a los restos de lo que había sido la Compañía Libre de Kraiklyn para que le acompañaran. Les miró. Yalson, severa e impaciente, deseosa de que la charla llegara a su fin y de que pusieran manos a la obra. La sombra de su cabello le daba un aspecto muy joven, casi infantil y, al mismo tiempo, la hacía parecer muy dura. Dorolow, vacilante, mirando a los demás y rascandóse nerviosamente una oreja. Wubslin, reclinado cómodamente en su asiento con su robusto cuerpo irradiando un aura casi palpable de relajación y tranquilidad. Cuando Horza describió el Sistema de Mando, el rostro de Wubslin había mostrado señales de interés, y el Cambiante se dio cuenta de que para el ingeniero aquel gigantesco complejo ferroviario era algo increíblemente fascinante.
Aviger parecía tener muchas dudas, pero Horza creía haber dejado bien claro que la nave se iba a quedar vacía, y supuso que Aviger preferiría aceptar su decisión antes que tomarse la molestia de discutirla y correr el riesgo de un enfrentamiento personal. En cuanto a Neisin… No estaba seguro. Neisin había estado bebiendo tanto como de costumbre y Horza nunca le había visto tan callado y serio, pero aunque recibir órdenes y ser llevado de un lado para otro no le hacía ninguna gracia, estaba claro que se había hartado del encierro a bordo de la Turbulencia en cielo despejado, y mientras Wubslin y Horza examinaban el traje del medjel ya había salido a dar un paseo por la nieve. A falta de otra razón mejor, Neisin era muy capaz de seguirle por puro aburrimiento.
En cuanto a Unaha-Closp, no le preocupaba. Haría lo que se le ordenase, como hacían siempre las máquinas. Sólo la Cultura permitía que se desarrollaran hasta el punto en que parecían poseer voluntad propia.
Y en cuanto a Perosteck Balveda, era su prisionera. Así de sencillo…
—Entrada fácil, salida fácil —dijo Yalson. Sonrió, se encogió de hombros y miró a los demás—. Qué coño… Será una forma de matar el tiempo, ¿no os parece?
Nadie se mostró en desacuerdo con ella.
Horza estaba volviendo a reprogramar las fidelidades de la Turbulencia en cielo despejado, introduciendo las nuevas instrucciones del ordenador mediante un tablero manual bastante viejo pero aún utilizable, cuando Yalson entró en el puente. Se dejó caer en el asiento del copiloto y le observó mientras trabajaba. La pantallita del tablero proyectaba las sombras de los caracteres marain sobre el rostro de Horza.
—Marain, ¿eh? —dijo pasado un rato, observando los caracteres que iban desfilando por la pantallita.
Horza se encogió de hombros.
—Es el único lenguaje preciso que esta antigualla y yo compartimos. —Tecleó unas cuantas instrucciones más—. Eh… —Se volvió hacia ella—. No deberías estar aquí mientras hago esto.
Sonrió para demostrarle que no hablaba en serio.
—¿No confías en mí? —preguntó Yalson devolviéndole la sonrisa.
—Eres la única persona de a bordo en quien confío —dijo Horza, volviendo a concentrar su atención en el teclado—. Y, de todas formas y dado el tipo de instrucciones que estoy introduciendo, no importa demasiado.
Yalson le observó en silencio durante unos momentos.
—¿Significaba mucho para ti, Horza?
Horza no alzó la cabeza, pero sus manos se quedaron quietas sobre el teclado. Sus ojos contemplaron los caracteres de la pantallita sin verlos.
—¿Quién?
—Horza… —dijo Yalson en voz baja y suave.
Horza seguía sin mirarla.
—Fuimos amigos —dijo por fin, como si estuviera hablando con el teclado.
—Ya… —dijo Yalson y, después de unos instantes de silencio, añadió:— Supongo que debe ser bastante duro, ¿no? Quiero decir… Era gente de tu especie y todo eso.
Horza asintió sin levantar la cabeza.
Yalson le estudió en silencio durante unos momentos más.
—¿La amabas?
Horza tardó un poco en replicar. Sus ojos recorrieron los contornos de aquellos caracteres tan compactos y precisos con tanta atención como si la respuesta estuviese oculta en alguno de ellos. Acabó encogiéndose de hombros.
—Quizá —dijo—. Quizá la amé. —Carraspeó, alzó los ojos hacia Yalson durante un momento y volvió a bajarlos hacia el teclado—. Ya hace mucho tiempo de eso.
Yalson se levantó del asiento y le puso las manos sobre los hombros antes de que el Cambiante pudiera seguir tecleando más instrucciones.
—Lo siento, Horza. —Horza volvió a asentir y le acarició una mano—. Les encontraremos —dijo—. Si es lo que deseas, claro. Pero si quieres que…
Horza negó con la cabeza y la miró.