—No. Iremos allí abajo, encontraremos la Mente y nos marcharemos. Si los idiranos se interponen no me importa lo que pueda ocurrirles, pero… No, ¿para qué correr más riesgos? De todas formas… Gracias.
Yalson asintió lentamente.
—De acuerdo.
Se inclinó, le besó y salió del puente. Horza contempló la puerta cerrada durante unos momentos y volvió a concentrar su atención en la pantalla repleta de caracteres marain.
Programó el ordenador de la nave para que lanzara una salva de aviso seguida por disparos láser letales dirigidos contra cualquier persona u objeto que se aproximara a la Turbulencia en cielo despejado, salvo si podía identificarlos sin ningún lugar a dudas como algún miembro de la Compañía Libre mediante la firma electromagnética emitida por su traje. Además, haría falta el anillo de identidad de Horza —o de Kraiklyn—, para activar el ascensor de la nave y, una vez a bordo, para asumir el control de ésta. Cuando hubo terminado Horza se sintió bastante más seguro. La única forma de controlar la nave era a través del anillo, y confiaba en que nadie conseguiría arrebatárselo…, al menos, no sin correr un riesgo superior al que significaba enfrentarse con un grupo de idiranos hambrientos y enfurecidos.
Aun así, siempre cabía la posibilidad de que muriera y los demás lograran sobrevivir. Horza quería que tuvieran alguna ruta de escape que no dependiera totalmente de él…, sobre todo por Yalson.
Se llevaron consigo unas cuantas láminas de plástico de la base para transportar la Mente si lograban encontrarla. Dorolow quería enterrar a los Cambiantes muertos, pero Horza se negó. Llevó los cadáveres hasta la entrada del túnel y los dejó allí. Cuando se marcharan los subiría a la nave y los transportaría a Heibohre. El congelador natural que era la atmósfera del Mundo de Schar los conservaría hasta entonces. Contempló el rostro de Kierachell durante un segundo a la pálida luz de finales del atardecer. Un banco de nubes procedentes del mar helado estaba acumulándose sobre las montañas, y el aire se iba volviendo más frío a cada momento que pasaba.
Encontraría a la Mente. Estaba decidido a encontrarla, y tenía la corazonada de que lo conseguiría. Pero si el proceso de encontrarla exigía que se enfrentara con los culpables de aquella matanza… Bueno, no vacilaría. Hasta era posible que disfrutara con ello. Balveda quizá no lo hubiese entendido, pero no todos los idiranos eran iguales. Xoralundra era amigo personal suyo y su comportamiento como oficial siempre había sido correcto —suponía que entre los de su raza el viejo Querl debía estar considerado algo así como un moderado—, y Horza conocía y respetaba a otros idiranos que ocupaban puestos diplomáticos o militares. Pero había idiranos que eran verdaderos fanáticos y despreciaban a cualquier especie que no fuese la suya.
Xoralundra no habría matado a los Cambiantes. Lo habría considerado un acto innecesario y poco elegante. Pero, naturalmente, las misiones como ésta no eran para encomendárselas a los moderados. Si querías que se llevaran a cabo con éxito enviabas a un grupo de fanáticos. O a un Cambiante.
Horza volvió con los demás. Había llegado al aerodeslizador —el aparato inservible estaba rodeado con las láminas de plástico que habían arrancado de las paredes, y su proa apuntaba hacia el agujero de la zona de habitáculos como si fuese a entrar en un garaje— cuando oyó disparos.
Corrió por el pasillo que llevaba a la parte trasera de la zona de habitáculos preparando su láser.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó por el micrófono del casco.
—Láseres. A bastante distancia por el túnel, desde los pozos —dijo la voz de Yalson.
Horza entró corriendo en el área de almacenes donde estaban los otros. El agujero que habían practicado en el recubrimiento de plástico tenía unos cuatro o cinco metros de diámetro. En cuanto Horza emergió del pasillo un chorro de llamas lamió la pared, y vio los fugaces resplandores que los haces de láser dejaban en el aire, casi rozando un flanco de su traje. Los haces habían atravesado el agujero de la pared y venían del túnel. Estaba claro que fuera quien fuese el que disparaba podía verle. Horza se echó al suelo, rodó sobre sí mismo y acabó junto a Dorolow y Balveda, quienes habían buscado refugio junto a una combinación de grúa y cabrestante móvil. Las láminas de plástico de la pared se llenaron de agujeros que ardieron con un brillante destello durante un momento y se apagaron enseguida. Los chasquidos y siseos del láser crearon ecos que se esparcieron a lo largo de los túneles.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó mirando a Dorolow.
Recorrió con los ojos el área de almacenamiento. Los demás estaban allí, refugiándose donde podían. Estaban todos salvo Yalson.
—Yalson fue a… —empezó a decir Dorolow, y la voz de Yalson la interrumpió antes de que pudiera terminar la frase.
—Entré por el agujero de la pared y alguien me disparó. Estoy tumbada en el suelo. Me encuentro bien, pero me gustaría saber si puedo devolver el fuego. No estropearé nada, ¿verdad?
—¡Dispara! —gritó Horza, y en ese mismo instante otro abanico de haces luminosos creó una hilera de cráteres ardientes sobre la pared interior del área de almacenamiento—. ¡Devuelve los disparos!
—Gracias —dijo Yalson. Horza oyó el chasquido de su arma y, a continuación, los ecos producidos por el aire al calentarse bruscamente. Una explosión hizo vibrar el túnel—. Hmmm —dijo Yalson.
—Creo que le ha… —dijo Neisin desde el otro extremo del área de almacenamiento, pero se calló en cuanto nuevos disparos se estrellaron contra la pared que tenía detrás.
La pared quedó salpicada de agujeros oscuros cuyos contornos burbujeaban.
—¡Bastardo! —gritó Yalson.
Volvió a disparar, ahora una serie de breves ráfagas láser.
—Impide que levante la cabeza —dijo Horza—. Voy a ir hasta la pared. Dorolow, quédate aquí con Balveda.
Se puso en pie y corrió hacia el agujero que habían practicado en el recubrimiento de plástico. Los agujeros humeantes del material indicaban la poca protección que era capaz de ofrecer, pero aun así Horza se arrodilló, pegando el cuerpo a las láminas. Podía ver los pies de Yalson a pocos metros de distancia. Las botas de su traje parecían brotar del liso suelo de roca fundida. Oyó el sonido de su arma.
—Bien —dijo—. Deja de disparar el tiempo suficiente para que pueda ver de dónde vienen los haces y vuelve a empezar.
—De acuerdo.
Yalson dejó de disparar. Horza asomó la cabeza por el hueco sintiéndose increíblemente vulnerable y vio dos minúsculos destellos a bastante distancia túnel abajo, casi junto a una pared. Alzó su arma y empezó a disparar. Yalson le imitó. El traje de Horza emitió un silbido. Una pantalla se encendió junto a su mejilla indicándole que le habían dado en el muslo. No había sentido nada. La pared del túnel que estaba junto a los pozos de los ascensores palpitaba con mil chispazos luminosos.
Neisin apareció al otro lado del agujero, se arrodilló y empezó a disparar con su rifle de proyectiles. La pared del túnel estalló en un surtidor de humo y destellos. Las ondas expansivas recorrieron toda la extensión del túnel haciendo vibrar las láminas de plástico y creando ecos en los oídos de Horza.
—¡Basta! —gritó.
Dejó de disparar. Yalson le imitó. Neisin disparó una última ráfaga y también se detuvo. Horza corrió hacia el agujero, se metió por él y avanzó sobre el oscuro suelo rocoso del túnel hasta llegar a la pared. Se pegó a ella intentando aprovechar al máximo la pequeña protección ofrecida por una puerta de seguridad que había algunos metros más adelante.
Su blanco ya no estaba allí. Horza vio un montón de objetos rojizos de contornos irregulares que yacían sobre el suelo del túnel. Estaban empezando a enfriarse, emitiendo el calor amarillo adquirido gracias a los disparos láser que los habían arrancado de la pared. Horza usó la visión nocturna del casco y pudo ver una serie de ondulaciones compuestas de humo caliente y gas que se deslizaban silenciosamente bajo el techo del túnel procedentes de la zona dañada.