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—Yalson, ven aquí —dijo. Yalson rodó sobre sí misma hasta que su cuerpo entró en contacto con la pared justo detrás de Horza. El Cambiante oyó cómo se incorporaba rápidamente y se pegaba al suelo junto a él—. Creo que le hemos dado —dijo por el transmisor del casco.

Neisin, que seguía arrodillado junto al agujero, asomó la cabeza para mirar. El cañón del rifle de microproyectiles subió y bajó como si su propietario esperara otro ataque procedente de las paredes del túnel.

Horza se puso en movimiento manteniendo la espalda pegada a la pared. Llegó a la puerta de seguridad. La mayor parte de su metro de grosor estaba escondida en el hueco de la pared, pero el panel asomaba como medio metro de éste. Horza volvió a observar el túnel que tenía delante. Los fragmentos seguían brillando como ascuas al rojo esparcidas sobre el suelo del túnel. La ola de humo negro pasó sobre su cabeza y se fue alejando lentamente. Horza se volvió hacia el otro lado. Yalson le había seguido.

—Quédate aquí —le dijo.

Siguió avanzando con la espalda pegada a la pared hasta llegar al primer pozo de ascensor. A juzgar por el agrupamiento de cráteres y señales que rodeaban sus puertas considerablemente deformadas, habían estado disparando contra el tercer y último de los pozos. Horza vio una carabina láser medio derretida tirada en el centro del túnel. Apartó la cabeza de la pared y frunció el ceño.

Observó con más atención la zona de suelo que había ante el pozo del ascensor. Estaba casi seguro de que… Sí, allí estaban, entre las puertas calcinadas y llenas de agujeros, rodeadas por un mar de escombros que brillaban con un apagado resplandor rojizo: un par de guantes. Los dedos eran cortos y gruesos y habían recibido un impacto (el guante que estaba más cerca de él había perdido un dedo), pero no cabía duda de que eran un par de manos. Parecía como si alguien estuviera colgando en el vacío dentro del pozo agarrándose al reborde con las puntas de los dedos. Horza dirigió el haz de su comunicador hacia la dirección en que estaba mirando.

—¿Medjel? ¿Medjel en el pozo del ascensor? ¿Me oyes? Contesta inmediatamente.

Las manos no se movieron. Horza se acercó un poco más.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Wubslin.

—Un momento —dijo Horza.

Siguió acercándose con el rifle preparado para disparar. Una mano se movió ligeramente, como si estuviera intentando conseguir un asidero algo más firme en el reborde que daba al suelo del túnel. El corazón de Horza latía a toda velocidad. Fue hacia las puertas del ascensor aplastando con los pies los fragmentos recalentados. Vio unos brazos, después vio la parte superior de un casco alargado con señales de haber recibido varios impactos de láser…

Oyó el mismo ruido jadeante que había oído salir de la boca de los medjels cuando cargaban durante una batalla y una tercera mano —Horza sabía que era un pie, pero parecía una mano y sostenía una pequeña pistola— emergió del pozo del ascensor acompañada por la cabeza y el torso del medjel. Horza empezó a agacharse. La pistola emitió un chasquido y el chorro de plasma pasó a escasos centímetros de su cuerpo.

Horza disparó rápidamente, agachándose y lanzándose a un lado. Un diluvio de fuego cubrió la entrada del ascensor con los guantes como centro. Las manos enguantadas se desvanecieron y un grito hizo vibrar la atmósfera. Una fugaz serie de destellos luminosos parpadeó en el conducto circular. Horza corrió hacia adelante, metió la cabeza por el hueco de las puertas y miró hacia abajo.

Las llamas que seguían consumiendo los guantes de su traje iluminaban la silueta del medjel que caía por el conducto. No había soltado la pistola de plasma, y mientras se precipitaba en el vacío gritaba e iba disparando la pequeña arma. Los chasquidos y los destellos de los chorros de plasma se fueron alejando a medida que la criatura que empuñaba la pistola se perdió en la oscuridad, gritando y disparando sin dejar de agitar sus seis miembros.

—¡Horza! —gritó Yalson—. ¿Te encuentras bien? ¿Qué coño ha sido eso?

—Estoy bien —dijo Horza.

El medjel era una silueta minúscula casi invisible en el túnel de noche vertical. Sus gritos seguían creando ecos y las chispas microscópicas de sus manos envueltas en fuego y su pistola de plasma seguían iluminando las tinieblas. Horza apartó la vista. Unos cuantos golpes sordos le indicaron que la infortunada criatura había empezado a rebotar en las paredes del túnel mientras caía.

—¿Qué ha sido todo ese ruido? —preguntó Dorolow.

—El medjel seguía vivo. Me disparó, pero he acabado con él —explicó Horza alejándose de las puertas del ascensor—. Ha caído…, sigue cayendo por el pozo del ascensor.

—¡Mierda! —jadeó Neisin, que seguía escuchando los ecos cada vez más débiles y lejanos—. ¿Qué profundidad tiene ese conducto?

—Diez kilómetros, suponiendo que todas las compuertas de seguridad estén abiertas —dijo Horza.

Se volvió hacia los controles externos de los otros dos ascensores y la entrada a la cápsula de tránsito. Estaban más o menos intactos. Las puertas que daban acceso a los tubos de tránsito estaban abiertas. Cuando Horza inspeccionó la zona hacía un rato estaban cerradas.

Yalson se echó el arma al hombro y fue hacia Horza.

—Bueno —dijo—, hay que ponerse en marcha, ¿no te parece?

—Sí —dijo Neisin—. ¡Qué diablos…! Esos tipos no son tan duros, ¿verdad? Uno de ellos ya ha caído.

—Sí, no cabe duda de que ha caído —dijo Yalson.

Horza inspeccionó los daños sufridos por su traje mientras los demás se aproximaban por el túnel. El disparo que le había dado en el muslo derecho había creado una quemadura de un milímetro de profundidad y unos dos dedos de anchura. Salvo en el improbable supuesto de que recibiera otro disparo en el mismo sitio, el traje seguía estando en perfectas condiciones.

—Un gran comienzo, si alguien quiere saber mi opinión al respecto —dijo la unidad mientras seguía a los demás.

Horza fue hasta las maltrechas puertas del ascensor y miró hacia abajo. Con el sistema de aumento al máximo apenas si podía distinguir una chispita minúscula situada muy, muy por debajo de él. Los micrófonos externos del casco captaron un ruido, pero estaba tan lejos que hacía pensar en el gemido del viento deslizándose a través de una valla.

* * *

Estaban delante de un ascensor distinto a aquel por el que había caído el medjel. Las puertas tenían dos veces la altura de cualquiera de ellos y les empequeñecían, haciéndoles sentir que se habían convertido en niños. Horza había abierto las puertas para echar un vistazo, bajó un trecho usando la unidad antigravitatoria del traje y volvió a subir. No parecía haber ningún peligro.

—Yo iré primero —dijo volviéndose hacia los demás—. Si tenemos problemas lanzaremos un par de granadas y volveremos a subir. Nuestro objetivo es el nivel principal del sistema, a unos cinco kilómetros de profundidad. Cuando hayamos dejado atrás las puertas estaremos a poca distancia de la estación número cuatro. Una vez allí podremos volver a conectar la energía, algo que los idiranos no han sido capaces de hacer. Después podremos usar las cápsulas de los tubos de tránsito para ir de un sitio a otro.

—¿Y los trenes? —preguntó Wubslin.

—Los tubos de tránsito son más rápidos —dijo Horza—. Si encontramos a la Mente quizá tengamos que poner en marcha un tren. Eso dependerá del tamaño que tenga. Además, a menos que los hayan desplazado desde la última vez que visité el complejo, los trenes más cercanos estarán en la estación dos o en la seis, no allí. Pero la estación uno cuenta con un túnel en forma de espiral que puede utilizarse para hacer subir un tren del Sistema.