—¿Y el tubo de tránsito que llega hasta aquí? —preguntó Yalson—. Si el medjel vino por ese túnel, ¿qué impedirá a los demás que lo utilicen?
Horza se encogió de hombros.
—Nada. No quiero soldar las puertas por si se da el caso de que deseemos volver hasta aquí en cuanto tengamos a la Mente, pero si uno de ellos sube por el conducto hasta aquí… ¿Qué más da? Será uno menos del que tendremos que preocuparnos cuando estemos allí abajo. De todas formas, uno de nosotros puede quedarse arriba hasta que hayamos llegado al fondo sin problemas y seguirnos entonces. Pero no creo que otro medjel se anime a subir tan poco tiempo después de que ése lo intentara.
—Ah, sí, el medjel al que no conseguiste convencer de que los dos estáis en el mismo bando —dijo la unidad.
Horza se acuclilló y miró fijamente a la unidad. El montón de equipo que transportaba hacía que Unaha-Closp fuera totalmente invisible desde arriba.
—Ese medjel no disponía de un comunicador, ¿vale? —dijo Horza—. En cambio los idiranos que haya allí abajo tendrán a su disposición los comunicadores que se llevaron de la base, ¿no es así? Y los medjels siempre hacen lo que les ordenan los idiranos, ¿no? —Esperó a que la máquina contestara y al ver que guardaba silencio añadió:— ¿Tengo razón o no?
Horza tuvo la impresión de que si la unidad hubiera sido un ser humano habría escupido.
—Lo que usted diga, señor —replicó la unidad.
—¿Y yo qué hago, Horza? —preguntó Balveda. Llevaba un mono de tela y una chaqueta de piel—. ¿Piensas arrojarme por el pozo y decir que se te olvidó que no disponía de arnés antigravitatorio, o he de ir a pie por el túnel de tránsito?
—Vendrás conmigo.
—Y si tenemos problemas, tú… ¿Qué harás? —preguntó Balveda.
—No creo que tengamos ninguna clase de problemas —dijo Horza.
—¿Estás seguro de que no había arneses antigravitatorios en la base? —preguntó Aviger.
Horza asintió.
—De haberlos ese medjel habría llevado puesto uno, ¿no te parece?
—Puede que los idiranos se los hayan reservado para su uso personal.
—Los idiranos pesan demasiado.
—Podrían usar dos —insistió Aviger.
—No había arneses —dijo Horza tensando las mandíbulas—. Nunca se nos permitió disponer de arneses. Se suponía que no debíamos entrar en el Sistema de Mando salvo para la inspección anual, momento en el que teníamos permiso para activar la energía de todos los sistemas. Naturalmente, íbamos allí de vez en cuando aunque no teníamos permiso para ello. Bajábamos por la espiral hasta la estación cuatro siguiendo el mismo trayecto por el que debió subir ese medjel, y no se nos permitía disponer de arneses antigravitatorios, ¿está claro? Habrían hecho que bajar resultara demasiado fácil, ¿comprendes?
—Maldita sea, bajemos de una vez —dijo Yalson con impaciencia mirando a los demás.
Aviger se encogió de hombros.
—Si mi sistema de antigravedad falla por culpa de toda esta basura que llevo encima… —empezó a decir la unidad, su voz algo ahogada por el equipo que transportaba.
—Máquina, como se te caiga algo por el pozo te aseguro que irás detrás de lo que se te haya caído —dijo Horza—. Y ahora, reserva tus energías para flotar y no para hablar. Irás detrás de mí. Mantente a unos quinientos o seiscientos metros de distancia, ¿entendido? Yalson, ¿te quedarás aquí arriba hasta que abramos las puertas? —Yalson asintió—. En cuanto a los demás, seguid a la unidad. No os apelotonéis, pero intentad no separaros demasiado los unos de los otros. Wubslin, quiero que estés cerca de la máquina y que tengas preparadas las granadas. —Horza extendió una mano hacia Balveda—. ¿Señora?
La atrajo hacia él y Balveda puso los pies sobre sus botas dándole la espalda. Horza fue hacia el pozo y empezaron a descender por las profundidades sumidas en las tinieblas.
—Os veré en el fondo del pozo —dijo Neisin por los altavoces del casco.
—No vamos al fondo del pozo, Neisin —suspiró Horza, cambiando ligeramente la posición del brazo con que rodeaba la cintura de Balveda—. Vamos al nivel principal del sistema. Os veré allí.
—Sí, bueno… Donde sea.
Siguieron descendiendo sin incidentes de ninguna clase hasta llegar a su objetivo, y Horza forzó las puertas del nivel situado a cinco kilómetros por debajo del suelo.
Durante el trayecto sólo había tenido un intercambio de palabras con Balveda, un minuto o dos después de que empezaran a bajar.
—Horza…
—¿Qué?
—Si hay algún tiroteo…, si nos disparan desde ahí abajo, o si ocurre alguna cosa y tienes que soltarme…, quiero decir si…, si me dejas caer…
—¿Qué estás insinuando, Balveda?
—Mátame. Hablo en serio. Dispárame. Prefiero eso antes que caer toda esta distancia.
—Será un auténtico placer, te lo aseguro —dijo Horza después de unos segundos de silencio.
Siguieron descendiendo por el túnel envueltos en el gélido y pétreo silencio de aquella garganta negra, abrazados como una pareja de enamorados.
—Maldita sea —dijo Horza en voz baja.
Él y Wubslin se encontraban en una habitación junto a la oscura bóveda llena de ecos que era la estación cuatro. Los demás esperaban fuera. Las luces de los trajes de Horza y Wubslin revelaban un espacio repleto de equipo para la transmisión de electricidad; las paredes estaban cubiertas de pantallas y controles. Gruesos cables serpenteaban sobre el techo y a lo largo de las paredes, y placas metálicas cubrían la entrada de conductos donde había más equipo eléctrico.
La atmósfera de la habitación olía a quemado. Una larga cicatriz negra cubierta de hollín atravesaba una pared por encima de los cables chamuscados y derretidos.
Notaron el olor apenas entraron en los túneles que conectaban el pozo con la estación. Horza lo olió y sintió cómo la bilis intentaba subir por su garganta. El olor era muy débil y no podría haber trastornado ni al más sensible de los estómagos, pero Horza sabía lo que significaba.
—¿Crees que podremos arreglarlo? —preguntó Wubslin.
Horza meneó la cabeza.
—Lo más probable es que no. Esto ya ocurrió una vez en una prueba anual durante mi estancia aquí. Activamos los sistemas siguiendo una secuencia equivocada y nos cargamos ese mismo cableado. Si han hecho lo mismo que hicimos nosotros entonces, los daños producidos en los niveles más profundos serán todavía peores que los visibles aquí. Necesitamos semanas enteras para repararlos… —Horza meneó la cabeza—. Maldición —dijo.
—Supongo que si esos idiranos han logrado averiguar tantas cosas sobre el sistema es que deben ser bastante listos, ¿no? —Wubslin subió el visor de su casco, metió la mano dentro y se rascó la cabeza con cierta dificultad—. Lo que quiero decir es… Bueno, si han conseguido llegar hasta aquí…
—Sí —dijo Horza, atizándole una patada a un transformador—. Son demasiado listos.
Hicieron un breve recorrido del complejo de la estación, volvieron a la caverna principal y se congregaron alrededor del sensor de masas que Wubslin había sacado de la Turbulencia en cielo despejado. El sensor estaba rodeado por un amasijo de cables y fibras ópticas, y en su parte superior había una pantalla canibalizada del puente de la nave que Wubslin había unido al sensor mediante una conexión directa.
La pantalla se iluminó. Wubslin empezó a juguetear con los controles. El holograma de la pantalla mostró una representación de una esfera con tres ejes apareciendo en perspectiva.